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lunes, 21 de octubre de 2013

El grito del Carancho – La Mujer Estrella(Leyendas tobas)

Hola, esta es la reseña del segundo libro de la colección. Sinceramente, me gusto mas la primera narración que la otra.
Igualmente, valoro el gran tesoro cultural que tienen estos libros.

SINOPSIS DEL LIBRO:En este libro se encuentran dos leyendas; la primera es la que da el nombre al libro, y cuenta las hazañas de Tanki, el Carancho, capaz de enfrentar todo peligro con su gran coraje, inteligencia y magia. "La mujer estrella" es la segunda y narra las aventuras de una extraña visita llegada del cielo. Además de los relatos,el libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo.
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez.
Páginas: 64
ISBN: 978-987-576-217-6
El grito del carancho: cuento.
A los tobas les cae muy bien el carancho, con su aire atrevido, su pico y sus dedos fuertes, y ese penacho de plumas que eriza cuando se enoja.
Algunos lo llaman tankí y otros Kañagadi, pero en las historias que saben contar los viejos, siempre es un héroe. Porque dicen que muchísimo tiempo atrás, antes de que nacieran los padres de los abuelos, él no era como ahora, un pájaro grande nomás, sino alguien que hacía cosas de persona.
El carancho era entonces un tipo muy corajudo que no se asustaba de nada, vivo como pocos y con poderes mágicos. Porque tenía un tamborcito que parecía cosa de nada, pero a él le servía de mucho. y eso no porque fuera un músico como para hacerse famoso precisamente, no; él tocaba sin parar siempre la misma nota.
–pam, pam, pam, pam, pam– y al rato eso lo dormía y en el sueño del tambor él veía las cosas que pasaban en otras partes y encontraba la solución para los problemas. Por eso, a cada rato alguno iba a pedirle ayuda. un día, empezó a desaparecer gente. asustados, los demás buscaron al carancho.
–Bueno, vamos a ver qué pasa –dijo él.
Agarró el tamborcito y, sentado en el piso, empezó a tocar. al rato, lo soltó y la cabeza se le cayó sobre el pecho. dormía. Pero al ratito nomás, abrió los ojos de golpe y dijo:
–Hay una víbora, como una boa pero mucho más grande, con pelos y una púa venenosa en la cola. Ella se está comiendo a las personas. ¡Pero ya me ocupo yo del asunto!
Buscó unos cueros gruesos, los cortó y dobló, armó una caja y le hizo un agujero a cada lado. la llevó al monte, la dejó en el suelo y le dio unos golpes para hacer ruido y llamar la atención. Enseguida apareció la víbora y él se zambulló en la caja por uno de los agujeros.
Cuando ella metió la cabeza por detrás, él le enganchó los colmillos con una soga; entonces, la víbora quiso picarlo con la cola por el otro agujero, pero él se la agarró, se la ató a los colmillos, salió y con un par de garrotazos acabó con ese peligro para siempre. después, parado sobre la boa con pelos, soltó su grito de guerra: “¡Kai, kai, kai!”.
Había algo más todavía...
La gente se quedó tranquila, pero no por mucho tiempo. Porque de pronto alguien comenzó a atacar por la espalda a los hombres que se metían en el monte. Todos los días le tocaba a alguno.
¿Qué podían a hacer? teniendo a un héroe como tankí, lo fueron a buscar.
y él, como siempre, usó el tambor, se durmió y así supo qué pasaba. Vio a un hombre, viejo pero muy fuerte, de pelo blanco y largo, que se hamacaba en la rama más alta de un árbol, colgado de las manos como un mono. Esto era raro, pero más raro todavía resultaba que una de las piernas, de la rodilla para abajo, terminaba en una punta de hierro. En
el sueño, alguien pasaba por abajo y el viejo se balanceaba más y se le tiraba encima usando ese hierro como una lanza. El carancho se despertó, contó lo que sabía y se fue al monte con su tambor y su garrote. allí se apoyó de espaldas contra un árbol y empezó
a cantar para que se supiera dónde estaba. Pero mientras se hacía el distraído, miraba con el rabillo del ojo para todos lados. así vio cómo arriba, entre las hojas, algo se movía y brillaba, y enseguida descubrió al viejo que caía como una flecha.
–De un salto se hizo a un lado y la pata de hierro se clavó en el tronco. El otro tiró y tiró para sacarla, pero tankí no le dio mucho tiempo: lo dejó seco de un garrotazo. Después, se llevó la punta de metal para hacer una lanza. Al volver al pueblo, se anunció con su grito de guerra y victoria: “¡Kai, kai, kai, kai!” y todos saltaron de alegría.
Pero eran tiempos difíciles, porque otra vez empezó a faltar gente que andaba por el monte. De nuevo buscaron a tankí, de nuevo él agarró el tamborcito, lo tocó, se durmió y se despertó con la explicación: hay algo como una mujer con muchos pelos, grande y barriguda, pero no es persona sino payak, un demonio. Se esconde y cuando alguien se le
acerca, abre una boca enorme, aspira y aspira, hace un viento que lo arrastra y así se lo traga. ¡ustedes quédense acá, que yo me ocupo!
Entonces agarró su lanza y el tambor y se fue al monte, tocando despacito. Y no se durmió del todo, pero iba caminando adormilado; en el sueño el tambor le avisó cuándo la mujer payak estaba cerca. ahí nomás clavó la lanza en la tierra y la agarró bien. La otra aspiró, pero el ventarrón que levantaba no conseguía hacer que se soltara, así que empezó a acercarse ella, con la boca abierta, ancha y llena de dientes puntiagudos. En ese momento, tankí tironeó de la lanza, la desclavó, la apuntó al payak y se dejó llevar por el aire. El arma se clavó en el monstruo y él la empujó más y más hasta que dejó de moverse. Después, para que todos se quedaran tranquilos, echó para atrás la cabeza y largó con toda la fuerza el grito de guerra: “¡Kai, kai, kai!”.


El viborón del agua.

Parecía que todo estaba bien, cuando un buen día apareció una víbora peor que la de antes. Esta no era peluda pero, en cambio, era enorme, más grande que cien o más víboras comunes. llegó con mucho batifondo, aplastando los árboles al arrastrarse, y todos corrieron desesperados, pero ella se escurrió a toda velocidad hasta cortarles el camino. Cuando retrocedieron, dio un rodeo y los frenó de nuevo. Así fue una y otra vez, hasta que el viborón, como le decían, de tanto pasar dejó una zanja enorme, en forma de círculo. Después algo hizo que la llenó de agua, se escondió en el fondo y todos quedaron encerrados en una isla. Cada vez que pisaban la orilla, el agua –que obedecía al viborón– se convertía en mil brazos con garrotes que molían a palos a quienes alcanzaban. Entonces, claro, buscaron al carancho. lo encontraron descansando muy tranquilo a la sombra de un árbol, como si no pasara nada, y le contaron las novedades. Tankí escuchó lo que le decían y, sin pararse, agarró el tamborcito y empezó con su pam, pam, pam, pam. de golpe, se quedó dormido, pero en un momento dijo:
–¡Ya sé lo que hay que hacer!
Se paró, buscó una madera blanda y con el cuchillo –chic, chic, chic– le dio forma de tablita y después le hizo un hueco en el medio. Entonces miró hasta que encontró un palito duro, lo apoyó sobre el hoyito de la tabla y empezó a hacerlo girar bien rápido. En un momento se calentó, salió un poco de humo y él acercó unas hojas secas y sopló. Al fin, apareció una llamita y con eso encendió unas ramas y consiguió preparar una fogata.
Todos lo miraban con la boca abierta, porque hasta ese día nunca habían visto fuego.
–Esto es fuego y ahora ya saben cómo se hace –les explicó–. les va a servir para cocinar la comida y también para darse calor cuando haga frío. Pero ahora yo lo voy a usar para otra cosa.


El fuego sirve para mucho...

El carancho encendió un palo largo y grueso, lo llevó corriendo hasta el agua y, sin acercarse mucho a la orilla para no recibir los garrotazos, lo metió de punta. La llama se apagó y salió una nube de vapor. Agarró el palo, volvió corriendo al fuego, lo encendió de nuevo y otra vez hizo lo mismo de antes. Y así fue y vino, vino y fue, de la fogata al agua,
del agua a la fogata; prende, corre, apaga, y cada vez salía otra nube de vapor y cada vez había menos agua. Al fin, se secó toda y apareció el viborón en el barro del fondo, pegando saltos como un pescado recién sacado del río, porque ya se había acostumbrado a vivir bajo el agua y se ahogaba. tankí hizo un último viaje y volvió enseguida. Pero ahora traía un garrote, se acercó al viborón y lo liquidó de un solo palazo. Entonces, se paró sobre el cuerpo de la víbora y gritó:
–¡Ya pueden estar tranquilos! les dejo el fuego que es mi regalo. ¡adiós!
Y, como siempre, echó la cabeza para atrás y largó su grito de guerra:
–¡Kai, kai, kai!
Después se hizo pájaro, se fue volando y no lo vieron más.
Pero como recuerdo, ese grito hoy lo siguen haciendo todos los caranchos, aunque no sean héroes.



La mujer estrella
Cuentan los tobas que una vez, hace mucho tiempo, cuando todavía faltaba bastante para que llegaran los blancos al Chaco, había un hombre al quetodos llamaban por su apodo:  Kopilacharatalá, que ya vamos a ver qué quería decir. En su familia eran sólo él y la madre, tan vieja que ya casi no podía salir de su casa. El pobre hijo era lo que se dice feo, pero realmente feo. tenía los ojos chiquitos y muy juntos, la nariz torcida, la boca enorme y las orejas grandísimas. Era medio encorvado, con los brazos demasiado largos y las piernas más bien cortas y, para colmo, arqueadas.
Por eso, aunque era muy bueno, muy amable y muy trabajador, nunca había podido casarse. ninguna mujer lo quería, cosa que lo tenía muy triste porque se sentía solo. Triste, solo y además atareado, porque no tenía quién lo ayudara. No sólo salía a cazar y a pescar como los demás hombres, y cultivaba un campito, sino que tenía que ir a buscar frutas silvestres, que era un trabajo que siempre hacían las mujeres. No había más remedio, porque no tenía esposa ni hermanas que se ocuparan de eso, y la madre casi no tenía fuerzas. Lo peor era cuando Kopilacharatalá se iba al monte a buscar fruta; ahí se encontraba con las muchachas que estaban haciendo lo mismo, y la mayoría de ellas aprovechaba para burlarse de él. Le tiraban cosas cuando se daba vuelta, le vaciaban la bolsa en el suelo, le usaban el pelo como trapo para limpiarse las manos y hasta lo escupían. Justamente a esta costumbre de escupirlo se debía su apodo, que en el idioma de entonces quería decir algo así como “escupidera”. y por culpa de esas bromas pesadas andaba siempre hecho un asco. Claro que no todas las chicas lo trataban mal; a muchas les daba pena, pero tampoco le llevaban el apunte y mucho menos se les pasaba por la cabeza casarse con este hombre, del que se hubieran avergonzado. Cuando se quejaba con la madre, ella no le daba mucho ánimo que digamos:
–¡Y qué vas a hacer, m’hijito! –le decía–. lo que pasa es que sos tan feo que lo único que podrías conseguir para casarte sería una muchacha tan fiera como vos. Pero, la verdad, no hay.

Una visita inesperada
Una noche de verano, Kopilacharatalá decidió dormir al aire libre. Se fue junto al río, tiró un cuero al piso y ahí se acostó, boca arriba, de cara al cielo. Mirando las estrellas que brillaban, tan lindas, suspiró y dijo:
–¡ay, si una estrella quisiera ser mi mujer! y pensando en eso, se quedó dormido.
Al rato lo despertó algo muy frío que lo tocaba despacito. Primero tuvo miedo de que fuera una víbora, pero enseguida vio sentada al lado a una mujer joven, muy pálida, con los ojos muy grandes y brillantes y el pelo larguísimo que espejeaba a la luz de la luna. Era muy bonita.
–¿Quién sos? –quiso saber.
–yo soy una estrella. Escuché lo que decías y bajé para ver si te puedo ayudar. ¿Qué te pasa?
Entonces él se desahogó y ahí nomás le contó toda su historia. Que se sentía solo. Que quería tener una compañera, pero ninguna lo quería porque era muy feo. Que además se burlaban de él y lo molestaban. Cuando terminó, la mujer estrella le dijo:
–Yo me voy a quedar con vos, al menos por un tiempo. Todo va a andar bien. Eso sí, no le cuentes a nadie quién soy. Después, le pasó una mano suave y fría por la cara, por los brazos y por las piernas. Kopilacharatalá sintió algo raro en los ojos, las orejas, la nariz y la boca, y le pareció que las piernas se le estiraban. Le dio como un adormecimiento, cerró los ojos y cuando los abrió estaba amaneciendo. Se paró y descubrió que ahora tenía la espalda derecha.
–Vamos a tu casa –dijo la mujer estrella.
Cuando fue subiendo el sol por el cielo y todos se levantaron y salieron, se encontraron con la gran novedad: Kopilacharatalá, que estaba sentado en la puerta de su casa, ahora era muy buen mozo. Lo raro es que enseguida se notaba que era él, pero parecía que le hubieran corregido la cara y el cuerpo. Además, tenía un chiripá muy bien tejido, usaba unos hermosos collares nuevos y –lo más sorprendente de todo– junto a él había una mujer que lo estaba peinando, y era una hermosura. La noticia corrió y las chicas fueron a espiar. Y aunque antes no hacían más que fastidiar a Kopilacharatalá y reírse de él, en este momento les brillaron los ojos de celos.
Cuando acabó de peinar al hombre, la mujer estrella se metió en la casa, echando una mirada de reojo a las otras, que se amontonaban y cuchicheaban. Entonces, llegó el jefe y se puso a hablar con el hombre. Quería saber de dónde era esta forastera que lo acompañaba. Pero él, acordándose de lo que ella le había pedido, le dijo la verdad a medias:
–Viene de muy lejos –le explicó, nada más–. Su familia no es de por acá.

El milagro... la envidia
La mujer estrella buscó en la casa algo para preparar la comida, pero no había nada, así que le preguntó a la madre si no tenían chacra, un campito sembrado. La vieja le dijo que sí, pero que hacía semanas no llovía y estaba todo seco. A ella no le importó, le dijo a
Kopilacharatalá que buscara unas buenas bolsas y la acompañara a ese campo.
Cuando llegaron, vio que era como había dicho la madre: la tierra estaba resquebrajada y sólo se veían unos tallos mustios y un poco de hojarasca amarilla por el piso. Entonces, la mujer estrella cerró los ojos y se puso a canturrear despacito, algo monótono como un “Mmhm... mhmmm... mhmmmm”. Y mientras cantaba, siempre con los ojos cerrados, iba
caminando y tocando con la punta del pie las plantas secas, que inmediatamente se ponían verdes y crecían. así fueron apareciendo maíces por un lado, zapallos por el otro, matas de porotos por acá, sandías por allá, melones y ajíes. En un ratito Kopilacharatalá llenó varias bolsas con comida y volvieron al pueblo. La madre estaba contentísima y, como había tantas cosas, llamó a los vecinos y empezó a repartir de todo un poco. ¡Cómo iban a comer ellos solos si los demás no tenían qué llevarse a la boca!
Cuando corrió la noticia de que en casa de Kopilacharatalá estaban regalando comida, que daban zapallos gordísimos, choclos tiernos, sandías jugosas, melones aromáticos, porotos enormes y ajíes como calabazas, las envidiosas del pueblo se mordieron los labios de rabia.
–¿De dónde sacaron todo eso, con semejante sequía que hay? –decían entre ellas–. Esto seguro que se lo dio en secreto la familia a esa tarada, para que se mandara la parte. ¡Vaya uno a saber de dónde lo han traído! Y entonces buscaron cómo hacerla quedar mal. Cuchichearon otro rato, se pusieron de acuerdo y fueron, muy decididas, a ver a la mujer estrella.
–Y vos –le dijeron–, ¿sabés encontrar cosas para comer en el monte?
–¡Claro que sí! –contestó la otra.
–Bueno, te apostamos a ver quién consigue más vainas de algarrobo hasta la noche –la desafiaron, pensando embromarla porque en esa época del año había unos pocos algarrobos con frutos y sólo ellas sabían dónde estaban. La forastera no se preocupó. dejó que las mujeres se fueran corriendo a su lugar secreto, le dijo a Kopilacharatalá que buscara unas bolsas grandes y se fue al monte con él. Al rato, encontraron un algarrobo, pero no tenía ni un fruto; entonces ella cerró los ojos, empezó como antes su cantito monótono “Mhmm... mhmmm.... mmhmmmm...” y tocó el tronco del árbol con la punta del pie. Enseguida brotaron miles de vainas bien maduras. y ahí donde se caía una
o la arrancaban, crecía otra. Al atardecer, las envidiosas volvieron al pueblo muy felices, cada una con una bolsita llena de vainas de algarrobo. Pero cuando se acercaron a la casa de la nueva pareja vieron que el lugar estaba lleno de gente y había un gran alboroto. Del gentío salían otras mujeres, chicos y viejos, con unas bolsas a punto de reventar, tan cargadas que los menos forzudos tenían que arrastrarlas por el suelo. Se abrieron paso y descubrieron que la madre de Kopilacharatalá estaba sentada delante de la puerta, radiante de contenta, y repartía puñados y puñados de vainas de algarrobo, desparramadas a su alrededor desde adentro de la casa, que estaba llena hasta el techo. La mujer estrella las miró y les dijo:
–¿Y? ¿Quién gana?
Las otras se dieron vuelta y se fueron, enojadísimas, diciendo:
–¡Hiciste alguna trampa! ¡ya vas a ver!
Entonces, la mujer estrella le dijo a Kopilacharatalá:
–Esas son muy malas. No me gusta quedarme acá. Me voy.
El muchacho se desesperó de solo pensar que perdería a su estrella.
–¡Llévame con vos! –le rogó.
–Un hombre no puede vivir bien allá. Es un mundo muy diferente.
Como él insistía, le explicaba:
–El viaje es largo.
–No me voy a cansar.
–Allá hace mucho frío.
–Lo voy a aguantar –porfiaba él.
Y tanto le pidió y le pidió, que ella aceptó, aunque no estaba muy convencida.
–Está bien, esta noche salimos.

De viaje hacia el otro mundo
Cuando se fue el sol y se puso bien oscuro, se despidieron de la madre y salieron del pueblo. La mujer estrella llevó al hombre por el monte. Caminaron y caminaron hasta una zona que él no conocía. Había tantos árboles, que la luz de la luna no llegaba al suelo, pero a la muchacha le brotaba una especie de resplandor que la ayudaba a guiarse en la negrura. Al fin, llegaron a un palosanto, uno de esos árboles de madera verdosa y perfumada, con hojas y cortezas que sirven para curar muchas enfermedades. Pero este era un palosanto gigante, con un tronco gruesísimo, y si hubiera sido de día no habrían podido ver dónde terminaban las ramas de arriba. La mujer estrella tomó con una mano a su compañero, clavó las uñas de la otra mano en el tronco y, ayudándose con los pies, empezó a trepar como un mono, con el hombre a la rastra. Subieron y subieron, llegaron a las primeras ramas y se perdieron entre las hojas. después de unas horas de
subida:
–Descansemos un poco, che.
–No se puede –le contestó ella–, porque este palosanto sólo está de noche y desaparece de día. Si nos pesca el sol antes de llegar, nos vamos a caer desde donde estemos, y mirá que estamos muy arriba. Al fin, cuando ya iba a amanecer, por encima apareció un círculo de luz suave, por donde se metía la punta del árbol. un esfuerzo más y lo atravesaron. Entonces, alrededor de ellos apareció un suelo, adonde saltaron. En ese mismo momento, el árbol desapareció y el agujero se cerró.
–Llegamos –dijo la mujer estrella.
Todo era muy raro. El piso era blanduzco, como de algodón, y un frío tremendo hacía tiritar al hombre. la luz parecía venir de abajo y las cosas no hacían sombra. La mujer lo llevó hasta una casa junto a una laguna. Adentro estaban sentados los parientes de ella, susurrando entre sí. Cuando supieron quién era el visitante, lo miraron sin interés y siguieron en lo suyo. Eran todos pálidos y tenían un resplandor propio. Entonces, Kopilacharatalá quiso quedar bien con la familia estrella y pensó que si volvía con pescado
para la comida iban a ver que era un tipo útil. Se lo dijo a la mujer y ella le dio un arco y unas flechas, para pescar a la manera de los aborígenes del Chaco. Él se fue entonces a la laguna y vio que estaba cruzada por una especie de puentecitos de palos clavados en postes que salían del agua. Caminó por uno de ellos para pescar desde allí, pero entonces vio algo que lo llenó de miedo: el agua parecía hervir de palometas, esos peces que también se llaman pirañas y de un solo tarascón son capaces de sacarle un pedazo a uno.
Volvió a la orilla lo más rápido que pudo y se olvidó de la pesca.
Cuando se hizo de noche, toda la gente de la casa salió a hacer su trabajo –que era brillar en el cielo– y la mujer estrella le explicó que él se iba a tener que quedar solo. Le dijo que se acostara junto al fogón, pero que no se le ocurriera tocarlo porque ese no era un fuego como el de la tierra. Kopilacharatalá se acurrucó en el suelo blando y helado, pero el frío era cada vez peor y no lo dejaba dormir. Se arrimó al fogón, pero seguía temblando. Entonces, pensó removerlo con un palo para que las llamas se avivaran un poco. Apenas lo tocó, el fuego tomó la forma de un pájaro enorme, que abrió la boca, le tiró varias llamaradas y volvió a su forma anterior. Asustado, muerto de frío y con el pelo chamuscado, pasó la noche sin pegar un ojo.
Cuando la mujer volvió a la mañana, él le dijo:
–Este mundo no es para mí, acá no puedo vivir.
–Yo te lo había dicho –le contestó–. Bueno, ya te vas a ir.
–A la noche siguiente lo llevó a un lugar donde un agujero se abría en el piso y asomaba la punta del palosanto. Se despidieron y él pasó toda la noche bajando. llegó a la tierra cuando salía el sol, dejó el tronco, dio unos pasos y se dio vuelta. El árbol ya no estaba.
En el pueblo todos querían saber adónde había ido.
–La mujer era una estrella y me llevó al cielo –les explicó, pero estaba ofendido con la mayoría, así que se fue a su casa sin decirles más.
Entonces, una chica lo siguió, lo agarró por atrás de la cintura y le dijo:
–Me quiero casar con vos.
A él no le extrañó que una mujer ofreciera casamiento, porque esa era una antigua costumbre toba, pero sí le llamó la atención que lo quisieran. Y como era una muchacha muy bonita y de las que nunca lo habían molestado, le dijo que sí.
Ahora todos buscaban ser sus amigos y enterarse de cómo había sido el viaje, pero él sólo les contaba su historia a los pocos que antes habían sido buenos con él. Y muchas veces, cuando se hacía de noche, se sentaban todos junto al fogón y él hablaba del mundo de arriba, donde brillaban las estrellas.