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jueves, 10 de abril de 2014

Nominación a Los Libster Awards

Hola, primero que nada quiero agradecer viajandoconloslibros, realmente me siento muy feliz, ya que hace muy poco que empece con este blog y nunca pensé que alguien lo nominara en algo. Así que simplemente estoy feliz y a continuación, responderé a las preguntas que me tocaron.

Las Preguntas

1. ¿Qué libro sientes que al leerlo cambio algo en ti?
Sinceramente, hay muchos libros que me han llegado al alma, pero si tuviera que elegir uno seria : Nacida bajo el signo del Toro de Florencia Bonelli
2. Mundo de ficción favorito
La verdad que no tengo un mundo de ficción favorito pero si tuviera que elegir uno seria el de: Narnia

3. ¿Cuál es el personaje con el que más te sientes identificado?
Con el personaje que mas me sentí identificada fue con Camila, aunque no soy del mismo signo que el personaje y no tengo su mismo aspecto físico, hay rasgos de su personalidad que encontré que nos parecíamos.

4. ¿lloras con los libros? 
Si la historia me llega al alma, si lloro. Hasta ahora nunca he llorado a mares pero lagrimear mientras leo si.

5. ¿Con qué libro has llorado más?
Con el libro que he llorado más, es con Mi planta de naranja Lima de José Mauro de Vasconcelos


6. Personaje favorito
Si tuviera que elegir un personaje favorito seria: Jerusha Abbot de Papaito Piernas Largas de Jean  Webster. La elijo porque me gusta su historia de vida, su personalidad y porque algún día sueña con ser una escritora.

7. ¿Escribirías un libro? ¿sobre qué?
Si, escribiría un libro y seria sobre magia, fantasía y chicas que viven historias mágicas.

8. ¿Escribirías un libro sobre tu vida? ¿cómo se llamaría?
Algunas veces me lo he planteado pero no estoy muy segura y si tuviera que ponerle un nombre, no lo se con exactitud...

9. Primer amor literario
Todavía no he tenido ninguno. Pero, si tuviera que elegir uno seria Lautaro de Nacida bajo el signo del Toro.

10. Tu villano favorito
Hasta ahora no he leído un personaje que sea malo de verdad. Así, que no tengo ninguno :(

11. ¿Crees en eso de "leer por moda"
La pregunta mas difícil quedo para el final, sinceramente no creo que se lea por moda sino que hay libros que muchas personas leen y las demás por curiosidad o por ser parte de la polémica, también lo leen. Pero, no creo que nadie lea por moda si realmente no disfruta el arte de la literatura.

jueves, 13 de marzo de 2014

Las Ventajas de Ser Invisible- Stephen Chbosky

Sinopsis: Charlie es un chico realmente especial: lee muchísimo, no sale con amigos ni con chicas y reflexiona el mundo desde un punto de vista muy particular.
Su ingenuidad, su incapacidad para relacionarse normalmente y su extrema sinceridad le crean mas de un problema, especialmente ahora que su único amigo ha muerto. Conocer a Sam y Patrick, los chicos mas excéntricos del instituto, provocara un giro radical en su vida que lo sumergirá de pleno en la adolescencia:descubrirá música nueva, empezara a beber, a fumar, a salir de fiesta... incluso se enamorara por primera vez.
Vive con sus padres, su popular hermana y un hermano mayor que esta a punto de comenzar la universidad.
La cosa no pinta demasiado bien el primer día de clases cuando solo consigue hacer un amigo: un alternativo profesor de Lengua interesado en despertar el ingenio creativo de Charlie...
 El Autor: Stephen Chbosky
Tras el éxito de esta novela en Estados Unidos, escribió el guión para la película del mismo titulo protagonizada por Logan Lerma y Emma Watson. Ha escrito varios guiones para películas de cine independiente americano, además de escribir el guión y producir la serie de televisión Jerichó

Datos del libro
Titulo Original: The perks of being a wallflower (1999)
Editorial:Alfaguara
Paginas: 246; 14x22 cm
ISBN: 978-987-04-2681-3
Genero:Narrativa Juvenil Estadounidense

Opinión del libro
Hola, hacía mucho que no publicaba algo pero aquí vamos... Aunque les parezca extraño, leí primero el libro (que fue regalo de cumpleaños) y luego vi la película, no sabía nada del libro, fue por pura curiosidad que lo adquirí pero sinceramente no me arrepiento de haberlo hecho.
Es un libro maravilloso, que ofrece una perspectiva única de lo que es adolescencia y todos los obstáculos que hay que enfrentar día a día.
Durante la lectura del libro, me sentí muy identificada con Charlie porque durante la escuela secundaria yo me sentía igual a lo que él expresa en las cartas.
Otro punto a destacar del libro, se la profundidad con que el autor relata los sentimientos y pensamientos del protagonista, te produce la sensación que durante el trascurso de las paginas vivís el dolor junto con él. Además, ayuda mucho la imaginación el hecho que va relatando las canciones y libros que lee durante la historia.

La parte negativa del libro, es su formato epistolar, al ser todo narrado por cartas y presentando solo su punto de vista, resulta cansado y a veces tenes la tentación de dejarlo. Por otro lado, agobia mucho que "Charlie" este constantemente llorando, por una parte demuestra que es una persona sensible pero creo que el autor se abusa mucha de esa característica durante todo el libro.

Link para descargar el libro:http://issuu.com/engel_mendoza/docs/las_ventajas_de_ser_invisible

Trailer de la película


"Vivir al margen ofrece una perspectiva única. Pero siempre llega el momento de entrar en escena y ver el mundo desde adentro"

Datos de la película
Sinopsis:Basada en la novela escrita por el propio director. El protagonista es un tímido e impopular joven que escribe una serie de cartas a una persona anónima. En ellas, el muchacho aborda diversos temas.

TITULO ORIGINAL: The Perks of Being a Wallflower

ACTORES: Nina Dobrev, Logan Lerman, Emma Watson. Mae Whitman, Kate Walsh, Dylan McDermott, Paul Rudd.

GENERO: Romance , Drama .

DIRECCIÓN: Stephen Chbosky.

ORIGEN: Estados Unidos.

DURACIÓN: 102 Minutos

CALIFICACIÓN: Apta mayores de 13 años con reservas

AÑO DE ESTRENO: 2012

Opinión de la película:Sinceramente es mejor el libro que la película. Primeramente con el libro conocemos muchos mas aspectos de la vida de Charlie y su familia; permitiéndonos entender mucho mas la personalidad del personaje. Segundo en la película muchos elementos de la historia fueron sacados o cambiados.
La ventaja que tiene la película es que permite entender algunos aspectos del libro y ayuda a tener una idea mas real de lo leído.
 Mi consejo personal es que primero lean el libro y después la película.



viernes, 14 de febrero de 2014

El pueblo encantado

Opinión: Hola, este libro es muy especial para mi porque fue el primer libro extenso que leí sola. Es un libro maravilloso, lleno de magia y fantasía. Además, las historias que componen el libro están llenas de suspenso, emoción y por sobre todas las cosas...aventura. Los diálogos son muy divertidos y llenos de genialidad. Las ilustraciones son asombrosas y acompañan el momento exacto de la historia. Por ultimo, cada narración deja hermosas enseñanzas para los niños. Bueno, me despido hasta la próximo libro. Chau :)
Sinopsis: Julián y Laura son dos simpáticos niños que, gracias a una frutas mágicas, pueden hacerse chiquitos y así visitar a los graciosos habitantes de El Pueblo Encantado para compartir con ellos todas sus increíbles aventuras. Vive con nuestros amigos sus emocionantes hazañas pero... ¡cuidado! no pruebes las frutas mágicas porque podrías hacerte tan pequeño como los personajes de El Pueblo Encantado...
Datos del libro
Colección: El pueblo Encantado
Editorial: Hemma (Bélgica/1993)
Edad recomendada: A partir de los 3 años
ISBN: 970-607-627-1
Ilustraciones: C. Busquets
Texto: A. Lopez y Renee Rahir
Traducción. Ma. del Pilar Ortiz L.
Encuadernación: Tapa dura
Páginas: 132
El libro incluye los siguientes cuentos(también existe la posibilidad de adquirirlos por separado):
* Las frutas misteriosas
*El oso salvador
*El viaje en globo
*Una noche en la feria
*La visita de los amigos del bosque
* Un espectáculo increíble
*Los bromistas atrapados
*Peligro en el bosque
Nota: no lo tengo en formato digital, solo en físico

miércoles, 12 de febrero de 2014

Lluvia de buñuelos – El príncipe Lagarto (Leyendas criollas, Corrientes)


Opinión: Hola, la verdad es que por unos problemas técnicos no había podido actualizar antes. Bueno, llegamos al ultimo libro de la colección y en lo que a mi respecta uno de los mejores. Me gustaron ambas historias por igual, tienen un ingenio y una picardia que hacen muy placentera la lectura.Por un lado la primera historia nos relata las aventuras de una pareja de viejitos y la segunda es una pareja donde el amor y la magia son los ingredientes principales pero ambos relatos comparten la característica que la mujer juega un rol fundamental.Sin mas que decir, me despido hasta el próximo libro.
Sinopsis:Una lluvia de este tipo no es cosa que se vea todos los días. pero parece que hubo una viejita en Corrientes que supo cómo producirla. Al menos, esto es lo que dice el primer relato de este libro. En el segundo, "El príncipe lagarto", acontecimientos mágicos y sorprendentes se producen en un castillo de una gran monarca de un reino remoto. No falta el suspenso, ni la picardía ni la gran imaginación de los correntinos. 
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Serie: Cuentos y leyendas de la Argentina 
Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo 
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Guillermo Arce 
Páginas:64 (depende la edición)
ISBN: 978-987-576-229-9
Nota de autor: en caso de querer la primera leyenda, la tengo en formato digital. En el comentario dejen su correo electrónico y se las mandare.

El Príncipe Lagarto
Que había una vez un Rey que hacía diez años que era casados, y la señora tuvo un nene, pero bicho. Que era un lagarto. Le salió un lagarto. Pero ella se murió de sentimiento. Entonces ante ella de fallecer, ella le encargó al esposo que tratara de criar al hijo. Después al hijo le llamaban el Príncipe Lagarto. Bueno... Dice, después, que el padre, el Rey, empleó una ama. Ese ama se murió. No lo llegó a criarlo todo. Dos amas mató. Después, la última que le crió, ella se puso pezón de hierro, y ésa le crió.
Después, cuando pasó los año, él se quiso casar. Y un señor muy rico tenía tres hijas. Y el Rey lo hizo casar con la mayor. Y ella se murió de miedo. Y lo hizo casar con la del medio y también murió de miedo. Y entonces se casó con la menor.
El Príncipe Lagarto era un lindo hombre encantado, y cuando se iba a acostar, se sacaba ese cuero, la capa de lagarto que tenía.
Y el Príncipe se acostaba siempre en la oscuridad y la señora no lo conocía en forma de hombre.
Después, apareció una viejita hechicera y le dijo a la señora del Príncipe Lagarto que si ella quería conocer al marido, ella le iba a decir lo que ella tenía que hacer. Y la señora acepto. Entonces le dijo que para descubrirle la belleza de él, ella tenía que pedir un fogón con brasa, como diciendo que ella tenía   frío. Que ella se hiciera la dormida. Cuando él se durmiera, que ella tenía que poner esa cáscara de lagarto en el juego. Pero tenía que ser lejos, que él no tomara el olor, pero la viejita no le dijo eso a la señora. La señora echó al juego el cuero de lagarto ahí cerca.
Y se quemó el cuero. Entonces, él se despertó por el olor del cuero, y le dijo:
-¡Qué me hiciste, mi señora! ¡Que faltaba sólo treinta días para desencantarme!
Entonces le dijo que él se iba a una ciudad y que nunca más volvía, a la ciudad Que va y no vuelve -ése era el nombre. Y que era muy lejos. Y salió y se fue.
Entonces ella, al otro día, ella cerró el palacio y se fue atrás de él, en su busca.
Caminó mucho. Tanto andar se encontró en la casa del sol. Y salió la madre del sol a encontrarla. Y le dijo qué andaba haciendo. Y ella le dijo que andaba atrás del marido que se había ido a la ciudad Que va y no vuelve. Entonces la viejita le dijo que tal vez el hijo conociera esa ciudad, pero que el hijo era muy malo, que cuando llegara la iba a fundir a ella. Entonces ella le dijo que la escondiera en una parte que no le diera el sol.
Bueno... Llegó el sol, malo con la madre. La madre le dijo que se calmara, que debía de ser cansancio o hambre, o sé, porque se ponía malo. Era porque se daba cuenta que llegó alguien a la casa de él. Entonces él llegó malo, y lo agüenó la madrecita de él. La madre le cebó mate, se sentaron en la mesa y ella le sirvió comida. Y ya se abuenó el sol. Entonces ella le pregunta al hijo, qué él haría si se encontrara una persona extraña en la casa de él. Y él le contestó que la amaría como la amaba a ella. Entonces la viejita le sacó a la señora que le tenía escondida y le presentó al hijo, al sol. Entonces el sol le preguntó qué ella andaba haciendo. Entonces ella le contó que andaba en busca del esposo que se fue a la ciudad Que va y no vuelve.
Entonces el sol le contestó que él andaba en toda parte pero que no sabía esa ciudad. Que la que podía saber era la luna. Que él se encargaba de llevarle a la casa de la luna. Ante de salir le dio un regalo el sol, que era un traje muy hermoso, un traje de sol.
Llegó a la casa de la luna. La luna le dijo lo mismo, lo que le había dicho el sol, que no sabía. Y le dijo que el que podía  saber era el viento. Y la luna le regaló otro traje muy hermoso, un traje de luna. La luna le llevó y le dejó en casa del viento.
Llegó en la casa del viento. Salió una viejita, la madre del viento, a decirle que el hijo era muy malo, que cuando llegara se iba a enojar. Y ella le decía, que la escondiera. Y la viejita la escondió.
Y llegó el viento, y llegó malo. Y la tenía a la viejita para todos lados, mal. Y él sentía que había algún extraño en su casa. Hasta que lo conformó la madre y se quedó bueno. Entonces, después que quedó bueno, le sacó a la señora de donde le tenía escondida. Entonces ella sale y le pregunta si él no sabía de la ciudad Que va y no vuelve.
El viento le contestó que él recién llegaba de esa ciudad. Entonces ella le pidió por favor que le llevara a esa ciudad. El viento le dijo que sí, que le llevaba. Y el viento le regaló un mortero de oro con una gallinita y unos pollitos de oro que hablaban. Él la puso en una sillita de oro y la tapó todo para que no le ahogara, y la levantó y la llevó en esa ciudad. La largó en un palacio donde ella iba a vivir.
El Príncipe vivía en frente, en otro palacio. Ya 'taba por casase con otra princesa. Él no sabía nada que ella era la que 'taba en ese palacio.
En la mañana ella se levantó, se puso el traje del sol, y se sienta en el balcón. Entonces vio la criada de la novia del Príncipe, esa niña que tenía un traje nunca visto. Entonces va y le cuenta a la novia y le dice que le compre al traje, que era muy lindo para cuando ella se case.
Entonces la novia del Príncipe le hizo traer el traje, si quería venderle. Y la señora le contesta que ella no vende por ninguna plata. Que si ella le da permiso para hablar con el novio una noche, ella le regala no más el traje. Entonces la novia del Príncipe Lagarto le contesta a la criada que no faltaba más, que viniera hablar con el novio de ella. Entonces la criada le dice que eso no es nada, que la deje no más que vaya, que ella le va a dar anestesia en el café, él se duerme y no oye nada lo que ella le dice. Entonces la novia, por tener el vestido tan lindo le dijo que sí.
Entonces a la noche la criada le dio café con anestesia al Príncipe y se durmió. Vino la señora y le habló toda la noche. Le decía que él la perdonara, que ella le quemó el cuero del lagarto por culpa de esa vieja mala que vino al palacio. Y le decía todo lo que había sufrido por buscarle. Toda la noche se pasó llorando sobre la cama de él, y él no se despertaba. Hasta que llegaba el día y ella tenía que retirarse de ahí.
Al otro día la señora vistió el traje de luna y se sentó en el balcón. El traje de luna era más hermoso que el traje de sol. Entonces la criada le vino a decir a la novia que esa señora tenía un traje tan hermoso, que se lo tenía que comprar para cuando se case.
Entonces la novia le hizo traer el traje, por cualquier precio. Ella le contestó que no le vendía por plata. Que si ella le da permiso para hablar con el novio una noche, ella le regala. La novia no quería pero la criada le dijo que no era nada, que ella le vuelve a dar anestesia y el Príncipe no sabe nada. Y le dijo que sí. Y ella recibió el traje de luna.
Y esa noche fue la señora y volvió a decirle todo al Príncipe. Y lloró toda la noche, y el Príncipe no se despertó. A la madrugada se fue ella muy triste.
Al otro día la señora sacó la gallinita y los pollitos de oro y el mortero, y se sentó en el balcón. La gallinita y los pollitos hablaban y se movían de un lado para otro.
Entonces la criada de la novia le dijo que esa cosa tan preciosa la tiene que comprar para su casamiento. Y le trajeron a la señora y ella contestó lo mismo. Entonces la criada dijo otra vez que eso no era nada, que ella le ponía anestesia en el café y el Príncipe se dormía hasta el otro día y no oía nada. Y la novia dijo que sí por interés del mortero, de la gallinita y los pollitos de oro.
Entonces ya era la tercera noche. Y esa tarde la escolta del Príncipe le dijo si él no oía lo que decía esa señora, que venía a pasar la noche con él, que daba lástima como lloraba y lo que ella le decía y que él no contestaba nada. Y entonces el Príncipe se sorprendió y dijo que la quería ver. Y entonces la escolta le dijo que no tomara ese café que le traía la criada, que quién sabe si en ese café no le ponían anestesia.
A la noche, él no tomó el café. Él hizo que tomó, pero después echó todo. Entonces llegó la señora y conversaron allí, y la reconoció, pero quedó como que ella no era nada de él.
Entonces al otro día hizo un banquete en la casa de la novia para casarse. Entonces la invitó a la señora.
Entonces se sentaron en la mesa. Pusieron una frutera de toda clase de fruta. Y al que iba a ser su suegro nunca comía manzana porque no le asentaba. Entonces el Príncipe le preguntó que por qué no comía manzana. Y le contestó que él no comía manzana por que le iba hacer mal. Entonces el Príncipe Lagarto le dice:
-Si usted no come la manzana porque le hace mal, yo no puedo casarme con su hija porque acá la tengo a mi señora a mi lado.
Entonces, de sentimiento, se matan todo de la familia, y se quedan ellos dueños de todo. Él ya 'taba desencantado.

Y así ella tuvo premio porque anduvo mucho peligrando la vida.

viernes, 24 de enero de 2014

Juan de la Rodilla – Irás y no volverás (Leyendas criollas, San Luis)


Opinión:Hola, a diferencia de la reseña anterior, este libro me gusto mucho. Ambas historias las disfrute mucho leyéndolas. El genero fantástico es uno de mis favoritos y los dos cuentos lo tienen como elemento principal. En mi opinión, ambas destacan el rol fundamental que tienen los hijos en las vidas de los padres.Ademas, demuestra como la vida siempre tiene sorpresas para nosotros.
Espero que los disfruten como yo lo hice...

Sinopsis:En los cuentos todo pude suceder. Por ejemplo, que "Juan de la Rodilla", el protagonista del primer relato de este libro, haya venido al mundo de una forma muy extraña... También sucede que el ingenio de un joven desbarata la más fuerte brujería, como sucede en "Irás y no volverás", el segundo cuento. Ambos cuentos son frutos del ingenio, la picardía y el humor de los puntanos.
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo 
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez 
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).
ISBN: 978-987-576-228-2

Juan de la Rodilla (Pueden encontrar una versión de esta historia en este blog:http://tallerliterariojesusmaria.blogspot.com.ar/2011/08/juan-de-la-rodilla.html)

Irás y no volverás(Esta es una versión distinta a la quese encuentra en el libro)
Había una vez un hombre que se ocupaba de la pesca. Iba a pescar todos los días. Este hombre no tenía más que la señora, una yegua y una perrita.
Un día, este hombre no podía pescar, y tanto tiró el anzuelo, hasta que sacó un pescado grande. Y cuando lo estuvo por matar, le dijo el pescado que no lo matara, que él le iba a decir dónde había muchos pescados. Entonce el hombre, de ver lo que le prometía el pescado, lo largó. Entonce le dijo el pescado:
-Miró, andate río abajo. Vas a encontrar un remanso muy grande, y allí vas a sacar muchos pescados.
Así lo hizo el hombre. Se jue hasta el remanso y empezó a sacar pescado en cantidá. Y así lo hizo varios días y llevó muchísima comida a su casa. Pero comenzaron a mermar las pescas, hasta que llegó un día que parecía que no había más pescados, y tanto tiró el anzuelo hasta que volvió a agarrar el pescado grande.
-Miró -le dijo el pescado- no me matís. Andá río abajo, vas a encontrar otro remanso, que hay mucho pescado. Así lo hizo el hombre. Lo volvió a largar al pescado y se jue río abajo, hasta que dio con el remanso. Y áhi pescó, y varios días sacó en cantidá pescados muchísimos.   Un día no podía sacar más pescado, y tanto tiró el azuelo, hasta que volvió a sacar el pescado grande.
-Bueno -le dijo el pescado-, ahora no sé adónde hay más pescado, así que me matás no más, pero sólo te voy a hacer un pedido, que no me dejís cair ni una sola gota de sangre al suelo. La alzás a toda y la enterrás, bien enterrada. Y después que me comás -no tengo más que dos costillitas- ésas las clavás, una de cada lado del jardincito de tu casa.
Bueno... Así lo hizo el hombre, como le había dicho el pescado. Lo carnió y enterró la sangre, y plantó las costillitas, una de cada lado de la puerta del jardincito que tenía. Bueno... Después de esto, la señora del hombre tuvo dos chicos mellizos muy parecidos; de ver uno, era ver el otro. La yegua tuvo dos potrillos del mismo color y muy parecidos. La perra tuvo dos perritos, que también eran muy parecidos.
Se pasaron los años. Se criaron los chicos y se hicieron mozos, y lo mismo se criaron los potrillos y los perros. Un día, dijo uno de los hermanos:
-Yo ensillo un potrillo y me llevo un perro y me voy a rodar tierra.
-¿Porque te vas, hermano? -le dice el otro--. Yo me voy también.
-No, hermano, vos tenís que quedarte con nuestros padres. Yo te voy a dejar una seña, pa que sepás cómo ando. Cuando el jardín esté lindo y florido, es porque me va bien. Si algún día el jardín está triste o marchito, es porque me va mal. Así que te vas para que me salvís.
Bueno, en eso que estaban en el jardín, vieron una daga nuevecita.
-Mirá la daga, hermano -le dice un mozo al otro.
Y miraron al otro lado de la puerta y estaba otra daga, también nuevecita, que brillaba.
-Mirá otra daga -le dice el otro.
Así que cada uno de los hermanos tomó una daga. Bueno... Se jue el hermano a rodar tierra y se llevó un potrillo y un perro, y el otro hermano quedó muy triste. También el potrillo quedó los relinchos y el perro los ladridos, lo que se iba un hermano.
Bueno... El hermano que quedó en las casas, no se olvidaba; lo primero que hacía era ir a ver el jardín. El jardín amanecía muy lindo, todo florecido.
-Bueno -decía-, le va bien a mi hermano.
El hermano que se jue, anduvo mucho tiempo, y llegó al palacio de un Rey. Se ocupó allí. A los pocos tiempos se puso de novio y se casó con la hija del patrón. Una tarde, le dijo a la señora:
-Vamos a caminar por allí.
-Vamos -le dijo la señora.
Jueron hasta un árbol que 'staba en la punta de un bordo, y de allí se devisaba, a lo lejo, un humito, que se elevaba muy alto y derechito. Entonce le preguntó el mozo a la señora:
-¿Qué contiene aquel humo tan alto y tan derecho? Entonce le contestó la señora:
-Mire105, allá es el Irís y no Volverís.
-¿Y porque le llaman así? -le preguntó el mozo.
-Porque el que va allí, no vuelve más.
Entonce le dijo el mozo:
-Mañana voy yo, pero voy a volver.
-No vaya -le dijo la señora-. Mire que el que va allí no vuelve más.
-Yo voy a ir y voy a volver -le dijo el mozo.
Así que al otro día bien tempranito, ensilló su caballo, se puso la daga y llamó al perro. Se despidió de la señora que le rogaba que no juera. Y se jue.
A la tarde llegó al humito. Había una casa. Llamó, y salió una vieja que era bruja.
-¡Buena tarde, señora! -le dijo el mozo-. ¿Quiere darme un poco de agua?
La vieja le dijo muy atenta que cómo no. Cuando va a darle el jarro con agua y el mozo lo jue a recibirseló, lo agarró de la oreja, lo bajó del caballo y jue y lo encerró en una pieza. Lo encerró con llave, y allí quedó. ¡Claro!, como era bruja l'hizo perder al mozo la juerza, que no se pudo ni defender siquiera.
Bueno... Al otro día temprano, como de costumbre, jue el otro hermano a ver el jardín. El jardín estaba todo marchito y caido, todo por el suelo.
-Bueno -dijo-, mi hermano está en peligro. Me voy.
Áhi no más ensilló el caballo, se puso la daga y llamó el perro, y se jue. Al día siguiente llegó a la casa del padre de la niña que se había casado con el hermano de él. Como era tan parecido al hermano, la señora salió, y creyendo que venía el esposo, lo abrazó. Lloraba la señora y decía que creía que no iba a volver. Entonce pensó el hermano entre de él:
«Seguro que mi hermano es casado con esta niña y ella cree que soy yo. ¡Como somos tan parecidos! Pero no le voy a decir nada para descubrir adónde se ha ido mi hermano».
Enseguida vino el padre de la niña, y lo abrazó, y le dijo que cómo ha hecho para volver, siendo que el que va allí no vuelve más. El mozo no le dijo nada. Cenaron esa noche. En seguida, le dice la señora:
-Vamos a dormir, que tiene que estar cansado. Bueno... Se jueron. Todo esto lo hacía el mozo para ver si podía descubrir qué fin había tenido el hermano. Cuando ya estuvieron para acostarse, le dijo el mozo:
-Recién me he acordado de un pedido que me había hecho mi padre.
Entonce le dijo ella:
-¿Cuál es el pedido? Si lo puede hacer, hágalo.
-Mi padre me había hecho este pedido, que esta noche tengo que clavar mi daga en el medio del colchón, entre los dos.
-Bueno -le dijo ella-, hágalo.
Esto lo hacía para no fallarte en nada a la señora del hermano. Así que esa noche durmieron juntos, pero con la daga clavada entre los dos. Al otro día anduvo él como apurado. Le dijo ella:
-Vamos a caminar para donde juimos las otras tardes.
-Vamos -le dijo él.
Jueron al árbol, y de la punta del bordo divisaron el humito. Entonce le preguntó el mozo:
-Y aquel humito, ¿qué contiene?
-¿Cómo? -le dice ella- ¿tan pronto se ha olvidado? Allí es adonde juistes, al Irís y no Volverís.
Entonce dijo el mozo entre él:
«Allí es adonde ha ido mi hermano. Yo me voy».
Y le dice a la niña:
-¿Sabís qu'hí dispuesto de ir otra vez al humito?
-No vaya. ¡Quién sabe si vuelve más! -le dijo ella.
Y el mozo le contestó:
-No, ya vís como hí vuelto. Puedo ir otra vez.
Se jueron a las casas, se puso la daga, ensilló el caballo y llamó al perro. Se despidió de la señora y del padre, y se jue.
Cuando llegó allá, salió la vieja. Entonce él iba con sé, y le dijo:
-Deme un poco de agua, ¡por favor, señora!
Cuando la vieja fue a darle l'agua, jue a agarrarlo al mozo, que era muy avisado; y que cuando vido la vieja se dio cuenta que era bruja, y malició que tenía al hermano, la agarró él primero, y dijo para él: En nombre de Dios. Áhi se le acabó la fuerza a la bruja. La bruja gritaba y pataliaba lo que se vido descubierta, y el mozo le dijo:
-Ahora me vas a entregar mi hermano, o sino te mato.
Sacó la daga y la amenazó. La ató bien atada di un poste. Ya cuando se vido perdida, la bruja le rogaba:
-No me matís, yo te voy a entregar tu hermano. Áhi tenís las llaves.
El mozo agarró las llaves y empezó a abrir puertas. De todas las piezas salían hombres que la bruja tenía encerrados, hasta que salió el hermano. Se abrazaron, contentísimos, y le agradeció el hermano porque vino a salvarlo. Y le dijo:
-Yo sabía, hermano, qu'ibas a venir. Yo te aguardaba todos los días.
Bueno... se jue el mozo y le dijo a la bruja que 'taba bien amarrada en el palo, que adónde tenía el caballo y el perro del hermano. Y la vieja le dijo que los caballos de los hombres que tenía encerrados, eran esos montones de arena, y que los perros eran esos montones de ceniza.
-Hacemelós volver a lo de antes o sinó te mato -le dijo el mozo.
La vieja, entonce le dice:
-Áhi sobre la mesa, hay una caja con polvos. Vos los tiras sobre las montañas de arena y de ceniza, y van a salir los animales.
Jue el mozo, sacó la caja de la bruja y tiró el polvo sobre los montones, y salieron los caballos y los perros de los hombres que la bruja tenía encerrados. Y salió también el caballo y el perro del hermano. Entonce le dieron libertá a todos los hombres, y dejaron la bruja atada. Y se jueron los dos. Bueno... Ya cuando iban por la mitá del camino, le contó el hermano cómo lo había agarrado la vieja, y cómo había ido al Irís y no Volverís. El otro herma no le contó cómo supo por el jardín que él estaba en peligro, y cómo vino a la casa de su señora. Le dijo que él había estado con la señora y con el padre de ella, y que lo habían tomado por el esposo de la niña, y que él los dejó creer para averiguar de su paradero. Que él había dormido esa noche con la señora, pero que había clavado la daga entre medio de los dos, para no faltarle. Entonce el hermano se enojó, se dejó llevar por los celos, y sacó la daga y lo mató. Y después que lo mató, que le había pesado y no sabía qué hacer, desesperado. Se puso a llorar, y lo alzó al cuerpo del hermano en la falda, y le pedía perdón, y que le decía que él, que tanto había hecho por salvarlo, no sabía cómo lo había muerto él, como un hermano desgraciado. Al rato después de haber estado allí, vinieron dos lagartos, y se pusieron a peliar. Y uno al otro le pegó un uñazo y lo mató.
El lagarto que mató al otro se quedó áhi, no más, asustado, y luego buscó un yuyito, y le empezó a pasar por la herida al muerto, hasta que el otro lagarto vivió. Bueno... El hermano jue y hizo lo mismo. Jue, cortó un gajo del mismo yuyo y le empezó a pasar por la herida al hermano muerto, hasta que vivió. Y le pidió disculpa llorando, y se abrazaron, y quedaron como si nada hubiera pasado. Los dos hermanos siguieron muy contentos, el viaje. Y cuando llegaron al final del viaje, los hermanos se despidieron como ante, y uno se jue para donde estaba la señora y el otro hermano se jue para donde tenía los padres. Y todos vivieron muy contentos, muchísimos años.

jueves, 23 de enero de 2014

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras – El conejito ayudante (Leyendas criollas, Córdoba)


Opinión:Hola, sinceramente no tengo nada que decir sobre este libro, solo que no es uno de los mejores de la colección.Lamento que esta reseña sea tan corta, espero que la siguiente sea mejor. Chau
Sinopsis:Hay que tener muchísimo cuidado con este Pedro, que parece tan tonto y es más vivo que todos los que le quieren tomar el pelo. Así ocurre en el primer cuento de este libro, 'Pedro Urdemales y las yeguas voladoras', donde se las ingenia para que una linda tropilla desaparezca como por arte de magia. En 'El conejito ayudante', el segundo relato, uno tras otro van cayendo en los enredos del embrollón, que siempre se sale con la suya.

Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo 
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez 
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).

I.S.B.N : 9789875762275

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras
Martin  Urdemales  era  un  hombre  de campo  que  un día  tras haber recibido  su  sueldo  mensual decide,  al día siguiente, irse para  Colan  Conhué a gastar lo que había ganado y merecía por todo su sufrimiento que le provocaba el trabajo y que poco le gustaba.
Allí  estuvo  una semana de  fiesta.
Después, cuando se iba  le quedaban seis  monedas  de un peso y se preguntó "¿Qué  puedo comprar  con  estas monedas?". Entonces fue  a preguntarle  a Don Manuel  quién  vendía caballos éste  le  respondió  que Cachasu. Fue Martin a la casa de Cachasu y le dijo  si le vendía  un caballo. El vendedor de equinos le dijo que si. Martin le explico que no tenía  plata y le preguntó que  si no tenía trabajo.
El  vendedor le dijo que tenía  chivas  para  cuidar, ante  lo que Martin acepto; hecho el arreglo se fue con  el  patrón para  el campo. Cuando el patrón se fue, Martin soltó las chivas  y se fue para lo de  su vecino  a quien se las vendió. Se fue para el campo que cuidaba, pero antes pasó  a agarrar martinetas, les cortó las alas y metió las martinetas en el corral. Se fue a agarrar el caballo más rápido que tenia el  patrón y partió para el pueblo a avisarle. Cuando llegó -haciéndose el asustado- le dijo que no quería trabajar más:
-Porque una mañana  yo taba matiando y salí a buscar a las chivas y las encerré, .de hay me jui a seguir matiando, despué jui a ordeñarlas  y… baiga susto me pegué pachón  Yo mejor me voy, su campo tá embrujao. Vaiga que me convierta a mí taén.
Y se fue para Comodoro  buscando otro tonto para embromar.
El patrón fue a ver a las chivas y descubrió la mentira. Se fue a buscarlo  pero Martin ya no estaba, ya se había ido, Nadie más supo de él en el pago.

miércoles, 22 de enero de 2014

Un domingo 7 – El herrero Miseria (Leyendas criollas, La Rioja)


Opinión:Hola, a diferencia del anterior, este libro se convirtió en uno de mis favoritos de la colección. Me gustaron los 2 cuentos . Ambos me causaron mucha gracia y comparten un tema en común:LA HUMILDAD.
En el primer cuento, yo yo había escuchado el dicho "ya salio con un domingo 7" pero no sabia que existía un cuento, que respaldara la frase; así que fue un descubrimiento en lo personal. En cuanto al segundo cuento, tenia una vaga idea de lo que trataba...
Creo que hasta hay un chiste que trata sobre este cuento pero no estoy segura.
Bueno, no me queda mas que decir de este libro, asi que me despido hasta el siguiente post.
 Chau :)
Sinopsis:Entre cerros y montes, dicen en La Rioja, uno puede encontrarse cualquier día -o lo que es peor, cualquier noche- con una partida de diablos cantores. ¿Será posible caerles en gracia? De eso habla "Un domingo siete", primero de los dos cuentos tradicionales riojanos de este libro. "El herrero Miseria" es el segundo relato, que nos trae las ingeniosas andanzas de un hombre más astuto que... el Diablo. 
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).

I.S.B.N : 9789875762268

Un domingo 7
Según cuentan, una vez hubo dos hombres que eran muy amigos. Tan amigos,que cuando uno tuvo el primer hijo, quiso que el otro fuera padrino de bautismo del chico. Así que, además de ser amigos, se hicieron compadres. Tenían eso en común, pero nada más. Porque desde entonces, al que había sido padre le empezó a ir cada vez mejor. En la chacra tuvo una cosecha de locos, que le hizo ganar mucha plata. Con eso compró unas cabras. Los animalitos daban tanta leche que no se podía creer, así que para aprovecharla se le ocurrió hacer quesos. ¡Un éxito total! Venían de la Capital a buscarlos. Así pudo comprar más tierra, plantó nogales y antes de lo que hubiera creído le empezaron a dar unas nueces gordas como ciruelas. Bueno, la cuestión fue que, negocio va, negocio viene, se hizo riquísimo en poco tiempo.
Al otro, en cambio, por más que se deslomara sembrando el campo, siempre algo le salía mal: cuando no eran bichos que le arruinaban la cosecha, eran ratones que le comían todo, o lo agarraba una sequía. Consiguió una cabra, pensando hacer como el compadre, pero estaba tan flaca que no daba una gota de leche y no hacía más que comer los pocos yuyos que crecían en ese campo lleno de mala suerte.
Al fin, desesperado, le fue a pedir ayuda al amigo rico. ¡Para qué! El otro, cuanto más ganaba, más avaro se hacía. Juntaba y juntaba plata y no le daba una mano a nadie. Ni al mismísimo compadre.
-Será que sos un vago y no querés trabajar -le dijo cuando el pobre lo fue a ver-. Yo no te presto nada. Cada uno se tiene que arreglar por su cuenta.
El hombre se fue amargadísimo y tuvo que vender la chacra para pagar deudas. No le quedaba más remedio que ir a probar suerte en la ciudad. Juntó en una bolsa la poca ropa que tenía, se preparó un pan con queso para el camino y empezó el viaje a pie porque no tenía ni una moneda para el ómnibus.

Un encuentro de terror
Caminó y caminó y caminó, hasta que se hizo de noche. Como no le gustaba dormir al aire libre, se apartó de la ruta para meterse debajo de un árbol que vio en el campo, a unos metros de distancia y junto a unas piedras grandes. Ahí se sentó, estiró los pies cansados y comió la mitad del pan con queso. Se estaba empezando a dormir, cuando oyó unas voces que se acercaban. Era gente que venía de jarana, con mucha risa. ¡Pero qué voces y qué risas raras! Miró y vio que traían un farol para alumbrarse. Y gracias a esa luz, descubrió que los que venían tenían cuernos y colas largas. ¡Eran todos diablos!
Iban derechito hacia donde estaba el pobre hombre, que entonces se dio cuenta de que había ido a meterse justo en el lugar de reunión de la diablada. Si salía corriendo, lo iban a ver, porque estaban en medio de una pampita pelada, sin nada para esconderse. Así que hizo lo único que podía: se trepó al árbol. Por suerte la planta tenía muchas ramas y hojas, y ahí quedó, bien tapado. Los diablos llegaron y se sentaron debajo de él, que desde arriba los espió con cuidado. ¡Qué feos eran!
Cuernos retorcidos, caras coloradas, narices con verrugas, orejas en punta, dedos flacos con uñas largas y unas colas escamosas que daban asco. Feos, pero con ganas de cantar, porque empezaron a hacer palmas y a entonar con voces horribles una copla que decía así:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
Y ahí se pararon. Bajaron los brazos como desalentados, miraron el suelo en silencio y el que parecía el jefe dijo, meneando la cabeza:
-No hay caso, falta algo. Probemos de nuevo -y todos volvieron a cantar:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
Pero llegaron al mismo punto y no supieron cómo seguir.
-¡Parece mentira! -protestó el diablo jefe-. ¡no nos sale y no nos sale! A ver, de nuevo.
Y cantaron la copla una vez y como diez más, pero siempre pasaba lo mismo. Entonces, el jefe dijo:
-¡No nos vamos de acá sin completar la letra!
El hombre pensaba, escondido entre las ramas: “Si no hago algo, vaya uno a saber cuándo acaban estos. Además, al salir el Sol me pueden ver”.

 Así que cuando repitieron de nuevo su maldito:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
...él se animó y, poniendo voz de diablo, agregó: -¡...y sábado seis!
-¿Cómo? -pegó un alarido el jefe diablo-. ¿Quién dijo eso?
¿Vos? -le preguntó a un demonio rechoncho que tenía al lado, sacudiéndolo por los cuernos.
-No, yo no he sido -le contestó, asustado.
-¡Fuiste vos! -gritó señalando a otro diablo esmirriado que estaba más allá.
-¡No, para nada! -dijo el flacucho, temblando.
-¡Ninguno de nosotros fue! -gritaron los demás.
Entonces, el diablo mayor levantó el farol y miró para todos lados. Así fue que vio, entre las hojas, cómo se asomaba la punta del pie de quien estaba escondido.
-¡Te vi! -aulló el diablo-. ¡Bájate de ahí!
Pero el hombre, claro, no le hizo caso. Entonces, los diablos se estiraron y le agarraron el pie. Tiraron y tiraron y se quedaron con la alpargata en la mano. Lo manotearon de nuevo y después de unos sacudones lo que consiguieron fue una media remendada. Pero al fin le pescaron un tobillo y lo bajaron.
El hombre creyó que iba a morirse de miedo, pero en ese momento el diablo levantó los brazos y gritó:
-¡Eso estuvo maravilloso! ¡“Sábado seis”! ¡Eso es poesía pura! ¡Eso es hermosura! ¡Eso es lo que estábamos buscando! -y mirando a los demás, les mandoneó:
-¡Aplaudan, caramba! ¡no se queden ahí mirando! aplaudieron a rabiar, gritaron entusiasmados, levantaron al hombre en andas y lo hicieron dar siete vueltas alrededor del árbol, repitiendo:
-¡Viva el poeta! ¡Viva el poeta!
-¡Gracias, gracias! -dijo el homenajeado, cuando se calmaron un poco-.
Pero ahora los dejo, porque se me hace tarde. No va a faltar oportunidad de que nos encontremos otra vez a cantar un poco.
-¡No señor! -dijo el diablo jefe-. Vos no te vas a ir así nomás...
El hombre creyó que se desmayaba.
-¡No te vas a ir sin un regalo! -y ahí mismo chasqueó los dedos, hubo un relumbrón y una humareda y aparecieron un hermoso caballo ensillado y dos mulas negras, cargadas con unas enormes alforjas llenas de monedas de oro y plata.
Los diablos lo acompañaron hasta el camino, se despidieron y le recomendaron que no dijera a nadie qué había pasado ni dónde se reunían ellos.
Así fue como el compadre pobre cambió de planes y decidió no irse nada a la ciudad, sino volver a su tierra. Con parte del regalo compró de nuevo la chacra y todos los campos de alrededor, los hizo sembrar, los llenó de ganado y mandó construir una casa grandísima.
Cuando el compadre rico se enteró, lo fue a visitar para saber de dónde había salido tanta abundancia. Como el otro no le quería contar, se hizo el ofendido:
-¡Qué cosa! Somos como hermanos, te he nombrado padrino de mi hijo y ahora no me tenés confianza...
Y al fin el otro, que era un ingenuo, le contó la historia, con todos los detalles.

El famoso domingo.
Al día siguiente, el egoísta se fue caminando por donde su compadre le había dicho. Encontró el árbol, se subió y esperó a que se hiciera de noche.
De pronto oyó las risas horribles y las voces espantosas y vio la luz del farol que se acercaba, con todos los diablos atrás.
Se sentaron abajo del árbol y el jefe ordenó:
-Bueno, ¡larguemos! -y todos corearon la copla:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y sábado seis…
Y en ese momento, el que los espiaba cantó con todo su entusiasmo: ¡y domingo siete!
-¿Cómo? -exclamó el diablo mayor-. ¿Quién dijo eso?
-¡Yo! -gritó el hombre y se dejó caer, muy sonriente, en medio de todos ellos-. Yo lo inventé.
-¿Domingo siete? -murmuró el jefe, tironeándose la barbita.
-Sí, siete. Domingo siete.
-¡Pero eso es horrible! ¡Eso estropeó la copla! -gritó el demonio.
Ahí nomás lo molieron a golpes. Cuando se cansaron, el jefe chasqueó los dedos y lo convirtió en lagartija.
Y esa es la razón por la cual desde entonces, cuando alguien dice algo inoportuno o quiere hacer algo que no conviene, se comenta que “salió con un domingo siete”.


El Herrero Miseria
Hace mucho, pero lo que se dice muchísimo tiempo, hubo un herrero que tenía su fragua junto a un camino, en un lugar medio perdido en el campo. El hombre ya era bastante viejo, pero siempre se ponía a trabajar apenas le llegaban clientes, aunque no eran muchos en la zona, donde pasaba poca gente y vivían unos pocos, aparte de él.
Como el hierro para trabajar le salía muy caro y el herrero nunca tenía plata para comprarlo, se la pasaba juntando cualquier pedazo de metal que encontraba tirado por ahí.
-¡Es por si algún día me sirve! -explicaba.
Tres o cuatro clavos oxidados, una manija rajada, un cuchillo partido, un martillo sin mango, una argolla torcida, un bollo de alambre enredado, todo le venía bien y todo lo echaba en un montón que tenía en un rincón del taller.
Por eso, y porque era tan pobre, los pocos vecinos que tenía le habían puesto un apodo que a él no le molestaba: herrero Miseria.
Una tardecita, cuando caía el Sol, el herrero oyó los pasos de un animal que se acercaba. Salió a mirar y vio que, derecho para el taller, venía una mula flaca que traía montados a dos viejitos barbudos: uno, flaco y de pelo largo; el otro, más bien gordito, bajo y bien pelado.
-¡Buenas tardes, amigo! -lo saludaron.
-Que sean buenas -contestó él. Y enseguida, como era un hombre muy educado, les ofreció:
-Desmonten, nomás, ¿gustan tomar unos mates?
-No, hijo, gracias -dijo el flaquito-. Lo que andamos precisando es ayuda. Porque la mula perdió una herradura y nos han dicho que podés hacerle una nueva.
-¡Cómo no! -dijo el herrero-. En un momento.
-Pero el problema, hijo -siguió el recién llegado-, es que no tenemos dinero para pagar.
El herrero los miró, pensó que eran mucho más pobres que él y les contestó:
-Lo importante es que puedan seguir viaje. Ya me pagarán alguna vez y sino, no importa.
Y ahí nomás empezó a rebuscar en el montón de hierro viejo y sacó una varilla. Le dio fuerza al fuego de la fragua echándole aire con el fuelle, calentó el metal al rojo, lo puso sobre el yunque y empezó a pegarle con el martillo para darle forma. En un momento, tenía la herradura lista. Le agarró la pata a la mula y se la puso.
-¡Qué bien! -dijo el viejito flaco-. ¡Qué buen trabajo! Pero lo más importante es que te has puesto a ayudar a dos desconocidos que no te iban a pagar.
Entonces, habló el peladito:
-Nos presentamos: él es dios y yo, San Pedro, que andamos de recorrida por el mundo.
-Y por tu generosidad -siguió dios-, te vamos a recompensar con tres cosas que pidas.

Tres regalos del Señor.
A espaldas de dios, San Pedro empezó a hacer gestos señalando hacia arriba, para que el herrero pidiera como premio ir al Cielo.
Pero Miseria no le llevaba el apunte. Pensaba y pensaba, y al fin, dijo:
-Lo primero que me gustaría es que el que se siente en esa silla no se pueda parar sin mi permiso.
-¡Concedido el deseo! -dijo dios.
San Pedro daba saltitos, apuntando para arriba. Pero el herrero no le hizo caso y agregó:
-Lo segundo que quiero es que el que se suba a esa planta de nogal, no se pueda bajar si yo no lo dejo.
-Bueno, si es tu deseo... está bien -contestó dios.
Y San Pedro, por atrás del hombro de dios, le decía con los labios:
“¡Pedí el Cielo!”. Pero el otro quiso ahora:
-Y lo tercero es que el que se meta en esa bolsa que está colgada del gancho en la pared, no pueda salir si yo no quiero.
-¡Hecho! -dijo dios. y como se dio vuelta y vio que su compañero fruncía las cejas y ponía mala cara, le dijo:
-Pedro, él tiene derecho a elegir lo que quiera.
Los visitantes se despidieron, montaron en la mula y se fueron al pasito tranquilo. El hombre se quedó mirando cómo se alejaban y cuando los perdió de vista al doblar una curva del camino, hizo una prueba. Sentó en la silla a un perrito que tenía y esperó. Al rato, el animal se quiso tirar al suelo, pero parecía pegado a la madera. Lloriqueaba y hacía fuerza, pero no podía dejar el asiento. El hombre se rió, le dijo que le daba permiso para bajar y el perro se fue apurado, con la cola entre las patas. Miseria se reía:
-¡Bueno, mirá vos lo que conseguí a cambio de una herradura!
¡Lindas bromas puedo hacerle ahora a cualquiera!
Pero pensó un poco y al rato dijo:
-La verdad es que he estado hecho un zonzo. ¡Podría haberles pedido ser rico!

Se puso de muy mal humor y se pasó la semana protestando.
-¡Rico tendría que ser ahora!
¡Cualquier cosa daría por ser rico!
¡Ah, si tuviera de nuevo la oportunidad, no sería tan pavote!
Hasta que una tardecita oyó el paso tranquilo de un animal.
-¡Volvieron! -gritó el herrero.
Pero no eran ellos. Ahora, montado en un caballo renegrido y con ojos de loco, venía un hombre de barbita puntiaguda, con sombrero negro, botas negras y poncho negro. Saludó, desmontó y en ese momento Miseria vio que por abajo del poncho le salía una cola larga.
-¡El diablo! -se le escapó, y retrocedió asustado.
-El mismo, para servirte -contestó el otro, sacándose el sombrero y dejando ver unos cuernitos-. Para servirte y hacer negocios.
-Yo... yo no vendo nada... Soy un pobre herrero nomás -dijo Miseria, con la boca seca por el miedo y temblando.
-Pero mi amigo, siempre hay algo para vender -se rió el diablo-. ¿no andás hace días diciendo que darías cualquier cosa por ser rico? Mirá lo que te ofrezco: un baúl lleno de oro y un año entero para gastarlo.
-¿Y después?
-Después, te paso la cuenta: tu alma. En un año justo, mando a uno de mis empleados para buscarte y te venís para siempre conmigo. No hay mucho que pensar: ¡todo un año para disfrutar tanta riqueza!
-No me convence -dijo Miseria.
-Mirá, vamos a hacer una cosa: te doy dos baúles llenos de oro.
-Tres.
-Bueno, tres.
-Y tres años para gastarlos.
-Dos o nada.
-Acepto -dijo el herrero.
-Muy bien, entonces, acá está el oro.
Miseria se dio vuelta y vio que en el lugar de la pila de hierro viejo había tres baúles abiertos, llenos de oro tan brillante que iluminaba todo el taller.
-Y ahora, vamos a hacer el contrato. lo traje preparado -dijo el diablo. De la manga, sacó un rollo de papel, y de un bolsillo, una pluma y un tintero. Se los alcanzó al hombre.
-Firmá acá, por favor -dijo.
Apenas Miseria firmó, el visitante desapareció en el aire, con caballo y todo, y él se quedó solo con su riqueza.
Al día siguiente ya estaba gastando. Se dio todos los gustos, comió de lo mejor, se vistió como un príncipe y se hizo construir una casa lujosa. 
Claro, a medida que pasaban los dos años, se iba poniendo tristón. ¡ni quería mirar el almanaque! ¿Qué iba a hacer cuando el diablo mandara a buscarlo?, se rompía la cabeza pensando. Y al fin llegó el día. Se oyeron unos golpes en la puerta y Miseria se hizo el zonzo. No abrió.
Pero de afuera le gritaron:
-¡Salí, ya sé que estás adentro!
No tuvo más remedio que abrir. Había un diablo parecido al otro, pero más jovencito, con el contrato en la mano.
-Me manda el patrón a buscarte. Este papel dice que tenés que venir.
-Ya sé -contestó el herrero-. Bueno, ¡qué vamos a hacer! Voy a buscar el poncho para el viaje. Sentate un momento, mientras me esperás -y le ofreció la silla vieja que antes tenía en el taller.
El diablo joven se sentó y enseguida volvió Miseria, emponchado y con el sombrero puesto.
-Bueno, vamos -dijo.
Pero cuando el otro se quiso parar, no pudo. Estaba pegado al asiento. Forcejeó y se sacudió y bufó, pero no había caso.
-¿No podés pararte? Bueno, pero ojo que entonces no es culpa mía si no vamos con tu jefe. Y ¿sabés una cosa? yo tengo el poder de liberarte. Pero negociemos. Firmá que el contrato sigue por tres años más y dame otros cuatro baúles de oro.
El diablo joven no contestó y se pasó dos horas tironeando para zafarse de la silla. Al fin dijo, de mala gana:
-Está bien -y firmó.
Miseria estaba muy aliviado y siguió viviendo como un rey, con tanta riqueza nueva. Pero el tiempo pasó más rápido de lo que esperaba y un mal día sintió que golpeaban la puerta. Abrió y era el primer diablo.
-Vine yo mismo para que no te aproveches de la falta de experiencia de mis muchachos -le explicó.
-De acuerdo, ya vamos. ¿no querés sentarte mientras me preparo? -le propuso Miseria.
-No gracias, estoy muy bien así.
-Bueno, entonces ya vengo. Mientras, si te gustan las nueces, sacá algunas del nogal para comer en el viaje y llevarles a los tuyos.
-Esa no es mala idea, ¿ves? -contestó el diablo, que era muy goloso, y se subió al árbol. Las nueces estaban buenísimas. Comió ahí mismo unas cuantas y después se llenó los bolsillos.
-Listo, vamos -le dijo Miseria. Pero cuando el otro quiso bajar, no pudo. Estaba pegado a las ramas.
-¿Qué es esto? -protestó el diablo-. ¿Qué pasa?
-¡Ah!, ese árbol es muy mañoso -se rió el herrero-. Agarra y no suelta.
Sólo me obedece a mí.
-¡Hacé que me largue! -gritó el otro.
-¡Como no! Si nos ponemos de acuerdo. Favor por favor. Te suelta si renovamos el contrato por cinco años y me das diez baúles de oro.
El diablo estaba indignado.
-¡Esto es una estafa! ¡Esto no es serio!
-¡Esto es un negocio! -contestó Miseria.
El demonio estaba emperrado y no quería aflojar, pero el herrero, muy tranquilo, lo dejó en las ramas del nogal y se fue a dormir. A los dos días, harto de hacer vida de pájaro que no puede volar, el otro tuvo que aceptar. Firmó el agregado al contrato y se fue renegando.
Cincuenta diablos más uno.
El herrero siguió dándose la gran vida. Pero todo pasa, y los cinco años también. Una mañana, Miseria sintió voces afuera de la casa y cuando salió encontró al diablo, que esta vez había traído a cincuenta ayudantes, por las dudas.
-Te vengo a buscar y te aviso que ni estamos cansados como para sentarnos, ni tenemos ganas de comer nueces.
-Bueno, me cambio y vamos.
-Nada de cambiarse, ¡basta de vueltas! Venís así como estás.
-Bueno, está bien, ¡qué malos modales! ni que fueras tan poderoso.
-Yo hago lo que quiero -contestó el otro, que era muy orgulloso.
-No creo -lo provocó Miseria.
-Es así.
-¿Ah, sí? a mí, por ejemplo, no me parece que puedan hacerse chiquitos como para meterse todos juntos ahí adentro -dijo mostrando la bolsa vieja.
-Claro que podemos.
-Estás macaneando. ¡Qué van a caber!
-¡Ahora vas a ver, atrevido, y después me voy a desquitar con vos en el Infierno por esta insolencia! -y pegando un chiflido, ordenó-:
¡Muchachos, muéstrenle a este viejo lo que podemos hacer!
Pegó un salto y en el aire se hizo finito, finito, como una lombriz larga, y se metió de cabeza en la bolsa. después lo siguió la fila de diablos, uno a uno. todos se metieron y entonces se oyó la voz del demonio:
-¿Y? ¿Podíamos o no podíamos? ¡y si quiero, entramos más todavía!
-Tenías razón -dijo Miseria-.
Entrar, entraron... ahora, salir, lo veo difícil...
Ahí mismo empezó a revolverse la bolsa, que rodaba por el piso y daba brincos. De adentro salían gruñidos como de quien hace esfuerzos, resoplidos y voces que decían:
-¡Imposible!
-Probá vos.
-A ver, dejame a mí.
-No se puede.
-Empujá con el pie.
-Todos juntos, ¡ahora! Pero la bolsa no se abría.
Al fin, se oyó al diablo principal, que decía:
-¡Dejanos salir!
-Bueno, pero a cambio, quiero que rompamos el contrato.
-¡Ni loco! yo nunca me echo atrás.
-Habrá que ablandarte -contestó Miseria. agarró la bolsa, la puso sobre el yunque que siempre había guardado, buscó el martillo más pesado que tenía y empezó a golpear a los diablos encerrados con toda la fuerza. Dicen que los chillidos que daban se sentían como a diez cuadras. Cuando le pareció que había hecho bastante, preguntó:
-¿Y? ¿Estamos de acuerdo?
-¡No! -porfió el diablo, con voz dolorida. Entonces Miseria siguió con el martillo hasta cansarse y después volvió a preguntar:
-¿Qué hacemos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? ¡Miren que yo tengo mucha experiencia en martillar!
No le contestaron nada, pero de adentro salió un bollo de papel aplastado. Era el contrato. Miseria prendió un fósforo y lo quemó.
Después dijo:
-Bueno, cuando quieran, váyanse nomás.
Los diablos salieron volando, entre quejidos, con los pelos revueltos, la ropa arrugada y llenos de chichones. No los volvió a ver nunca más.

Entre el Cielo y el Infierno.
Pasaron los años, el herrero se hizo viejísimo y un día se murió.
Entonces fue al Cielo. llamó a la puerta y le abrió San Pedro.
-Me parecés cara conocida -comentó-. ¡ah, sí! Vos sos Miseria. ¿Ves? Si me hubieras hecho caso, ya estarías acá hace mucho tiempo, tranquilo.
Pero no, el señor quiso no sé qué pavadas... ¡Bué!, vamos a ver en el libro de las almas qué pasa con la tuya.
El santo abrió un libraco gordo, se mojó el dedo y empezó a pasar las hojas.
-¡Mmm...! Miseria, Miseria... ¡acá está! ¡ah!, pero m'hijito, acá dice que has vendido el alma al diablo. lo lamento mucho, pero entonces no podés entrar. Y cerró la puerta, meneando la cabeza, muy triste.
El herrero se fue, bien compungido, al Infierno. Llamó, un diablo entreabrió el portón y asomó un ojo.
-¿Quién es?
-Miseria.
El demonio abrió grande la boca y gritó, asustadísimo:
-¡Jefe, muchachos! ¡Es el herrero!
Le dieron con la puerta en la cara. Adentro hubo alaridos de terror y enseguida dieron dos vueltas de llave en la cerradura y pusieron una tranca de hierro.
-¡Fuera, fuera! -le dijeron-. No tenemos ninguna obligación de dejarte entrar.
Así fue como Miseria volvió a la tierra. Y dicen que por eso, desde entonces, la miseria anda suelta por el mundo.


martes, 21 de enero de 2014

La guerra del sapo – Fiesta en el cielo (Leyendas criollas, Santiago del Estero)


Opinión: Las dos historias tratan sobre sapos, a las personas que les guste estos pequeños animalitos, estoy segura que les encantara esta historia...
En mi caso, el sapo no me gusta y eso me predispuso mal al leerla. Pero la historia es entretenida y esta bien narrada. Sin mas que decir, me despido hasta el próximo libro.






 Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).


La Guerra del Sapo
Es feo el sapo, ¿no? Hay quienes le tienen miedo, pero no hay por qué, ¡si él no le hace mal a nadie y con ninguno se mete, pobre...! Bueno, la verdad es que no se puede decir que no mate ni a una mosca, porque se come todas las que puede, así como se manda al buche mosquitos, hormigas y mariposas, cuando se le ponen a tiro. Pero qué le va a hacer... ¡tiene hambre! y algo debe comer…
Fuera de eso y bien mirado, el sapo es un tipo simpático. Retacón, pero ágil –¡hay que ver los saltos que da!–, cantor como pocos y amigo de las grandes fiestas. Puede juntarse con miles de parientes y pasarse horas dele “¡Croac, croac, croac!”.
Pero eso sí, no se metan con él, porque se puede poner bravo. Y el que lo vea petisito, mejor que no se haga el vivo, porque bien dicen que no hay enemigo chico. y si no están de acuerdo, pregúntenle al puma…
Un verdadero dolor de cabeza. La culpa de todo lo que pasó una vez entre el puma y el sapo la tuvo el calor de una tarde de enero. Había un solazo que rajaba la tierra, y costaba respirar. todos andaban mal por eso, menos las chicharras, que estaban contentas y aturdían a los demás con sus “¡ua, ua, ua, uaaaaaaaaaa!”, que repetían sin parar, como una gracia que no le caía bien a nadie más que a ellas.
Tanto chirrido, por ejemplo, le dio un terrible dolor de cabeza al puma, que se puso de un humor de perros, mejor dicho, de gatazo gigante.
Además tenía sed, así que decidió ir a tomar agua y mojarse un poco, a ver si se refrescaba. al paso lento, jadeando y con mucha pachorra, se fue acercando a un arroyito que corría entre los árboles. El problema fue que al sapo también se le había ocurrido instalarse ahí para estar más fresco. Después de darse un buen baño, estaba a la sombra, entre el pasto, entrecerrando los ojos y amodorrándose cada vez más. Esto no debió haber sido un problema porque al fin de cuentas había agua para todos, el puma no come sapos y es bastante grande como para que uno de ellos trate de tragárselo. Pero hacía calor y todos estaban fastidiosos. Por eso, cuando el puma le pasó al lado y estuvo a punto de
pisarlo, el sapo pegó un salto para apartarse y le gritó:
–¡Oiga, no sea animal!
–¿Qué pasa? –preguntó el grandote, mirando para abajo.
–¡Pasa que usted es una bestia bruta! –vociferó el sapo.
Lo primero que se le ocurrió al puma fue dejarlo chato de un zarpazo.
Pero entonces lo vio al chiquito tan enojado, que le pareció cómico; hinchaba el cogote, de puro furioso, y echaba unas miradas indignadas. “Este me ha sacado el mal humor” –pensó el puma–. “¡Véanlo al enanito!
Vamos a molestarlo un poco”. Y entonces, poniendo cara de inocente, le dijo:
–¡Disculpe, amigo! ¿Sabe qué pasa? Que lo vi ahí, aplastado entre los yuyos, medio verdoso y me confundí. Creí que era bosta de vaca. El sapo bufó, y el pescuezo se le hinchó más.
–¿y sabe lo que yo le digo que pasa? –le contestó–.
¡Pasa que usted, además de ser un animal y una bestia bruta, es un prepotente que me ve chico y se cree que me puede atropellar! ¡ah, pero a mí no me da miedo! ¡Que me traigan a diez como usted, michifuz, y yo les hago frente! Vea, no lo peleo ahora mismo porque anda solo y no quiero aprovecharme, pero junte a sus amigos y mañana a esta hora vénganse todos para acá. ¡ya van a ver lo que es bueno!
–Ah, no, uno solo contra varios no sería justo. usted también traiga a
los suyos –dijo el puma, muy divertido. y el sapo:
–¡Muy bien! ¡así quedamos! –y se fue a los saltos. El otro se quedó a las carcajadas, agarrándose la panza que ya le dolía de tanto reírse.

Con una ayudita de los amigos

El puma se fue a buscar a su sobrino, el zorro. lo encontró durmiendo la siesta a la sombra. Sin contemplaciones, le dio unos zamarrones y le dijo, de mala manera, como lo trataba siempre:
–¡A ver, che! despabilate, que hay mucho para hacer.
–¡Ay, tío! –dijo el zorro, abriendo los ojos con dificultad–.
¡Estaba soñando que comía una pata de pollo y usted me despierta!
–Dejate de pavadas –le contestó el puma–. tenemos un desafío con el sapo y nos vamos a divertir. Andá a buscar a la gente que te digo y deciles que mañana a esta hora se junten acá mismo. Y eso corre para vos también.
Enseguida, el puma hizo la lista de los invitados. Eran todos animales de garra, diente o pezuña brava: su primo el gato montés, un tipo peleador y rápido para el arañazo; el hurón, ágil y buen mordedor; el zorrino, que también sabía morder y además tenía su chorro maloliente; la comadreja, escurridiza y dientuda, y los hermanos pecaríes, esos chanchos de monte, pesados, colmilludos y pisoteadores, que eran un montón y andaban siempre juntos. El zorro no tuvo más remedio que ir a hacer el mandado, mientras el tío se tiraba a la sombra para dormir una siesta.
Por su parte, el sapo también se movió. Pero no fue a buscar a otros sapos sino a las avispas.
–Chicas –les dijo–. yo como bichos, pero saben bien que con ustedes nunca me meto. Y ahora les vengo a pedir ayuda para una pelea con el puma y sus amigos.
–¿Y nosotrazzz qué tenemozzz que ver en esozzz asuntozzz? –Zumbaron ellas, revoloteando alrededor de la colmena.
–Mucho tienen que ver, porque acá está en juego que se respete a la gente chica, como nosotros.
Las avispas, que siempre se enojan enseguida, no pidieron más detalles.
–¡A nosotrazzz nadie nozzz lleva por delantezzz! ¡nadie nozzz falta el respetozzz! ¡Vamozzz a hacer un plan!
Y se metieron en la colmena. de afuera, el sapo sólo escuchaba cómo deliberaban con zumbidos. En un momento salieron y dijeron:
–¡Ya sabemozzz qué hacer! Vozzz conseguí una calabazazzz hueca, bzzz, y bien grande y llevala al lugar de la peleazzz! despuézzz volvé, que te contamozzz. Mientrazzz, nosotrazzz vamozzz a buscar refuerzozzz.
Y se fueron volando, como una nube furiosa. El sapo no tuvo tiempo de preguntarles dónde podía encontrar una calabaza y cómo la iba a llevar hasta el arroyo, pero no se echó atrás. Pasó casi toda la tarde buscando, hasta que tuvo suerte, y le llevó como cuatro horas empujar la calabaza hasta donde iba a ser la batalla, pero lo consiguió. Después volvió al avispero, y sus socias le contaron lo que habían pensado hacer.
Al día siguiente, a la tarde temprano, los amigos del puma fueron apareciendo donde los habían citado y, cuando estuvieron todos, salieron para el arroyo. Iban muy divertidos y fanfarroneando.
–¡Miren si el sapo trajo a su amiga la lagartija! ¡Qué miedo! –decía el hurón, en broma.
–¿Y si viene el caracol, eh? –agregaba el zorrino.
–Por ahí trae a su primo el escuerzo –se burló la comadreja.
–Ojo, no tanta risa, que ese es muy bocón y cuando muerde, no suelta –dijo el zorro, que no veía la necesidad de esta pelea.
–¡Uh!, cierto –contestó el mayor de los hermanos pecaríes–. Pero se me ocurre algo: lo pisamos –y los demás chanchos dijeron que sí con la cabeza. Querían agregar algo ingenioso, pero no se les ocurría mucho.
–¿Y si le damos un pisotón? –dijo al rato otro de ellos.
–Yo digo que le pongamos la pata encima –comentó un tercero.
El puma le susurró al zorro:
–Estos son muchos y decididos, pero para pensar... y hablando de pensar, ahora pienso que... adelantate vos, a ver si de veras no hay peligro.
–¡Ufa, siempre yo! –protestó el sobrino, pero tuvo que ir.
Encontró al sapo sentado sobre una calabaza, y no vio a nadie más. Se acercó.
–¿Y, te dejaron solo?
Entonces, se le ocurrió patearle el asiento para hacerse el valiente, y ahí mismo de adentro salieron cuatro avispas y le dieron un picotazo cada una. El zorro corrió dolorido y pensando “todo por culpa de mi tío. Ahora va a ver”. y gritó:
–¡Vengan, que está solo!
Los forzudos se pusieron en fila, uno al lado del otro, y avanzaron al trote. Cerca del arroyo se largaron a todo galope y en ese instante de la calabaza salió un chorro negro de avispas, abejas y tábanos –esa especie de moscas que pican tanto–. Fue todo aullidos, gritos de dolor y zumbidos furiosos. Duró poco. En un momento, los hermanos pecaríes se
perdieron por el monte, chillando y atropellando todo lo que se les atravesaba, y los demás se tiraron al agua para escapar de tanto aguijón.
Cuando los picadores se fueron, el puma y los suyos salieron del arroyo, chorreando y muy quejosos. Y mientras se iban, con las orejas bajas y rengueando, el puma les dijo:
–Ahora estamos frescos y no nos vamos a acalorar, muchachos, pero si no, ¡qué paliza les dábamos!


Fiesta en el Cielo

Una mañana, bien tempranito, el sapo se dio cuenta de que los pájaros estaban más alborotados que de costumbre con la llegada de los primeros rayos del sol. Se sentía un piar y un revolotear de acá para allá, como nunca había oído.
–¿En qué andarán estos? –se preguntó y, como era muy curioso, fue a ver si encontraba a alguno que le explicara.
Al primero que vio fue al benteveo, que estaba muy ocupado lustrándose el pico.
–¿Qué pasa, che, que están tan inquietos a esta hora? –quiso saber.
–Nada, nada –le contestó el otro y se fue volando enseguida, cosa que extrañó mucho al sapo, porque normalmente el benteveo era un tipo bastante conversador.
Dio unos cuantos saltos, buscando a otro pájaro, y enseguida se topó con el hornero, que Estaba peinándose las plumas con mucho cuidado.
–Hola, ¡cuánta elegancia tan temprano! –le dijo. y el otro:
–Ah, sí, es que se hace la hora de ir a la fiesta. Empieza de mañana.
–¿Qué fiesta, qué fiesta? –quiso saber el sapo, entusiasmado.
Pero el hornero parecía arrepentido de haber hablado y le contestó, muy
seco:
–Cosas nuestras, nada que les interese a los sapos –y en ese mismo momento abrió las alas y se mandó a mudar.
El sapo estaba cada vez más intrigado. Siguió a los saltos y más allá sintió una bulla muy grande. Eran las cotorras, que se estaban bañando en un charco.
–Estas chismosas me van a contar, seguro –se dijo en voz baja, y a ellas, bien fuerte:
–¡Hola, hola, muchachas lindas! –quería hacerse el simpático–. ¿Qué cuentan?
Le contestaron todas al mismo tiempo y no entendió nada.
–¿Cómo? Hablen de a una, por favor –les pidió–. Me imagino que se están preparando para la fiesta.
–¡Sí, sí! –le contestaron cinco o seis, porque le hablaron de a una.
–¡Claro! ya es hora, ¿no? Empieza a la mañana –siguió él, para ver qué decían.
–¡Sí, a la mañana, y estamos bastante atrasadas! Es que somos tantas, que cuando no le falta algo a una, se le olvidó otra cosa a aquella, y así pasa el tiempo.
–Y era en lo del chajá, ¿no? –agregó el sapo como si supiera, para tirarles otro poco la lengua.
–No, ¡qué chajá, hombre! ¡En el cielo es! Para todos los pájaros, grandes y chicos –le hizo saber una.
–Y habrá cosas ricas para comer –le explicó otra.
–Y un concurso de canciones –informó una tercera.
–¿Canciones? –gritó el sapo–. ¿Canciones han dicho ustedes? ¡Cómo me voy a lucir!
–Pero es que vos no estás invitado. Es una reunión para gente alada nomás.
Y como mientras duraba la charla, habían acabado de bañarse, las cotorras se sacudieron las plumas para secarse, levantaron vuelo y se perdieron en el cielo, parloteando todo el tiempo.
–¡tengo que encontrar a alguno que me lleve! –dijo el sapo, dando un puñetazo en el suelo. Y se fue muy apurado para ver a quién convencía. El zorzal también estaba por salir y se le rió en la cara cuando le dijo que lo llevara.
–¿Un sapo en el cielo? Eso no se ha visto nunca. ¿y para cantar? ¡Haceme el favor! –claro, justo a ese gran cantor le iba el sapo con pretensiones de músico.
Cuando vio a la paloma torcaza, pensó que podía tener suerte.
–¿Qué dice la más buena moza de todo el monte?
–La saludó muy zalamero–. ¿Arreglándose las plumitas para la fiesta?
La paloma no le contestó. Era muy tímida.
–¡Vamos, cosita! ¿Con ese piquito precioso no me va a hablar?
–No sea atrevido –dijo la torcaza, entre asustada y enojada.
–¡Qué linda pareja vamos a hacer! –insistió el sapo–. Porque vos me vas a llevar, ¡no seas mala!
–No, a usted no lo han invitado, así que no me ponga en un compromiso. Yo sé bien que no quieren que vaya, primero porque no es pájaro y segundo porque es un confianzudo y un grosero.
Y sin decir más, voló y lo dejó con la palabra en la boca.
–No hay caso, por las buenas no anda la cosa –dijo el sapo.
Por eso, cuando al rato encontró a la calandria, se hizo el mandón:
–¡A ver, basta de perder tiempo, que se hace tarde! ¡llevame ya mismo a la fiesta!
La otra no se molestó en contestarle: lo sacó a picotazos.
–¡Qué barbaridad! –se quejaba el sapo mientras escapaba dolorido–.
¡Parece mentira tanta mala voluntad! al final, me voy a perder la farra.
Pero en ese mismo momento algo lo alegró.

El jote guitarrero.

Era el jote, ese pajarraco grande, feo y negro, que también suelen llamar cuervo. Como es bien calvo, estaba muy entretenido atándose un pañuelo como vincha en la cabeza, para disimular.
¿Por qué eso ponía contento al sapo?
¿El jote era su amigo? no, para nada. Pero la buena noticia era que, mientras se arreglaba, el pelado había apoyado en el suelo la guitarra, porque lo suyo no era cantar sino tocar, y para eso lo estaban esperando en la fiesta.
El sapo se acercó despacio, de un salto se zambulló adentro del instrumento y ahí, bien en el fondo, se quedó acurrucado, quietito, para viajar colado. Al rato, sintió que el otro agarraba la guitarra, echaba una carrerita para tomar impulso y empezaba a aletear. Y después siguió un vuelo muy tranquilo, porque el jote es un maestro planeando.
El sapo asomó un ojo y vio que la tierra se iba quedando abajo, cada vez más chiquita, y que estaban subiendo más y más, dando vueltas en espiral. Se metió de nuevo bien adentro, porque ya se estaba empezando a marear, pero enseguida sintió un bochinche de risas y voces. ¡Por fin acababa el viaje!
Justo en el momento en que el jote aterrizó sobre una nube blanda, pero firme, como una loma de algodón, el sapo se dio cuenta de que no había pensado en un detalle importante: “¿Qué van a decir los pájaros cuando me vean? ¿les parecerá gracioso cómo llegué? ¿y el jote qué hará? ¡En una de esas me mandan para abajo de vuelta! Mejor, me escondo”.
Así que esperó a que el pajarraco dejara un momento la guitarra y aprovechó entonces para salir de un brinco y escabullirse atrás de un copo de nube. Desde ahí, espió.
Estaba lleno de pájaros que iban de acá para allá, muy animados. Eran puras risas, saludos, revoleos de plumas y arrastres de alas. Y al fondo había una mesa grande y llena de platos con comida, a la que todavía nadie le llevaba el apunte por el entusiasmo de la llegada. Tenía un mantel largo, que le tapaba las patas: ¡ese era el lugar perfecto para esconderse! así que agazapado, saltando un poco y arrastrándose otro poco por la nube, el sapo consiguió meterse ahí abajo sin que nadie lo viera. Estaba cómodo y, cuando levantaba el borde del mantel, podía mirar la fiesta.
¡Qué linda se estaba poniendo! En eso se oyó un ¡plin plin, plan plan plan!: era el jote, que afinaba la guitarra. Se armó la orquesta.
Cuando el jote terminó de afinar, llegó el hornero con un bombo y le hizo acompañamiento. Entonces, largaron con una chacarera. La lechuza salió a bailar con el tero, que estaba muy elegante; y la garza, con el picaflor, que aunque era tan petiso tenía mucho éxito con las mujeres gracias a lo buen bailarín que se mostraba. La pareja de chajás bailaba junta porque esos nunca se separan y dicen que ella es muy celosa. Un
pato zapateaba a un costado. El colado estaba muy entretenido.
Pero se acabó el baile y empezó el coro de cantores y ahí todo se complicó. Porque el sapo, que siempre canta con cientos de otros como él, se salía de la vaina por acompañarlos.
Seguía la letra de la canción en voz baja, apenas moviendo los labios, marcaba el compás con las manos como si dirigiera una orquesta y se zangoloteaba, cada vez más entusiasmado. Hasta que no pudo más, abrió bien la boca y largó el canto a grito pelado:
–¡Croac! ¡Croac! ¡Croa, croa, croooaaaaaaaac!
Todos callaron, menos el grillo, que aunque no era pájaro lo habían invitado especialmente por ser tan buen músico. Por un momento se oyó nomás el cricrí del bichito despistado, que enseguida se dio cuenta de que algo raro pasaba y se quedó también en silencio.
Debajo de la mesa, el sapo se hinchó de orgullo.
–¡Ja! ¡Mudos los dejé! ¡aprendan a cantar! y sin pensar más, salió de un salto, dio una voltereta por el aire y cayó parado y con los brazos abiertos delante de toda la concurrencia. les hizo una enorme sonrisa y dijo:
–Amable público, interpretando su voluntad, acá va de nuevo: “¡Croac! ¡Croac! ¡Croa, croa, croooaaaaaaaac!”.
Los pájaros se taparon los oídos, desesperados. Pero el sapo no les prestó atención. Estaba tan seguro del triunfo, que se sentía a sus anchas y hacía reverencias para todos lados como si alguien lo estuviera aplaudiendo. Entonces notó que tenía muchísima hambre porque no había desayunado, y volvió a la mesa; claro que ahora no se metió abajo, sino que saltó hacia arriba. Pisoteó el mantel con las patas sucias y empezó a comer todo lo que podía, tragando enteras las cosas, como siempre, y empujándose con los dedos lo que no le pasaba enseguida por la garganta. ¡Un asco! ¡Qué disgustados estaban todos!
–Yo siempre dije que era un guarango –comentó la paloma.
–Y un metido –agregó el hornero.
La cigüeña se acercó al sapo, ladeó la cabeza para mirarlo de costado con un ojo y le preguntó:
–¿Cómo viniste vos? ¿Quién te trajo?
Al sapo le dio miedo el pico largo y puntiagudo de la otra. Soltó lo que estaba comiendo, se limpió las manos (desgraciadamente, en el mantel) y le dijo:
–Vine con mi amigo el jote. ¡Él me trajo! Se los juro. ¡Que me caiga muerto acá mismo y ahora si no fue así!
Y era cierto, aunque no explicaba que el otro no estaba enterado. Todos se dieron vuelta para mirar al guitarrero.
–¡Muchachos, son macanas! –dijo, angustiado, el jote–. ¿Cómo voy a traer a este bocón?
–¡Por mi santa madre sapa y mi señora esposa sapa y mis sapitos queridos, que es cierto! Me trajo él –porfió el sapo, señalando con el dedo al jote.
–Bueno, si te invitaron... no te podemos echar –contestó la cigüeña y lo dejó tranquilo.
Los demás se pusieron a cuchichear y le echaban en cara su ocurrencia al pobre cuervo, que estaba amargadísimo y protestaba que no tenía nada que ver.
–Oigan, ¿a ustedes les parece que soy de andar haciendo bromas como esta?
–La verdad, no, para nada –le contestó la cigüeña–. Sos lo más serio y aburrido que hay, siempre de negro, nunca un canto alegre, y no te veo portándote como un chistoso. Pero si el sapo jura por la madre, la mujer y los hijos que lo trajiste, así ha de ser.

¡Pongan colchones!.
La cuestión es que la fiesta se había aguado. ¡Adiós concurso de la canción en el cielo! Hubo un poco de baile, medio a desgano, y nadie quiso cantar para no tener que escuchar al sapo haciendo coro. El jote dejó la guitarra y se sentó solo en un banquito, apartado de los demás, que estaban ofendidos con él. Al ratito, la paloma fue la primera en despedirse, diciendo:
–No me gusta quedarme donde está cierta gentuza.
Los demás, poco a poco, también fueron saludando y, de a uno, se tiraron volando desde la nube.
El jote se rompía la cabeza pensando: “¿Cómo habrá hecho este atorrante para subir?”.Y en ese momento tuvo la respuesta, porque sintió que algo rozaba las cuerdas de la guitarra y de reojo vio cómo el sapo daba un brinco y se metía por el agujero del instrumento.
–¡Ahora me las vas a pagar! –susurró, no entre dientes, porque no tiene, sino entre pico.
Se levantó, dijo adiós de lejos a los pocos que habían quedado, agarró la guitarra con una pata, abrió las alas y se tiró nube abajo. Pero esta vez, en lugar del planeo serenito de siempre, empezó a hacer picadas. De repente, frenaba en el aire y cambiaba de dirección.
Otra picada, freno y vuelta a volar. Después cerraba las alas y se dejaba caer, hasta que las volvía a abrir y seguía volando. Adentro de la guitarra, el sapo se había puesto blanco por el susto y el mareo. Se zangoloteaba de un lado para el otro, rebotaba contra las cuerdas y rodaba, mientras se tapaba la boca con una mano para no vomitar todo lo que había comido. Entonces, el jote se puso más creativo. Se tiró en picada y dio una vuelta volando panza arriba. Repitió la gracia varias veces y después siguió, inclinándose para un lado y para el otro. Por el agujero de la guitarra, el sapo veía pasar pedazos de cielo, la tierra, nubes, el Sol... no daba más. Hasta que el cuervo, cansado de juegos, sacudió el instrumento y el pasajero se escurrió entre las cuerdas. desesperado, se agarró de una con la mano, pero al fin los zamarreos lo hicieron soltar. Empezó a caer a toda velocidad. Abajo, las cosas se hacían cada vez más grandes: los árboles, el río, los alambrados.
–¡Pongan colchones! ¡Pongan colchones que voy a rajar la tierra! –gritó el sapo tratando de que alguno le creyera y trajera algo blando. Pero nadie lo escuchó. Cayó como una piedra y levantó una nube de polvo. Desde entonces, le quedó la piel llena de manchas y chichones, que antes no tenía.