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viernes, 24 de enero de 2014

Juan de la Rodilla – Irás y no volverás (Leyendas criollas, San Luis)




Opinión:Hola, a diferencia de la reseña anterior, este libro me gusto mucho. Ambas historias las disfrute mucho leyéndolas. El genero fantástico es uno de mis favoritos y los dos cuentos lo tienen como elemento principal. En mi opinión, ambas destacan el rol fundamental que tienen los hijos en las vidas de los padres.Ademas, demuestra como la vida siempre tiene sorpresas para nosotros.
Espero que los disfruten tanto como yo lo hice...


Sinopsis:En los cuentos todo pude suceder. Por ejemplo, que "Juan de la Rodilla", el protagonista del primer relato de este libro, haya venido al mundo de una forma muy extraña... También sucede que el ingenio de un joven desbarata la más fuerte brujería, como sucede en "Irás y no volverás", el segundo cuento. Ambos cuentos son frutos del ingenio, la picardía y el humor de los puntanos. 

Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia.

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).
ISBN: 978-987-576-228-2


Juan de la Rodilla

Juan de la Rodilla, ¡qué nombre tan raro! dice mucha gente..., pero ¿hubo alguna vez un hombre que se llamara así? Sí, señor, aunque parezca cosa de cuento. Y el que tenga ganas de enterarse, ahora se va a enterar.

Cuentan en San luis que la historia empezó hace muchísimo tiempo, con una señora muy viejita que vivía en un rancho destartalado en medio del campo. Sola estaba ella, sin ningún familiar que la acompañara o la ayudara en sus cosas, así que tenía que arreglarse por su cuenta para ganarse la vida.

¿Cómo? Criando unas cabras, como tantos otros pobres. Pero a su edad y con los huesos tan doloridos como los tenía, no le era nada fácil andar llevando los animales de un lado al otro para que encontraran pasto y agua, y mucho menos pasar horas buscando a alguna cabra traviesa que se escapaba. ¡Trabajo de gente joven!

Por eso, ella no daba más y se la pasaba rezando a dios y a un montón de santos para que le mandaran un hijo que la acompañara y la ayudara.

El día del nacimiento.

Un lunes se le empezó a hinchar la rodilla izquierda. Por suerte no le 
dolía, pero de la mañana a la noche se le puso el doble de gruesa que la otra. El martes estaba peor, con la piel tirante por tanta hinchazón. El miércoles, cuando la mujer se despertó a la mañana temprano, la rodilla ya parecía un melón chico. El jueves era como un melón muy, pero muy grande y, claro, eso le hacía dificilísimo caminar. Tenía que pasar: el viernes, cerca del mediodía, tropezó y se fue al suelo. En ese momento, la piel de la rodilla se rajó y de adentro... ¡salió un chiquito!
Era como para no creerlo, pero ahí lo tenía delante de los ojos: un varoncito vestido y todo, hasta con zapatillitas. Y muy vivaracho, porque sonreía y miraba para todas partes. la viejita estaba que no daba más de contenta y decidió ponerle de nombre Juan. Por eso, apenas se supo la historia, todos lo llamaron Juan de la Rodilla.
Este Juancito no sólo había nacido de una manera rara, sino que creció rapidísimo.
En un par de días andaba correteando por la casa, a la semana parecía de 
diez años y en quince días era un muchacho, alto y fuerte.
No le tenía miedo a nada y una de las cosas que más lo divertían era espantar los pumas que se acercaban a las cabras; para él eran como gatitos.
Juan era muy bueno, además, y trabajador como él solo. Pero tenía un defecto: comía… no se puede decir que como un león, porque sería poco; tragaba tanto como diez leones juntos.
En cada comida hacía desaparecer tiras de asado o chivitos enteros, acompañados con un zapallo o con una buena olla de locro. ¿Empanadas? ¡Dos docenas como mínimo! así que por más que ayudaba mucho a la madre con la majada de cabras, se estaban quedando en la miseria. Por eso la viejita le dijo, muy apenada:
–Hijito, vas a tener que ir a buscar suerte en otra parte.
–Como digas, mamá –le contestó él.
Una noche la mujer le preparó comida para el viaje: dos panes enormes, un buen queso y dos costillares de vaca. A la mañana bien temprano, él desayunó dos jarras de leche de cabra, ensilló un caballo, cargó sus provisiones en las alforjas, montó, se despidió y se fue, con la promesa de volver pronto para atender a la madre.
Anduvo horas, a veces al trote y a veces al paso, cruzando campos y bosquecitos de chañares, y no vio a nadie más que algunos pájaros y una tortuga vieja y polvorienta, que mordisqueaba las plantas. A mediodía ya andaba lejos y tenía hambre. Paró junto a un arroyo, dejó que el caballo tomara agua, se comió medio queso y uno de los panes, durmió una siestita y siguió adelante.
Cuando ya estaba haciéndose de noche, vio a lo lejos unos bultos junto a una arboleda. Al acercarse más, vio que eran una casa en ruinas y un galpón abandonado.

El galpón misterioso.
Juan de la Rodilla taloneó al caballo para que se apurara, desmontó y miró bien el lugar. La verdad es que a cualquiera le hubiera metido miedo. El techo de la casa se había derrumbado y estaba sobre el piso, hecho un revoltijo de maderas resecas y tejas rotas; era imposible entrar. Pero el galpón estaba más entero. Puede ser que de día fuera más agradable, pero ahora, en la oscuridad cada vez más grande, la puerta abierta parecía una boca enorme que daba a la negrura de adentro. Para colmo, empezó a soplar el viento y las chapas del techo crujían como si se quejaran. Pero Juan estaba muy contento.
–¡Qué fácil me está saliendo el viaje! –dijo–. Primero, un arroyito fresco y limpio; ahora, un buen lugar para dormir.

Desensilló el caballo, se echó las alforjas en un hombro, la montura en el otro y se metió sin dudar en el galpón. Dejó las cosas en un rincón y estiró el poncho en el suelo.
–¡Lista la cama! –suspiró, muy satisfecho–. ¡y ahora, a preparar el asadito!
Muy decidido, juntó ramas, las amontonó y encendió el fuego.
Después, mientras se hacían las brasas, buscó un palo que le iba a servir como asador. Pero apenas había puesto la carne al fuego, cuando –¡puf! ¡pac!– las cosas que había dejado adentro del galpón salieron volando y cayeron dando tumbos más allá.
–¿Quién se hace el gracioso? –gritó Juan. Nada.
–¿Quién anda ahí? –volvió a pegar el grito. Silencio.
Entonces, agarró una rama encendida y entró a mirar en el galpón, pero estaba vacío. Meneó la cabeza, juntó sus cosas, las volvió a poner donde estaban y salió para vigilar el asado.
Pero cuando se agachó para dar vuelta la carne, la alforja, la montura y el poncho le pasaron volando cerca de la cabeza.
–¡Habrase visto! –bufó, y se metió otra vez a mirar. ¡Tampoco encontró a nadie!
Puso todo en el rincón y cuando salió, de nuevo pasó lo mismo. A porfiado era difícil ganarle, así que estuvo un rato largo poniendo las cosas, dejándolas, recogiéndolas cuando salían por el aire y volviendo a meterlas, una y otra vez. Al fin, en una de esas vio que el asado estaba listo.
–¡Bueno, sea quien sea, después la seguimos! –dijo. Acomodó todo junto a la puerta del galpón, se sentó encima y empezó a comer. No había terminado la primera costilla y sintió una voz lastimera que parecía venir del techo, entre los quejidos de las chapas sacudidas por el viento:
–¿Caeré o no caeré?
–¡Qué sé yo! –contestó Juan, más interesado en la carne que en el que le hablaba. Volvió a oír:
–¿Caeré o no caeré?
Juan se dio vuelta y aunque ahora había salido la luna e iluminaba que daba gusto el interior del galpón, no se veía nada.
Otra vez oyó la pregunta y contestó:
–¡Bueno, caete, pero dejame comer en paz!
En ese momento cayó el brazo de un esqueleto, con mano huesuda y todo.

Juan se encogió de hombros. Volvió a sentir la voz que seguía con la preguntita y él le dijo:
–Dale, caé, hacé lo que quieras.
Y ahora cayó una calavera, que rodó un poco y quedó con la cara mirando al fuego.
–Bueno, che, si vas a caer, caete todo de una vez, que así no vamos a terminar más.
Entonces cayó un montón de huesos, con un ruido de clac clac clac y se formó un esqueleto completo, que caminó medio inseguro hasta donde estaba Juan.
–Juan de la Rodilla, un servidor –se presentó el muchacho–. Sentate.
¿Querés un poco de asado? –le preguntó, porque la madre le había enseñado buenos modales.
–No, gracias, yo nunca como a la noche –dijo la osamenta–.
¿No te doy miedo?
–No, lo que me molesta un poco es que cuando el viento te pasa entre las costillas hace un chiflido feo. Tomá, tapate con mi poncho.
–Gracias –dijo el esqueleto, envolviéndose–. ¡Por fin alguien que no sale corriendo! Bueno, te voy a contar mi historia. Yo fui el dueño de este campo y de esta casa. ¡ah!, he sido mala persona, te digo la verdad. Por eso me quedé solo y cuando me morí, seguí penando por acá, sin poderme ir.
–¡Qué incomodidad! –Dijo Juan, mordisquendo otra costilla.
–Te ofrezco algo. Si escarbás donde te voy a decir, junto a la casa, vas a encontrar unas monedas de plata. Después, enterrame y mañana andá al pueblo y encargale al cura veinte misas para que mi alma descanse en paz. Pagale con las monedas y pedile un recibo.
Volvé a la noche y no te vas a arrepentir.
Así fue nomás: Juan buscó donde el otro le señaló, encontró las monedas, hizo un buen pozo y acomodó el esqueleto adentro; lo tapó con tierra, le puso una cruz de palo y se acostó a dormir en el galpón, tapado con el poncho.
A la mañana comió la mitad del pan y el queso que le quedaba, y fue hasta el pueblo para cumplir el pedido. Después volvió al galpón, almorzó el resto del pan y se acostó a dormir la siesta. Cuando se despertó, ya caía el Sol.
–¿Volviste, Juan? –se oyó la voz–. ¿Has cumplido el encargo?
–¡Claro que sí!
–Pensé que en una de esas te daba miedo volver.
–No, hombre, si acá es un lugar tranquilo. Pero ¿dónde estás? –quiso saber el muchacho.
–Ahora no se me puede ver, soy como un aire nomás. Mostrame el recibo.
Juan sacó del bolsillo el papel doblado del bolsillo, lo desplegó y lo puso hacia donde venía la voz.
–Muy bien –se oyó–, ¡ahora sí que voy a descansar en paz! y antes de irme, te regalo mi fortuna, por el favor que me has hecho.Pero tenés que resolver la adivinanza:
“Mañana –dice este viejo– si buscás un poquitín, vas a encontrar lo que dejo, bajo un lindo...”.
La voz se fue y por más que Juan llamó, no la oyó más. Así que asó la carne que le quedaba, cenó y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente empezó a buscar.
–¿Cuál será la palabra que falta a la adivinanza y hace verso con “poquitín”? –pensaba. En un rato se dio cuenta. atrás del galpón, entre unos cactos, crecía una planta de piquillín. Al pie del tronco había una piedra blanca, chata, y cuando la sacó aparecieron tres ollas de barro, con las bocas tapadas con unos platos polvorientos. Los levantó y vio que los cacharros estaban llenos hasta el tope de monedas de oro.
Y bueno, la historia ya está por terminar. A Juan de la Rodilla no le quedaba más que guardar el tesoro en las alforjas, montar a caballo y volver, al trote rápido, a la casa donde había quedado la viejita.
Y dicen que antes de desmontar lo primero que dijo fue:
–Mamá, ¿qué hay de comer?


Irás y no volverás

Parece ser –según cuentan– que una vez y hace mucho tiempo hubo un hombre que se ganaba la vida pescando en el río. Todas las mañanas, bien tempranito, tomaba unos mates con la señora, comía unas galletas, juntaba sus líneas de pesca, montaba una yegua blanca que tenía y se iba a probar suerte.
Pero si no hubiera sido por la chacrita donde sembraban zapallos y verduras, la verdad es que se hubieran muerto de hambre, porque el río donde el hombre pescaba no era gran cosa; sería lindo, sí, pero no llevaba mucha agua. Era poco más que un arroyo, y de ahí los pescados que salían nunca eran muchos ni muy grandes que digamos.
Por eso se extrañó un día, cuando la línea empezó a dar unas sacudidas bárbaras y para recogerla tuvo que hacer una fuerza tremenda. ¡No lo podía creer! ¡Había enganchado algo grande! tironeó y tironeó, y al fin asomó en la orilla la cabezota de un pez enorme. Era un bagre, pero del tamaño de una persona. El pescador lo arrastró afuera del agua y en ese
momento el animal abrió la boca bigotuda y le habló. Tenía la voz rara, como de persona disfónica, pero se le entendía bien:
–Mirá, hermano, si vos me dejás ir, yo te voy a ayudar –dijo–. Soltame y te cuento dónde vas a sacar mucho pescado.
–¡Está bien! –contestó el hombre, porque le parecía un buen trato y además lo impresionaba un poco la idea de comerse a un bagre conversador.
Le sacó el anzuelo con cuidado, el pez dio un coletazo y cayó al agua, pero enseguida se volvió a asomar y siguió hablando:
–Gracias, pues. Bueno, ahora seguí corriente abajo hasta que veas un sauce grande, donde el río hace una curva. Ahí hay un remanso, un pozo bien hondo donde el agua da vueltas despacio y se juntan muchos peces.
No dijo más, se zambulló haciendo un remolino espumoso y se perdió de vista en el agua.
El hombre anduvo por la orilla hasta que encontró el sauce y ahí, como le había prometido, pescó hasta cansarse.
Al otro día fue igual. Y al otro, y al otro. Pero a la semana empezó a volver a la casa con la bolsa cada vez más vacía. Hasta que una tarde, cuando ya se estaba por ir, el anzuelo enganchó otra vez al bagre charlatán.
–Ah, sos vos –dijo el pescador–. Tus promesas fueron pan para hoy y hambre para mañana, como quien dice, porque se acabó la pesca. Voy a tener que comerte.
–Si me soltás, te digo dónde vas a encontrar más pescado.
El otro le hizo caso y el pez le dijo que fuera río arriba hasta encontrar una piedra grande y de color verdoso en la orilla. Ese era el buen lugar.
La historia se repitió; hubo una semana de pescar sin parar y después, nada. Hasta que un día el bagre hablador volvió a quedar prendido en el anzuelo.
–Mirá –le dijo ahora con su voz rasposa–, no te voy a macanear. Ya has sacado casi todo el pescado del río, así que comeme a mí, nomás. Pero haceme caso una vez más.
Guardá mis dos costillas más grandes y plantalas en el suelo. Así fue. Después de comer al bagre, el hombre clavó las costillas en la tierra, y al poco tiempo alrededor le creció un jardín lleno de flores de todos los colores.
Enseguida, la señora quedó embarazada. Y la yegua quedó preñada, igual que la perra de la casa. Cuando llegó el momento, la mujer tuvo dos mellizos varones, idénticos, a los que pusieron de nombre Juan y Roque.
La yegua tuvo dos potrillos blancos, igualitos. Y la perra, dos cachorros también blancos, exactos.
Pasaron los años y los hermanos se hicieron grandes. Después de cumplir los veinte, un día Juan se despertó y le dijo a Roque:
–Tuve un sueño raro. Un bagre enorme sacaba la cabeza entre las plantas del jardín y me decía que ya era hora de que me fuera a recorrer el mundo. Que en casa iban a saber que estaba bien mientras las flores estuvieran lindas. Y mirá vos, le voy a hacer caso al sueño.
–¡Yo te acompaño! –dijo Roque.
–No, vos quedate a cuidar a los viejos.

La trampa del vaso.
Roque se puso triste porque nunca se habían separado, pero Juan estaba decidido. Ensilló uno de los dos potrillos blancos, que ahora eran caballos grandes, se despidió de todos y se fue. Lo acompañó uno de los perros mellizos, que ahora ya eran perrazos, pero nunca envejecían. Pasaron los días. Juan andaba por lugares que nunca había visto, y cada mañana Roque se levantaba y lo primero que hacía era ir a mirar las flores. Como las veía cada vez mejor, se conformaba pensando que el hermano la estaba pasando bien.
Y así era nomás. Porque conoció a una chica y se enamoraron; tanto, que quisieron casarse enseguida. El padre de ella tenía una estancia muy grande y, como quería a la hija con locura, le daba todos los gustos y aceptó que se casara de la noche a la mañana con ese muchacho pobre, pero tan simpático.
Unos días después, la pareja salió a pasear y desde lo alto de un cerro vieron a lo lejos un humo largo y finito, que subía muy derecho.
–¿Qué es eso? -quiso saber Juan.
–¡Ah! a eso le decimos Irás y no Volverás –explicó ella– porque muchos fueron para averiguar qué era, pero ninguno ha vuelto. Así que a nadie se le ocurre acercarse.
–¡Yo voy a ver qué pasa y vuelvo! –dijo el muchacho, confiado por lo bien que le había salido hasta ahora la aventura.
Fue inútil que la mujer y el suegro le pidieran que no se metiera en problemas. Al otro día ensilló el caballo y se fue.
Como siempre, lo acompañaba el perro. Encaró para donde se veía el humo y trotó hasta el mediodía. y de pronto descubrió de dónde salía la humareda: de la chimenea de una casa bastante grande. Cuando se acercó, apareció una viejita, baja y de rodete blanco.
–¡Buenos días, señora! –la saludó.
–¡Buenos días, m'hijito! –le contestó–. ¿no tenés sed, con este calor?
En ese momento, Juan se dio cuenta de que le acababa de dar una sed muy grande.
–Sí, doña, me vendría bien un vaso de agua.
–Ya te doy, ¡bien fresquita! desmontá, nomás –dijo la vieja. Se metió en la casa y volvió a salir pronto, con un vaso de agua. Pero cuando Juan se inclinó para que se lo diera, la mujer lo agarró de una oreja. apenas sintió los dedos que lo apretaban, se quedó sin fuerza y sin voluntad, y ella, que era una bruja, sin soltarlo lo metió en la casa.Adentro había un corredor lleno de puertas, casi todas cerradas. Eligió una abierta, metió a Juan de un empujón en una pieza oscura y le echó llave.
–Ya te va a llegar la hora de comer –le avisó por el agujero de la cerradura–. Por si no entendés, te aclaro: la hora de que yo te coma, pavote –y lanzando una carcajada, lo dejó solo.
Mientras, afuera el perro ladraba, enojado. La bruja no se preocupó; salió, sacó un poco de polvo rojo que tenía en una bolsita, se lo tiró y lo dejó convertido en ceniza. Con una escoba, lo barrió y lo echó en un fogón que tenía en el patio. Después le tiró otro puñado de polvo
colorado al caballo, y lo dejó hecho una montañita de arena. la juntó con una pala y la agregó a un montón de arena que había a un costado de la casa.

En busca del hermano perdido
Al día siguiente, Roque se levantó y fue como siempre a ver las flores del jardín. Estaban tan mustias que daban pena.
–A Juan le pasa algo malo –supo–. ¡Voy a ir a ayudarlo!
No perdió tiempo. Ensilló el otro caballo y le dijo al otro perro que buscara a su hermano. El animal pegó el hocico al suelo, encontró el rastro y empezó a correr, con Roque atrás, al galope.
Después de unos días, siguiendo al perro llegó a la estancia. La mujer de Juan corrió a abrazarlo apenas él se acercó a la casa:
–¡Juan! –gritaba–. ¡Por fin volviste! ¡Creí que no te iba a ver más!
Apareció el suegro, muy contento, y le dijo:
–¡Ah, muchacho loco! ¡Qué yerno me ha tocado!
“Se ve que mi hermano se ha casado con esta chica –pensaba Roque– y ella ahora cree que yo soy él; ¡claro, como somos idénticos y hasta andamos con caballos y perros iguales...! no parece que esta gente le haya hecho daño a Juan, porque está claro que lo quieren y se ponen contentos cuando creen que ha vuelto de vaya a saber dónde. Mejor que me sigan confundiendo con él, a ver si puedo averiguar qué pasó”.
Cuando le preguntaron por qué había tardado tanto, salió del paso como pudo, diciendo cualquier cosa... que había querido venir antes, pero se había desorientado... que después el caballo se había espantado y lo había perdido de vista unos días... en fin, la cuestión es que le creyeron. Para no tener que seguir hablando ni arriesgándose a meter la pata, dijo que estaba cansadísimo, comió y se acostó a dormir enseguida. 
Al otro día, invitó a la mujer a pasear, para ver si veía algo que le hiciera saber qué pasaba con el hermano. y así fue como al rato subieron al cerro y desde ahí vio el humito largo a lo lejos.
–¿Qué es eso, che? –quiso saber.
–¿Cómo? ¿te olvidaste? ¡Eso es Irás y no Volverás! ¡Si ahí acabás de ir!
–¡Pero no llegué! ¡así que voy a volver! –dijo Roque.
–¡No, por favor, que te puede pasar algo! –se desesperó la recién casada.
–Quedate tranquila, que enseguida vuelvo.
Y fue inútil insistirle. Se fue, con su caballo y el perro compañero.
De a ratos al trote y de a ratos al galope, al fin llegó a lo de la viejita, que salió a recibirlo.
–¡Hola, muchacho! –dijo, muy amable–. Bajate del caballo y tomate un vaso de agua, que tenés sed.
“Es verdad –pensó Roque–; pero ¿cómo sabe? Ha de ser bruja”. 
Le contestó:
–Y bueno, doña, ya que me ofrece...
Se bajó del caballo y, mientras ella iba a buscar el agua, él se puso a hacer como si acomodara la montura y con disimulo sacó el lazo. Cuando la vieja se le acercó con el vaso, él no le dio tiempo a nada. Le saltó encima, la agarró del rodete y en un momento la había atado a un poste, como un matambre. Enseguida sacó el facón y se lo puso en la garganta.
–¡Decime dónde está mi hermano, bruja, o te degüello acá mismo!
–Tu hermano... claro, ya me parecías cara conocida... Está encerrado en la casa. En el bolsillo tengo las llaves. Pero no me hagas nada.
Roque hurgó en el bolsillo del delantal de la vieja y encontró un llavero. Se metió en la casa y empezó a abrir todas las puertas.
En cada pieza había un prisionero. todos estaban pálidos de tanto encierro, y débiles porque los tenían sin comer hacía días. Iban saliendo como podían, despacio, medio mareados, apoyándose en las paredes. El último en aparecer fue Juan, que estaba en la pieza del fondo.
Después de abrazarse contentísimo con el hermano que lo había salvado, preguntó por su perro y su caballo. Entonces, Roque volvió adonde estaba la bruja, le puso de nuevo el cuchillo en el cuello y le dijo:
–¿Qué has hecho con los animales? ¡Hablá ya mismo, que estoy furioso!
Y la mujer le explicó que junto a la puerta, pero del lado de adentro, y colgada de un clavo en la pared, iba a encontrar una bolsita con un polvo rojo y mágico. Tenía que echar una pizca en la ceniza del fogón y otra en el montón de arena de atrás de la casa.
Eso hicieron los hermanos y así fue como del fogón apareció el perro y de la arena un montón de caballos: el blanco de Juan y los de los otros hombres.
Después, Roque le tiró un puñado de polvo colorado a la bruja, que quedó hecha un montoncito de algo que parecía harina. Sopló el viento y se lo llevó.
Los demás hombres agradecieron mucho a Roque y se fueron cada uno por su lado. Juan quiso saber cómo había hecho el hermano para encontrarlo sin que la bruja lo agarrara. El otro le contó que había encontrado a la cuñada y se había hecho pasar por él para averiguar dónde estaba. Justo entonces, el viento trajo una pizquita de la bruja hecha polvo, que le pasó por la nariz a Juan y lo puso loco:
–¿Pero cómo? –gritó–. le hiciste creer a mi mujer que eras yo, ¡me has traicionado!
Ahí mismo, sacó el cuchillo y se lo clavó al mellizo, que cayó muerto.
Enseguida, fue como si Juan se despertara:
–¡Qué hice! –gritaba llorando y tirándose de los pelos. En ese momento, de entre los yuyos salieron peleando dos lagartijas que se mordían y se revolcaban, hasta que una tiró un zarpazo al cogote de la otra y la dejó muerta. Entonces corrió hasta una planta que crecía ahí cerca, arrancó una hoja y la puso en la boca de su rival, que resucitó enseguida. Juan
hizo lo mismo con el hermano, que se levantó como después de una siesta.
La historia se acaba, por suerte para los mellizos, que ya habían tenido bastantes líos. Juan se quedó con su mujer y no volvió a irse de recorrida. Roque regresó con sus padres. Y los dos se hicieron famosos por unas rarezas que nadie entendía: nunca aceptaban un vaso de agua y cuando veían a una lagartija, se apuraban a saludarla y decirle: “¡Gracias, amiga!”.

jueves, 23 de enero de 2014

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras – El conejito ayudante (Leyendas criollas, Córdoba)


Opinión:Hola, sinceramente no tengo nada que decir sobre este libro. Solo que no es uno de los mejores de la colección.Lamento que esta reseña sea tan corta, espero que la siguiente sea mejor. Chau
Sinopsis:Hay que tener muchísimo cuidado con este Pedro, que parece tan tonto y es más vivo que todos los que le quieren tomar el pelo. Así ocurre en el primer cuento de este libro, 'Pedro Urdemales y las yeguas voladoras', donde se las ingenia para que una linda tropilla desaparezca como por arte de magia. En 'El conejito ayudante', el segundo relato, uno tras otro van cayendo en los enredos del embrollón, que siempre se sale con la suya.

Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 (depende de la edición).
I.S.B.N : 9789875762275

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras
¡Ay, Pedro, Pedrito Urdemales! ¿Quién no lo conoce?... Bueno, la verdad sea dicha, hay muchísima gente que no tiene la más mínima idea de quién es. Mejor para él, porque gracias a eso puede salirse con la suya.
Pedro anda siempre dando vueltas por el campo, aunque tiene su casa por algún lado. Y no es raro que hoy duerma abajo de un árbol y mañana en el lugar donde encuentra trabajo, si es que lo dejan. Los que lo han visto dicen que parece siempre en babia. A veces se queda como en las nubes, con la mirada perdida, y cuando habla tiene una voz bajita de tímido, como si se tragara las palabras que no le quieren salir de la boca.
Parece que no se da cuenta de lo desastrado que va, con el sombrerito rotoso metido hasta las orejas, la camisa medio salida del pantalón, el cinto desabrochado y las alpargatas viejas, puestas como chancletas con el talón al aire.
Y cuentan que tiene cara de inocente, de alguien de quien cualquiera se puede aprovechar. Todo eso parece Pedro Urdemales cuando se lo ve y se lo escucha por primera vez. Pero...
Dicen que cierta vez andaba buscando trabajo y así fue como una mañana bien temprano llegó a una estancia.
–¿Qué andás queriendo? –le preguntó el dueño cuando lo vio acercarse.
–Alguna changuita para hacer, patrón –contestó medio murmurando.
–Bueno, llegaste justo –dijo el hombre-. Hay que descargar esos dos camiones con bolsas de semillas que he comprado, y llevarlas al galpón. Te doy un peso por cada una.
–Está bien –se entusiasmó Pedro–. ¡Buena platita! ya mismo empiezo.
–Se arremangó la camisa, se acomodó bien el sombrero y empezó. Eran unas bolsas pesadísimas, pero se puso a trabajar sin parar. Agarraba una, se la cargaba al hombro y corría, a los tropezones, hasta el galpón. La dejaba, agarraba otra y seguía.
–Este tiene cara de pavote, ¡pero cómo trabaja!
¡Hormiga parece! –pensaba el dueño del campo.
Al mediodía Pedro había vaciado uno de los camiones. Comió un pedazo de pan que le dieron, descansó un poco y siguió. A la tardecita había acabado.
–Listo, patrón –dijo.
–Bueno, acá tenés tus dos pesos –le contestó el otro.
–¿Cómo dos pesos, si era un peso por bolsa y eran un montón?
–¿Qué te has creído? ¿Cómo te voy a pagar eso? ¿Querés que me funda? no entendiste. Un peso cada uno, dije, un peso cada camión. Dos camiones, dos pesos. Y de regalo, porque soy bueno, te convido un plato de sopa.
Pedro puso trompa de empacado, pero no dijo nada. Agarró las monedas y se fue hasta la cocina, donde le sirvieron la sopa. Comió, se acurrucó ahí mismo en un rincón y se durmió hasta la mañana.
Cuando se despertó, el patrón le dijo:
–Ya te van a servir el desayuno.
Y la cocinera le dio un jarro de mate cocido y una galleta. Cuando terminó, el hombre agregó:
–¿Estaba rico? Bueno, che, ahora vas a tener que trabajar para pagar
todo lo que comiste y el alojamiento también, porque te has quedado a dormir.
–Está bien, patrón –contestó Pedro.
–Mirá, yo te voy a dar un hacha y me vas a cortar unas plantitas que estorban en un terreno detrás de la casa.

Siete yeguas, siete cuervos.
Cuando Pedro llegó al lugar, vio lo que le tocaba hacer. ¡Qué plantitas!
Eran como diez chañares de tronco duro. Pero se puso dale que dale y así fue como hachazo va, hachazo viene, cuando ya caía el Sol, él había terminado.
Entonces descubrió algo que los árboles habían estado tapando: un potrero con siete yeguas renegridas, hermosas. Cada una tenía su cencerro porque no eran yeguas comunes sino madrinas, de esas que los demás caballos siguen. A Pedro le brillaron los ojos.
Esa noche le volvieron a dar un plato de sopa y se acostó de nuevo a dormir en un rincón de la cocina. a la mañana le dijo al dueño de la estancia:
–Patrón, como anoche tomé sopa y me he quedado a dormir, sigo en deuda con usted, ¿no?
–Así es. Y Pedro:
–¿Qué le parece si cepillo a esas yeguas lindas que tiene?
–¿Y vos entendés de caballos?
–Un poquito, nomás, como para darles una cepillada y desenredarles las crines.
–Bueno, está bien, andá. Después veo qué otra cosa podés hacer.
Pedro fue al potrero y se puso a cepillar a las yeguas. Al rato les brillaba el pelo, y no sólo les había desenredado las crines, sino que se las había recortado y les había sacado los abrojos de la cola.
“Mirá vos –pensó el estanciero–, este tonto parece que sabe cuidar los animales”. Y enseguida le dijo:
–No está mal. ahora, lo que tenés que hacer es llevarlas a otro campo que tengo por acá, porque ahí se tienen que quedar.
–Bueno patrón, si usted manda... –contestó Pedro–. Y si le parece que lo puedo hacer...
Y bajaba la cabeza como avergonzado, pero era para que no le vieran la cara de contento.
El otro le indicó dónde quedaba el campo y por quién tenía que preguntar ahí. Y le recomendó:
–Llevalas despacio, que no se cansen.
–Al tranquito nomás van a ir.
Pedro montó en una de las yeguas y se fue con las otras al paso. Pero cuando el camino dio vuelta y ya no lo podían ver desde la estancia, taloneó al animal y salió al galope tendido con toda la tropilla atrás, rumbeando para otro lado que él sabía. De pasada, vio algo que lo hizo sonreír de oreja a oreja: posados en un árbol había varios jotes, eso cuervos negros y feos, de cabeza pelada.
Al rato estaba en un campo, pero no en el que le habían dicho, claro, sino donde vivía un hombre que se dedicaba a comprar y vender todo tipo de ganado.
–¡Buenos días! –dijo, desmontando–. ¿acá por casualidad compran yeguas? –preguntó, aunque sabía bien que sí.
–Claro, hombre, eso hago –le contestó el otro. 
Y Pedro:
–Le ofrezco estas.
–¡Lindas son! –dijo el hombre–. ¿Y cuánto querés, varón?
Pedro le dijo un precio, y el otro le pidió rebaja. Regatearon un poco, pero enseguida cerraron trato. Los dos quedaron contentos:
“¡Qué baratas me las vendió!”, pensaba uno. “¡Total, no eran mías!”, pensaba el otro. Pero entonces, Pedro dijo:
–Eso sí, los cencerros no se los puedo dejar, me pague lo que me pague, don, porque son lo único que me ha quedado de mi abuelito. Los hizo él con sus propias y santas manos viejas, vea, que me emociono ahora mismo que me acuerdo.
Así que desató los cencerros y preguntó si no había algo para envolverlos. Le dijeron que podía agarrar un cuero viejo, agujereado y maloliente, que estaba por ahí tirado. Y así fue como pronto Pedro se fue, caminando apurado, con la plata en el bolsillo y los siete cencerros metidos en el paquete bajo el brazo.
Al rato, llegó cerca de donde había visto a los jotes, que ahí seguían, medio dormidos, pero atentos siempre. Entonces se apartó del camino, se tiró al suelo, desenvolvió el cuero y lo usó para taparse, sin importarle el olor fuerte. Lo hediondo justamente atrajo a los pajarracos, que se acercaron, vieron el bulto quieto entre el pasto y creyendo que era una vaca muerta, se fueron arrimando con prudencia. El más atrevido empezó a picotear el cuero, y en ese momento Pedro sacó una mano, lo agarró de las patas, lo metió abajo del cuero y le ató un cencerro al pescuezo. Cuando lo soltó, el cuervo se alejó a los saltos, asustado, y voló como pudo hasta la rama de un árbol. lejos no pudo ir, por el peso que llevaba en el cuello. Se animó otro jote al picoteo, y le pasó lo mismo. Y a otro, y a otro y a otros más hasta que a Pedro se le acabaron los cencerros así quedaron los cuervos en la rama, cada uno con su campana.
Pedro se fue derechito para la estancia y cuando faltaba poco para llegar, empezó a correr.
Entró a los gritos:
–¡Socorro! ¡Socorro!
–¿Qué es este alboroto? –quiso saber el patrón, alarmado.
–¡Cosa del diablo! –decía Pedro Urdemales, agarrándose las alas del sombrero y calzándoselo hasta las cejas.
–¿Qué te pasa, tonto, que estás gritando así?
–¡No me lo va a creer!
–¿Qué cosa?
–Lo que ha pasado. Véalo usted con sus ojos, don, venga, venga, por favor se lo pido.
Y salió corriendo con el otro que lo seguía extrañado. Cuando llegó al árbol de los cuervos, dijo:
–Mire, mire sus yeguas madrinas.
El patrón abrió grandes los ojos y la boca.
–Cuando iba para su otro campo, se apareció un hombre con barbita de chivo y ojos raros, y me dijo “dame esas yeguas”. Y yo le dije: “ni loco, ¿no ve que me las encargó el patrón?”. y él me contesta: “¿ah, no?”, y va y hace así con la mano y se oye un “Puf” y las convierte en pájaros. ¡Ha de haber sido el mismísimo diablo en persona! Vea, solo los cencerros les han quedado, animalitos de dios. Mejor me voy, patrón; disculpe la ingratitud de no acompañarlo en su desgracia, pero no puedo con tanta tristeza. ¡Ay, las yegüitas!
Y mientras se iba, Pedro se secaba las lágrimas, que parecían de pena y eran de risa.

El conejito ayudante
Dicen que una vez había uno al que llamaban Pedrito el tonto. Así le decían los que lo conocían de vista nomás, porque la verdad es que tontería era una cosa de la que él no tenía ni un poquito así.
Parece que un día la mujer de Pedro se puso pesada y lo empezó a cargosear mucho: que hacía falta arreglar el techo de la casa porque goteaba cuando llovía, que la cama tenía una pata rota, que precisaban frazadas nuevas porque se venía el invierno y las que tenían estaban todas apolilladas, y que si esto y que si aquello otro. Y le echaba en cara al marido que era un vago, que se la pasaba tomando mate tranquilo, panza arriba, todo el día sin trabajar, y por eso ellos sufrían tantas necesidades.
Hasta que Pedro se levantó –porque estaba tomando mate tranquilo panza arriba nomás– y le dijo que no se pusiera nerviosa, que él ya iba a conseguir plata para todo lo que hacía falta y les iba a sobrar también. Agarró un bolsito, juntó un poco de ropa, se despidió de la mujer y se fue a buscar ganancias.
Al otro día, Pedrito llegó a un campo y vio un letrero que decía: “Se venden chanchos y lechones”. Abrió la tranquera, entró, pasó junto a un corral donde había varios de estos animales olorosos y se acercó a la casa. Golpeó las palmas de las manos para avisar que estaba y así fue como de adentro salió un hombre, muy grandote y con cara de mal humor:
–¿Qué andás buscando, rotoso? –le dijo como saludo.
Pero Pedrito no se ofendió. Se sacó el sombrero, se inclinó para saludar y le dijo, muy humilde, que quería trabajar. El otro lo miró de arriba abajo, frunciendo las cejas peludas, y le dijo:
–¿Y entendés de chanchos, vos?
–Me he criado haciendo eso –le contestó.
–Mmm... a ver, te vamos a probar.
–¿Y cómo es la paga?
–Según cómo trabajés. ¡A ver, menos pretensiones y a moverse!
Y así fue como Pedrito empezó a trabajar con ese hombre. En una semana le tocó hacer de todo: dio de comer a los animales, arregló un alambrado, fue de compras al pueblo, limpió un gallinero, instaló una cañería nueva que traía agua desde el molino, pintó el galpón... y cada vez que preguntaba cuánto le iban a pagar, el otro le decía:
–Ya vamos a ver. te tengo que probar mejor. ¡Menos pretensiones y a moverse!
A las dos semanas, el dueño del criadero ya le había encargado todo el trabajo, pero todavía no le había pagado un peso. Un día, a la mañana, le dijo:
–Me voy a visitar a unos parientes. Vuelvo a la tarde. Vos encargate de todo y no pierdas tiempo, abriboca –y se fue.
Al rato de haberse quedado solo, Pedrito abrió la puerta del chiquero e hizo salir a todos los chanchos. Después los fue arreando para la tranquera, la abrió y se los llevó del campo. Caminando, caminando, al ratito estaba en el pueblo y se fue derecho a ver al carnicero.
–¿Necesita chanchos y chanchitos? –preguntó.
–Justamente sí, porque vienen las fiestas y tengo muchos pedidos de lechones y chorizos.
–Bueno, tengo lo que necesita y se lo dejo a mitad de precio si me paga ya y me deja las colas.
Al carnicero le pareció raro, pero el negocio le convenía y aceptó.
Pedrito volvió al campo con mucha plata en el bolsillo y un manojo de colas en cada mano. Una cuadra antes se puso en cuclillas, junto a un barreal que se había formado a un costado del camino, y ahí se entretuvo plantando los rabos uno por uno, bien prolijamente. Después, se fue silbando bajito para la casa del patrón y esperó junto a la tranquera a que volviera.
Cuando el otro apareció, Pedrito puso cara de angustia, se retorció las manos y se le acercó lloriqueando:
–Ay, ¡qué desgracia! –decía, haciendo fuerza para soltar unas lágrimas–.
¡tanto que los he cuidado!
–¿Qué pasa? –preguntó el hombre, alarmado.
–¡Los chanchos! ¡usted dejó mal cerrada la tranquera, ellos se han escapado y salieron disparando como locos al camino!
Y después se han caído en el barreal y se han hundido. Las colitas asoman, nomás.
El dueño salió corriendo y cuando vio las colas enruladas que asomaban del barro, agarró una y tiró con todas las ganas. Claro, se quedó con el rabo en la mano y cayó sentado. Se paró y probó con otra, pero siempre le pasó lo mismo.
–Es que usted ha tirado con mucha fuerza –le dijo Pedrito, meneando la cabeza–, y el chancho es un bicho más delicado de lo que parece. ¡ahora sí que nos embromamos, don!
–¡Mirá, mandate a mudar ya mismo, inútil, que has dejado que los animales se escaparan! ¡no te quiero ver más! ¡y no vas a cobrar un peso de sueldo!
Pedrito puso cara de compungido y se fue, diciendo:
–¡Como usted mande, patrón!
Después de eso, pasó por su casa, le dio la plata a la mujer y le dijo:
–Mandá a hacer los arreglos que quieras y comprá todo lo que se te antoje. Yo voy a seguir haciendo negocios.

La planta de virtud.
Antes de irse, se llevó un frasco de cola de pegar y una maceta, y de paso cortó una rama del árbol que tenía junto al rancho. Era un jacarandá, que en esa época del año no tenía las flores azules tan bonitas, sino los frutos nomás, que son unas vainas redondas y chatas.
Lejos de la casa y junto al camino, llenó de tierra la maceta, plantó la rama, le cortó con mucha prolijidad la mitad de las vainas y en cada uno de los cabitos que quedaban pegó una moneda. Después, se sentó a esperar.
Al rato pasó un hombre que por la ropa se notaba que era de la ciudad, y en ese mismo momento Pedrito se puso a llorar. El otro se paró.
–¿Qué te pasa? –quiso saber.
–Que mi abuelo el brujo me ha dejado acá olvidado. Me puso a cuidar su planta de virtud y no ha vuelto.
–¿Qué es eso de la planta de virtud? –se rió el otro.
–Una planta mágica –le contestó–. Que convierte las vainas en monedas.
–¿A ver, che? ¡Pero es cierto! ¡acá salieron cinco monedas! ¿Y cuántas da?
–Uh, cada cuarto de hora sale una de un peso, y dos veces al día larga una de esa cosa blanca... ¿cómo se llama? Brillante es.
–¿Plata?
–¡Eso! –dijo Pedrito.
“Este es el zonzo más zonzo que he visto”, pensó el otro.
–Y también da otra moneda grandota de eso amarillo, ¿cómo se dice?
–¿Oro, será?
–¡Eso! Pero es un clavo esta planta; a mí me tiene harto, porque hay que andar regándola todo el tiempo.
–Yo te la compro.
–No, que se va a cansar de ella, como yo.
–La quiero.
–No, que mi abuelo se va a enojar.
–Despreocupate, porque yo te la voy a pagar bien.
Y tanto porfió el hombre, que al fin él aceptó dársela a cambio de todos los billetes que tenía, el anillo, el reloj y una cadenita de oro que llevaba colgada al cuello.
Se separaron y Pedrito corrió a su casa.
–¡Hice más negocios, ahora con plantas!
–Le dijo a la mujer, dándole la plata.
Entonces revolvió en la casa hasta que encontró un calentador chiquito y una pava vieja, y se los llevó.
Se fue al campo, a un lugar por donde siempre pasaban arrieros con ganado, hizo un pocito, encendió el calentador adentro y le puso arriba la pava con agua. Al rato vio la polvareda que levantaban dos que venían a caballo con muchas vacas. Pedrito se apuró a tapar el calentador con tierra y dejó encima la pava.
Cuando los hombres se acercaron, él empezó a pegarle despacio con una ramita.
–¿Qué andás haciendo? –quisieron saber los arrieros.
–Preparando el agua para unos mates.
–¡Jua, jua! –se burlaron–. ¿y no será mejor si prendés fuego?
–No, ¿para qué? no hace falta. Esta es mi pavita hervidora y calienta agua sin brasas ni llamas. Hay que pegarle unos golpecitos, nomás. ¡Como que me llamo Pedrito!
Los hombres se hicieron muecas divertidas entre ellos y uno se bajó del caballo.
–¿A ver, che? ¿ya está lista? –pero apenas puso la mano, la sacó enseguida. Se había quemado.
–¡Es verdad! –le dijo al otro–. ¡Vieras cómo está de caliente!
–Esto es practiquísimo para la gente que viaja mucho. ¡no hay que andar perdiendo tiempo en encender fuego! Se llena con agua, se le dan unos golpecitos con cualquier palo y listo. Ah, lo que es yo, ¡ni loco me deshago de mi pavita hervidora!
Resumiendo: tanto se entusiasmaron los arrieros, que le dieron tres terneros gordos a cambio de la pava. Él se las dejó con la recomendación de que esperaran dos horas para hacer la prueba, porque si no, se podía descomponer.
En ese tiempo, vendió los animales en un campo, se escondió la plata en las alpargatas y se fue muy satisfecho para la casa. Se había hecho de noche y él iba tranquilo y distraído, cuando de entre unos árboles saltaron dos hombres y lo agarraron. ¡Eran los arrieros, que lo habían seguido, furiosos!
–Muchachos, por favor, les suplico, háganme cualquier cosa menos tirarme al río, que me da miedo –les pidió.
–¡Qué buena idea nos das! –le contestaron–. ¿Ves? Eso es justo lo que vamos a hacer mañana, cuando salga el Sol, para ver bien cómo te hundís.
Montaron a caballo, llevándolo a él atado como un matambre, y fueron hasta el río. Ahí desmontaron, lo metieron en una bolsa, desensillaron los animales y se echaron a dormir. Pero Pedrito consiguió soltarse y salir de la bolsa. Entonces agarró las dos monturas de los hombres y las puso en su lugar. ató la bolsa y sin hacer ruido cruzó el río nadando para esconderse en la otra orilla.
Al amanecer, los arrieros agarraron la bolsa y la revolearon al agua, mientras gritaban:
–¡Adiós, Pedrito el tramposo!
Y él desde el otro lado se dejó ver y gritó:
–¡Adiós, monturas hermosas!
Después de eso, corrió como loco, muerto de risa, escuchando a lo lejos los gritos de los dos arrieros.
Volvió a su casa y la mujer se quedó de nuevo admirada con sus ganancias.
Pero la suerte a veces se acaba y así fue como un día le contaron en el pueblo que cuatro forasteros lo andaban buscando: uno muy grandote y de cejas peludas, otro con pinta de hombre de la ciudad y dos más que parecían gente de campo.
Pedrito pensó un poco y decidió hacer la mejor jugada de su vida. Sin perder tiempo, fue a ver a una señora que criaba conejos y le compró cuatro igualitos, todavía chiquitos, todos blancos. Después, fue a la disparada hasta la pulpería del pueblo y le dijo al dueño: –Voy a venir con cuatro amigos. Cuando lleguemos, usted sirva una buena picada con aceitunas, maníes y cubitos de mortadela y queso. Le dejo todo pagado.
Enseguida, corrió a la casa y le dijo a la mujer: –En un rato vengo con cuatro amigos. Prepará unas buenas empanadas.
De paso, se puso una campera y guardó los conejitos en los bolsillos, que eran bien grandes; por eso, de afuera no se notaba que ahí estaban los animales. Entonces fue a lo de un vecino que vendía sandías y le pidió: –En un par de horas vengo a buscar una sandía. Téngala bien fría. Acá se la pago.
Por fin fue al pueblo y se sentó debajo de un árbol a esperar. Al rato aparecieron los que lo buscaban. Como pensaba, eran el chanchero –al que se le había ocurrido escarbar en el barro con una pala y había descubierto que allí no había ningún chancho enterrado–, el comprador de la planta de las monedas y los arrieros.
–¡Te encontramos, Pedrito de porquería! –gritaron, rodándolo y sacando unos cuchillos enormes–. ¡Ahora no te vas a burlar más de nadie!
Él bajó la cabeza y les dijo: –Señores, yo sé cuando he perdido. Pero a todo condenado se le concede un último deseo. Quiero comer una picadita. No me voy a escapar, vengan conmigo, que yo convido.
Y ahí sacó un conejito y le dijo: –a ver ayudante, vaya a ver al pulpero y dígale de mi parte que prepare una picada para cinco.
Lo soltó y el animalito se perdió de vista corriendo por el pasto crecido de un baldío.
–Vamos a la pulpería.
Los otros esperaban cualquier cosa, pero se quedaron con la boca abierta cuando entraron en el negocio y vieron que el pulpero estaba poniendo en el mostrador unos platos con mortadela, queso, maníes y aceitunas.
–Su pedido está listo –dijo.
–Esto es una casualidad –contestó el hombre de la ciudad.
–Esto es saber entrenar a un animal –contestó Pedrito–. Acompáñenme en mi última picada.
Mientras comían, el hombre de los chanchos dijo:
–No te creo.
–Hagamos otra prueba –y entonces Pedrito sacó el segundo conejo.
–¿Cuándo volvió, que no lo vimos? –le preguntaron.
–Ah, es que este conejo es más rápido que el ojo. Bueno, ayudante, corra y dígale a mi señora que voy con gente y que prepare empanadas.
Fue a la puerta y soltó al conejo, que salió corriendo para cualquier parte.
–¿No me creen? Bueno, vamos a mi casa.
Y fueron, nomás. Cuando entraron, la mujer dijo:
–¡Ah, llegaron las visitas! Pónganse cómodos, que ya traigo las empanadas.
Todos comieron, pero el chanchero dijo:
–Yo sigo desconfiando.
–Hagamos una prueba más –y sacando el tercer conejo, le mandó.
–A ver, conejito ayudante, corra a decirle al vecino que prepare una
sandía bien fría, que voy para allá.
Lo soltó y el conejo se fue disparando para cualquier parte.
Cuando llegaron a lo del vecino, en una fuente ya estaba esperando una
sandía bien helada y cortada en tajadas.
–Este conejo es una maravilla –dijo el hombre de la ciudad–. Te lo compro.
–¿Y para qué quiero plata si me van a matar? –contestó Pedrito, encogiéndose de hombros y sacando el último conejito del bolsillo.
–Esas bromas son cosas del pasado, quedan olvidadas –le aseguraron.
–No lo vendo, le tengo mucho cariño –dijo Pedro, dándole un beso al animalito.
Pero los otros le ofrecieron más y más plata, y él aceptó.
Decidieron pagarlo entre todos y después resolver quién se lo quedaba. Pedrito volvió a la casa lleno de plata y le dijo a la mujer:
–Me parece que es hora de mudarnos a otra provincia.
Y así fue. Pasaron los años y Pedro se hizo muy viejo. Un día se murió y su alma fue al Infierno. Golpeó la puerta y un diablo le abrió:
–¡Pedrito! –exclamó al verlo. Pero de adentro salió una voz que decía:
–Acá no lo queremos. Es demasiado embrollón. Se fue al Paraíso y San Pedro le abrió la puerta:
–¿Pedrito? ¡no, m’ hijo, con tantos pecados usté acá no entra!
Pero él se le escabulló por abajo del brazo y se metió corriendo.
–¡Convertite en piedra! –gritó el santo portero.
–¡Pero que sea con ojos para ver y oídos para escuchar! –alcanzó a agregar Pedrito y así fue como al final de cuentas acabó disfrutando en el Paraíso.