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sábado, 11 de enero de 2014

Dos entradas en una: El mono y el yacare/ Sol y Luna-La victoria de Kákach /La historia de Kuányip

                                                    El mono y el yacaré - Sol y Luna

Hola,por un error que cometí elimine la entrada anterior, así que la volveré a escribir pero resumida y luego, agregaré el análisis de una nueva obra.
Opinión: Como había dicho en la entrada anterior, la leyenda "El mono y el yacaré" me había gustado por dos razones: primero que la temática me hizo acordar a los cuentos de mi infancia hasta me acuerdo que había una copia en la biblioteca de mi escuela primaria y segundo de que de la colección es el primero que esta más dirigido al público infantil.
Sinopsis:El ingenio y la picardía de los pueblos guaraníes están presentes en los dos relatos que componen este libro. El primero explica el origen maravilloso de algunos animales, a través de las aventuras de un joven desobediente. El segundo narra la historia de dos buenos hermanos que, con su magia, dieron origen al Sol, la Luna, el día y la noche. 
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad. También, en la primera página, antes de empezar el relato, muestra los personajes que nos encontraremos durante la lectura del libro.

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo.
 Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez. 
 Cantidad de páginas: 64(depende la edición).
 ISBN:978-987-576-219-0.

El mono y el yacaré
Cuentan los guaraníes que hace mucho, pero muchísimo tiempo, cuando el mundo estaba recién hecho y la selva crecía por todas partes, había un hombre con un hijo jovencito que se llamaba Caí. Era un muchacho menudo y parecía que no se quedaba quieto ni cuando dormía. Estaba siempre muerto de risa, era simpático y bromista, pero bastante cabeza hueca, distraído y a veces imprudente. Esto preocupaba al padre, que era un tipo serio, pensativo y responsable.
Un día, el hombre llamó a Caí y le dijo:
–yo tengo que hacer, hijo, así que hoy vas a ir a revisar las trampas que puse y ver si cayó algún animal para comer. Pero escuchá bien: andá por el caminito que sale del pueblo, pero cuando encuentres un tronco atravesado, no sigas, porque más allá pasan cosas raras y peligrosas.
¡acordate y no hagas macanas!
Poniendo cara de aburrido, Caí le dijo:
–¡Sí, papá! Voy a hacer caso, papá. ¡Me voy, papá!
Salió corriendo, se metió en el senderito que iba entre los árboles y fue revisando las trampas. Estaban vacías. al rato, llegó al tronco caído que le cortaba el paso.
–yo sigo –dijo–. ¿Qué puede pasar? ¡Este papá, siempre preocupado por todo!
Caí saltó el tronco. Del otro lado el camino estaba lleno de pisadas. Se agachó para verlas mejor y dijo:
–Mmm... por acá han pasado pecaríes.
El pecarí es un chancho salvaje, y Caí tenía razón: había huellas de muchos de estos animales, que se metían en la selva. así que decidió seguirlas. Caminaba rápido, sin levantar la vista del suelo, y pensaba:
“¡Ja! Voy a volver a casa con un pecarí gordo para la cena. ¡Ja! todos me van a felicitar. ¡Ja! y ya va a ver papá que...”. y ahí paró de pensar porque al dar vuelta a un árbol muy grueso, pegó la cara contra algo grande. Grande y peludo. Peludo y con un olor que volteaba.
–¡Grunf! –hizo la cosa grande, peluda y olorosa, y se dio vuelta. Era un pecarí, pero enorme, tan enorme que le puso el hocico contra la nariz a Caí.
–¿Quién es el atrevido que se lleva por delante al jefe de los pecaríes? –dijo con una voz carrasposa mientras hacía retroceder al muchacho, empujándolo con la trompa hasta dejarlo de espaldas contra un árbol.
–yo... soy Caí, un chico nomás... y...
–¡¿y por qué andás molestando acá?! –le gritó el otro en la cara.
–Buscaba pe... –dijo Caí, nervioso, y se dio cuenta de que estaba por
decir “pecaríes”, así que siguió:
–Pe... seos. Paseos, digo. Quería pasear.
–Bueno, ahora sí que vas a pasear. Seguime –mandó el jefe de los pecaríes.
–otro día, cómo no –le contestó Caí–. Pero ahora tengo que volver a casa y...
–¡y a mí qué! –bufó el chancho, y le enseñó los colmillos. Caí no tuvo más remedio que hacerle caso. Caminaron un rato y entre unas palmeras apareció una manada de pecaríes, que corrieron a saludar al grandote con gruñidos de alegría.
–¡Hija! ¿dónde estás? –dijo el jefe. Y cuando una hembrita se abrió paso
entre los demás, él le explicó:
–Este es Caí. Va a ser tu novio y te vas a casar con él.
–¿Eh? yo, señor, mire, todavía soy joven y no pensaba... –dijo Caí.
–¿Cómo, cómo? –se sulfuró el otro–. ¿No te gusta esta belleza de hija mía? ¿nos estás despreciando a mí y a ella?
–¡No, no, para nada, al contrario, estoy muy contento y la voy a hacer
muy feliz! –se apuró a decir Caí, asustadísimo.
–¡Ah! Bueno, más vale así. Y ahora, mi yerno, nos vas a ayudar mucho.
Para empezar, huelo que allá arriba de las palmeras hay unos ricos
coquitos, pero están altísimos. así que te vas a subir y nos los vas a tirar para que comamos. Caí, ágil como era, se subió en un momento a una palmera y después a otra y otra más, para darles el gusto a los chanchos.

A la disparada.
Los pecaríes se fueron por la selva, cada vez más lejos, y siempre que encontraban un árbol con fruta, hacían que el muchacho trepara para bajárselas. Cuando llegó la noche, estaba agotado.
–¿Así me voy a pasar la vida? –pensaba–.
¡Para colmo, estos no se llenan más! ¡yo me escapo apenas pueda!
Los animales se acostaron a dormir, y él quedó apretujado entre la novia y uno de los hermanos. Al rato, empezaron a roncar, pero Caí levantó la cabeza y vio que el jefe de los pecaríes estaba de guardia, tirado en el piso con los ojos bien abiertos. Esperó y esperó. Ya amanecía cuando unos ronquidos fuertísimos le avisaron que el grandulón se había dormido. Entonces él se paró despacito, sacándose de encima una pezuña que lo abrazaba y separándose con cuidado de los cuerpos peludos. Después, en puntas de pie se empezó a ir, esquivando chanchos dormidos y con el corazón palpitando como loco. Ya se alejaba, pero pisó una rama que hizo ¡crac! y el jefe levantó la cabeza.
–¡Se escapa! –gritó. todos los otros se pararon de un salto y, después de un momento de dar vueltas, confundidos por el sueño, vieron a Caí y corrieron hacia él.
Los pecaríes eran rápidos y casi lo alcanzaron, pero el muchacho se subió a un árbol. desde arriba, les hizo burla. no fue una buena idea, porque los chanchos se pusieron furiosos y empezaron a sacudir el tronco entre todos. Arriba, Caí se agarraba como podía, pero se dio cuenta deque lo iban a hacer caer. Entonces, pidió ayuda a Ñanderú, el dios que está en el cielo. Y Ñanderú lo escuchó. de pronto al muchacho empezaron a crecerle pelos y una cola larga y se convirtió en un mono, el primero que hubo sobre la tierra (por eso, ahora la gente le dice “caí” a un tipo de monos de la selva).
Como así era mucho más ágil que antes, Caí dio un salto impresionante y se pasó a otro árbol y de ese a otro y a otro y a otro más. Los pecaríes quedaban abajo y atrás, pero igual oía los gritos del jefe, que decía:
–¡ahí lo olfateo! ¡Va para allá! –y todos lo corrían. Caí se divertía saltando entre los árboles, hasta que se le acabaron, porque había llegado a un río muy ancho.
–¡Soné! –dijo–. ahora llegan y tiran abajo este último árbol. 

Tengo que cruzar el río.
Se bajó y llegó a la orilla, muy decidido, pero en ese momento se acordó:
–¿Qué estoy haciendo? ¡Si yo no sé nadar!
Entonces, pasó nadando una tortuga y él le pidió:
–¡tortuga, cruzame a la otra orilla!
–Soy muy chica, nos vamos a hundir –dijo la otra y siguió de largo.
Pasó nadando un pato:
–¡Pato, cruzame a la otra orilla!
–Soy muy chico, nos vamos a hundir –dijo el otro y siguió de largo.
Ya se oía a los pecaríes que venían corriendo, cuando pasó nadando un yacaré con sus hijitos.
–¡yacaré, cruzame a la otra orilla!
–le pidió. El otro ni le contestó.
–¡Adiós, señor de piel suave y ojos que brillan como estrellas! –probó Caí.
–¿Cómo? –preguntó el yacaré, que nunca había escuchado que le dijeran algo así.
–¡Señor de piel suave y ojos que brillan como estrellas! –repitió.
–¿de dónde sacaste eso? –quiso saber el dientudo, acercándose a la orilla.
–Lo dicen todas las chicas de mi pueblo –inventó el mono.
–No te creo –dijo el otro. Pero quería creer, porque salió del agua. Los yacarecitos también, y, sin hacer caso de la charla, fueron a lamerle las patas a Caí.
–¡Papá, parece rico! –le dijeron.
–¡Cállense, que estamos hablando los grandes! –contestó el yacaré, y siguió preguntando:
–¿Qué es lo que dicen las chicas?
–Ando apurado, pero si me hacés pasar al otro lado, te cuento bien.
–Vení que te llevo –dijo el otro. Caí se le subió al lomo y el yacaré empezó a nadar.
Justo cuando se iban, llegaron los pecaríes a la orilla. Caí les hizo morisquetas desde lejos y se rió al verlos tan enojados. La risa se le fue cuando los yacarecitos volvieron a lamerlo y empezaron a cargosear al padre:
–¡Papá, parece rico! ¡Papá, parece rico! –insistían.
–Déjenme hablar con su papá, chicos –dijo el mono, preocupado de que el yacaré les hiciera caso.
–¡Eso, contame che! ¡y ustedes, déjense de embromar! –Intervino el padre.
–Bueno, las chicas suspiran y dicen: “¡ay, qué lindo es ese señor de piel suave y ojos que brillan como estrellas!”.
El yacaré sonrió y nadó con ganas. Pero al rato quiso escucharlo de nuevo:
–¿Cómo era que decían?
–¡Ay, qué lindo que es ese señor de piel suave y ojos que brillan como
estrellas!
–¿Y suspiran, che?
–Y, suspiran, sí. Suspiran mucho.
El yacaré sonrió más. Pero enseguida le volvió a preguntar. Y así una vez más y otra y otra. Hasta que al llegar a la orilla opuesta, el mono vio que pasaban junto a las ramas bajas de un árbol, se agarró de una, se trepó a la planta y desde arriba gritó:
–¿Sabés qué dicen? “¡ay, qué horrible ese lagartón de cola de serrucho y ojos chiquitos!” –y se escapó.
Pasó el tiempo y los hijos del yacaré les contaron esta historia a sus propios hijos y estos a los suyos, y por eso hasta el día de hoy los monos se cuidan mucho cuando bajan a tomar agua al río, porque siempre hay algún yacaré preparado para tragárselos de un bocado.



Leyendas Selknam: La victoria de Kákach -La historia de Kuányip

Opinión: sinceramente, no tengo ninguna opinión de este libro.Así, que iré directo a la sinopsis del libro. 
Sinopsis:Los bosques y las estepas de Tierra del Fuego fueron el hogar de los antiguos selknam, un pueblo de grandes creadores de relatos. Dos de sus narraciones tradicionales nos llegan en estas páginas: la historia del valiente Kákach, que se animó a enfrentar solo a la terrible giganta; y las aventuras del turbulento Kuányip, a quien los hombres tuvieron tanto para agradecer y también reprochar. Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad. Tambien, en la primera página le libro muestra, por medio de ilustraciones, los personajes principales q veremos durante la historia. 
Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo.
 Ilustraciones: Aldo Chiappe e Ignacio Noé. 
Páginas: 64 (depende la edición).
ISBN:978-987-576-220-6


La victoria de Kákach

Tierra del Fuego está en una punta del país, bien al sur. Es un lugar con campos fríos barridos por el viento, pero donde también hay muchos bosques llenos de árboles altos. y en los bosques siempre se siente el golpeteo del pájaro carpintero, que en esa zona es negro y tiene la cabeza roja, con un copete. Anda siempre trepando a saltos por los
troncos, dándoles picotazos. Y cada tanto larga un grito que parece una risa loca. Los viejos selknam, aborígenes del lugar, lo llamaban Kákach y contaban una historia que explica por qué ese pájaro es así y hace las cosas que hace.
Parece que muchos años atrás, Kákach fue un hombre. Era más menudo que otros, pero muy fuerte y, sobre todo, decidido y corajudo. Y gran guerrero, porque además de ser valiente se portaba con prudencia, ¡buena combinación! Por eso, la gente solía pedirle ayuda.
Un día, desde el norte y por el mar, llegó una especie de giganta, un ser hembra muy raro. La descubrió un hombre que andaba por la playa, justo cuando ella estaba saliendo del agua. Era grandísima, alta y ancha como dos o tres personas juntas, pero tenía la cabeza muy chiquita. El pelo, muy largo, enredado y desprolijo, le llegaba hasta las rodillas.
Sacudió el cuerpo como si fuera un perro parado en dos patas, para sacarse el agua, y después se fue por el campo dando zancadas. El hombre que la había visto corrió a avisar a su gente. Muchos no creyeron lo que les contaba, pero un viejito que se llamaba Kauj y sabía muchas cosas, meneó la cabeza preocupado y dijo:
–Esa es taita. ¡Mala noticia! Es de lo peor.
Un grupo de hombres, con Kákach a la cabeza, fue a ver qué pasaba. Encontraron las huellas en la playa y las siguieron por el campo. Caminaron y caminaron dos días enteros, hasta que el rastro se metió en un bosque. Ahí, algunas ramas rotas mostraban el lugar por donde había pasado taita.

El cerco de Taita.
Como en ese bosque parecía que no iba a molestar, la gente volvió a su casa. ¡Pero sí que iba a molestar, y mucho! Porque en esa época no había ríos y toda el agua buena para beber estaba en una sola laguna. Cuando taita tuvo sed, olfateó el aire, sintió el olor del agua y se fue derechito para allí.
Después de darse el gusto, decidió que nadie más iba a beber ahí, y se puso a hacer un cerco alrededor de la laguna. Para eso, sacó un cuchillo muy grande que traía, hecho todo de piedra blanca, pesado y filoso, y empezó a cortar árboles y más árboles. ¡Con cada tajo hacía caer uno! después, en medio de la tierra pelada que había dejado, los fue clavando
en el suelo uno al lado de otro, formando un cerco altísimo que rodeaba la laguna. Había solamente una entrada y ahí se sentó.
El primero que llegó a buscar agua, se encontró con esta novedad. Y apenas se acercó un poco, taita lo sacó corriendo, amenazándolo con el cuchillón. Lo mismo les pasó enseguida a todos los demás que fueron por ahí. En un par de días, la gente tenía la boca reseca y estaba desesperada. Algunos tomaron agua del mar, pero era muy salada y les hizo mal.
–¡Nos vamos a morir de sed! –se quejaban. Entonces Kákach se decidió:
–¡No puede ser! ¡yo voy a acabar con esa bruja! ¿Quién me acompaña?
Nadie quiso. Todos le tenían miedo a taita.
–¡Qué cobardes! –dijo–. Me voy a tener que arreglar solo.
¿Cómo haría para llegar hasta donde estaba ella? Kákach pensaba y pensaba. Al fin tuvo una idea. lo primero que hizo fue pintarse toda la cabeza con tierra roja, como se acostumbraba siempre que alguien iba a la guerra. Después, cuando vino la noche, se restregó todo el cuerpo con polvo de carbón, para que no lo vieran en la oscuridad, y se fue solo hacia donde estaba la enemiga. Entonces, se arrodilló y, con paciencia, empezó a abrir una zanja hacia el corral de taita. Sacaba la tierra con las manos y, siempre de rodillas para esconderse, así fue avanzando agazapado, poco a poco.
Ya amanecía cuando la zanja de Kákach llegó cerca de taita.
Desde ahí, él asomó apenas la cabeza y la vio. Estaba parada casi al lado de él y había clavado el cuchillo en el suelo. Entonces, sin perder más tiempo, el hombre dio un salto, la agarró de los tobillos por atrás y de un tirón la hizo caer. Cuando ella rodó por la tierra, Kákach se abalanzó sobre el cuchillo de piedra y lo levantó; le costó bastante porque era muy pesado, pero se lo alzó sobre la cabeza y corrió, tambaleándose por el peso, para golpear a la otra. Iba todo bien, parecía, pero entonces tuvo un problema. Porque desde el suelo taita manoteó para atajarlo y pudo prendérsele del pelo con una mano. Y cuando él abrió la boca para gritar de dolor, ella le agarró la lengua con la otra mano y empezó a tironear. Tiró y tiró y la lengua se hizo larga larga. Taita se reía y se reía, y seguía tirando. después, abrió mucho la boca llena de dientes filosos para darle un mordisco, pero en ese momento Kákach reaccionó y pudo darle con toda su fuerza uno, dos, tres, cuatro golpes de cuchillo como hachazos a la gigantona, que se quedó inmóvil para siempre.
El pobre Kákach fue hasta la laguna, tomó agua y juntó lo que pudo en una cáscara de caracol, que era lo único que encontró, para llevar a los demás. Después, volvió a los tumbos, alumbrado con los primeros rayitos del Sol. Estaba dolorido y tembloroso por lo que había pasado.
–¿Trajiste agua? ¿Eso nomás conseguiste? –le preguntaron los demás, que seguían muertos de sed.
–¡Bastante hice! –les contestó, fastidiado–. Taita casi me ha matado.
¡Miren cómo me dejó la lengua!
–Y el pelo te quedó todo estirado para arriba –le dijo otro.
–Sí, casi me lo arranca –explicó Kákach–. Pero esa ya no va a molestar a nadie más. Vayan a tomar agua, tranquilos.
Todos salieron corriendo para la laguna, nada tranquilos sino atropellándose y cayéndose. Se apretujaron y empujaron para pasar por la puerta del corral de taita y después se tiraron sobre la laguna. En un momento, el agua quedó toda turbia por los pisotones de la gente.

El búho y el carpintero.
Entonces llegó Kauj, aquel viejito sabio que había anunciado que taita era un ser malo, y vio lo que estaba pasando. “Esto no puede ser”, pensó. “El agua tiene que estar en todas partes, para que no se armen estos líos y para que nunca más pueda venir alguno como taita y agarrársela para él solo”. Y como Kauj, además de ser sabio, podía hacer cosas de magia, fue a su casa y volvió con una honda. Se paró junto al agua de la laguna, mojó una piedra, la puso en la honda y la revoleó. la piedra fue lejos por el aire y, al caer, abrió una rajadura en la tierra y por ahí empezó a correr agua. ¡Se había formado un arroyo! después agarró una piedra más grande, la mojó y la tiró para otro lado, y donde cayó hubo un lago. Y así siguió, tirando piedras mojadas, chicas y grandes, y donde pegaba la pedrada aparecían un río, o un arroyo, o una laguna, o un lago. Cuando acabó, llamó a la gente y le repartió toda la tierra del Fuego. Cada familia iba a tener su parte para vivir, con su agua propia. Y cuando terminó, se convirtió en búho.
Kákach no quedó bien después de su pelea con taita. Le dio por hacer cosas raras, se subía a los árboles, golpeaba los troncos y después se reía. Hasta que un día se transformó en pájaro carpintero. Todavía hoy sigue teniendo la cabeza pintada de rojo para la guerra, el cuerpo negro como el carbón, la lengua larga y el copete parado. Y cuando canta, parece que se ríe, sin que sepamos de qué.