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sábado, 18 de enero de 2014

El gran incendio – El palo borracho (Leyendas criollas de Tucumán).

               
Opinión:Que puedo decir  de esta leyenda.... Me gusto mucho, me pareció entretenida y original. Ademas, de rememorarme el libro "Cuentos de la Selva" de Horacio Quiroga. Siempre es lindo leer historias donde la fantasía y los animales ocupan un lugar tan importante en la historia. 
En cuanto a la segunda leyenda, esta versión no la conocía. De todas formas, no me gusto tanto como la que conozco ( se trata de una princesa india que sufre de la muerte de su amor en la guerra).
En resumen, ambas leyendas comparten la particularidad de presentar personajes animales en sus narraciones y la creación de elementos de la vida cotidiana.

Sinopsis:El mundo no se ha hecho de una sola vez para siempre, dicen los wichis del Chaco, sino que se creó y se destruyó en varias ocasiones. Una vez fue por culpa de una carcajada, relata \"El gran incendio\", la primera y divertida historia de este libro. En la segunda, \"El palo borracho\", conocemos a Tokuaj, el embrollón, y nos enteramos desde cuándo corren los ríos, por qué tienen peces y a qué se debe que muchos de ellos hagan largos viajes aguas arriba.  Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo 
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez 
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).
ISBN: 9789875762237

El gran incendio

Entre los wichis del Chaco, Formosa y el monte salteño siempre hubo muchísimas historias sobre los más diversos temas. Hablan de cosas que les pasaron a los animales, o explican por qué las estrellas están en el cielo, o desde cuándo corren los ríos. Otras cuentan lo que hicieron algunos personajes y también cómo se creó el mundo. Y hablando de esto, dicen ellos que la tierra no se formó de una sola vez y para siempre, sino que se hizo, se deshizo y se volvió a formar varias veces. Una, fue por culpa de una carcajada inoportuna. Según parece, hace tiempo, muchísimo tiempo, la gente era bastante ignorante. Por ejemplo, no sabía cómo conseguir comida por su cuenta, ni cómo encender fuego. ¡Qué problema, si no hubiera sido porque contaban con una gran ayuda! Era la de Jualá, el Sol, que vivía encima de una montaña y cocinaba para todos. Desde abajo se lo veía brillar todo el día, pero cuando uno se acercaba, notaba que era un hombre muy gordo, de cara redonda y colorada, con los pelos largos, revueltos y rojizos.

El poder de Jualá.
Jualá era generoso y a sus visitantes les convidaba cosas buenas para comer. De su chacra sacaba zapallos gordos y ajíes lustrosos, choclos de granos dulzones y porotos tiernos, y también tenía carne. Pero cuando decimos que preparaba la comida para los demás, no es porque fuera una especie de mamá cariñosa –o de papá hacendoso, ya que era hombre– que cocinaba y después llamaba “¡a comer!”. Nada de eso. Por empezar, era un tipo muy serio y malhumorado, que no quería oír una sola palabra y no soportaba ruidos. ¡Ni pensar en que alguien se fuera a reír! Había que esperar en el silencio más absoluto a que él terminara de cocinar. Jualá no usaba cocina ni fogón en el suelo para preparar la comida, sino nada más que una olla enorme de barro.
¿Cómo la calentaba, entonces? Muy simple y muy raro también: se sentaba sobre el cacharro y largaba llamaradas por el trasero.
Todas las mañanas, una fila de personas bien calladitas subía la montaña, cada una con su plato bajo el brazo. Los que no podían llegar porque eran muy chicos o demasiado viejos, o estaban enfermos, se quedaban abajo y los demás les llevaban su parte. Arriba de todo encontraban a Jualá, siempre serio, y a medida que pasaban de a uno delante de él, lo saludaban inclinando la cabeza, él les contestaba igual y echaba en la olla con agua algo para el visitante. Después, los recién llegados se iban sentando en el suelo, muy silenciosos, a esperar. no se oía más que el arrastrar de los pies de la gente y el ¡plop! de las cosas que caían en el cacharro.
Cuando se acababa la fila, el Sol se levantaba el taparrabos y se sentaba sobre la olla. ¡Bien tapada quedaba! Hacía fuerza, se ponía más colorado que nunca y empezaba a soltar llamas, que iban a parar sobre la comida. Después de un momento, Jualá se paraba, se acomodaba la ropa y agarraba un cucharón de madera. Entonces los otros formaban una hilera otra vez e iban desfilando de nuevo uno por uno frente a él; así, les
llenaba el plato con un guiso que tenía un poco de todo. Ellos le agradecían inclinando la cabeza y empezaban a bajar la montaña, con mucho cuidado para no volcar nada.

Las tentaciones de Taachij.
Pero había alguien a quien no podían llevar a donde vivía el Sol. Se llamaba taachij y era un muchachito que tenía la risa demasiado fácil.
Por cualquier cosa se tentaba y, para colmo, le salían unas carcajadas estridentes y largas, que se oían desde lejos. Por eso, los demás le traían la comida, pero no querían que taachij subiera la montaña, aunque él insistía en que quería ir con ellos.
–¡Déjenme ir! ¡yo tengo que ver! –se ponía cargoso.
–¡No, que te vas a reír y Jualá se va a enojar! –le contestaban.
–Pero ¿cómo se les ocurre? –protestaba taachij–. Me voy a portar bien.
–No, te vas a tentar –le decían–. Sos un imprudente.
Y él que no y que no, y que iba a estar callado, y que quería subir para conocer al Sol. Al fin, tanto porfió que para no escucharlo más, un día lo dejaron ir. Pero le hicieron prometer que iba a estar serio todo el tiempo.
A la mañana siguiente, él también se puso en la fila, con su plato, y acompañó a los demás. Cuando ya casi estaban llegando al lugar del Sol, varios agarraron a taachij y le recomendaron:
–¡Portate bien!
–¡No hagas líos!
–¡Cerrá la boca!
–¡No te vayas a reír!
–¡Sobre todo, no te rías!
Tanto decirle eso, en realidad resultó peor, porque empezó a darle risa.
Pero se aguantó. Cuando le tocó pasar junto al Sol, lo vio tan serio que casi le largó una carcajada en la cara. Pero el que venía detrás en la fila le pegó en un brazo y lo hizo seguir rápido.
Después, taachij se sentó en el suelo a esperar. Con disimulo, todos le hacían señas de que fuera juicioso. y se portó bien, nomás... hasta que el Sol se sentó en la olla. Apenas lo vio, el chico apretó los labios, se tapó la nariz con una mano y se pellizcó una pierna hasta lagrimear de dolor, para sacarse la risa. Pero no sirvió de nada. No pudo más y se le escapó una carcajada cantarina, larga y fuerte.

La furia de Jualá.
Jualá se paró, volcó la olla de una patada, se arrancó un mechón de la cabeza y se lo tiró a las visitas. En el aire, los pelos se hicieron llamas. todos salieron corriendo, con el otro que los perseguía tirándoles más manojos de fuego. así bajaron la montaña, medio chamuscados y gritando de miedo.
El Sol se quedó arriba, pero abajo sus llamaradas encendieron el pasto, los árboles, las casas, todo. La gente corría de un lado para otro entre esa quemazón, y muchos quedaron hechos carbón. Hasta que alguien vio un agujero en el piso y ahí se metió de cabeza para escapar del fuego. Los demás lo siguieron y, como el hoyo se ensanchaba en una cueva, entraron todos. Así pasaron tres días, apretujados, viendo por el agujero de arriba el resplandor del fuego y el hollín que llevaba el viento. a cada rato tenían que soplar para que el humo no entrara donde ellos estaban. Al cuarto día, se dieron cuenta de que el fuego había terminado. Entonces, un hombrecito menudo que se llamaba tapiatzol trepó hasta arriba. Apenas pisó el suelo, notó que el cuerpo se le llenaba de plumas y que se
convertía en un pajarito jaspeado de negro, con el pecho blanco, un tipo de golondrina que hay en el Chaco. Lo siguió otro hombre y enseguida quedó hecho suri o ñandú, el primero
que hubo en el mundo. Después salió una muchacha y fue la primera perdiz. Y así fue pasando con los demás, que se hicieron animales y fueron los antepasados de todos los animales que hay ahora. Taachij fue el hornero, un pájaro que cuando canta parece que carcajeara; es de color tostado, por las llamas del Sol.
Todos se habían salvado, pero ¡qué desastre! no había más que cenizas. Ni la montaña de Jualá quedaba y él se había ido al cielo para siempre. Los animales hurgaban la tierra quemada buscando algo para comer. Pero no había nada. Entonces, tapiatzol sacó un tamborcito mágico que tenía y empezó a tocar despacio, pero sin parar, hasta que eso hizo que se nublara y empezó a llover. Enseguida, entre el gris de la ceniza apareció algo verde. Era un brote, que a cada golpe de tambor crecía un poco más. El pájaro siguió tocando y al día siguiente ya había un árbol. Era un algarrobo, el primero que hubo, y tenía vainas buenas para comer. Después, alrededor empezó a crecer pasto, que tapó el suelo, y más allá salieron otras plantas nuevas. En unos días, la tierra fue verde otra vez y de a poco se fue llenando con los hijos y los nietos de los animales que se formaron al salir del pozo, después del incendio.

El Palo Borracho
Antiguamente el agua, que era el mar, estaba adentro de un palo borracho grande. Esto era muy al principio. Ahí nació Lawo, el Arco iris, y un pez: el dorado.Mucha gente pasaba por ahí, pero les estaba prohibido pescar el dorado. Por esa época pasó Tokjuaj con sus flechas. Sacó una y flechó el pez.El yuchán se partió y se inundó el mundo. Tokjuaj trató de escapar corriendo pero el agua lo seguía. Dos meses corrió con el agua atrás. Quiso transformarse en pez pero los peces también lo perseguían. No había forma de escapar. Entonces se transformó en chajá. Voló muy arriba, hasta que se le cayeron las plumas y comenzó a caer. En su caída gritaba: “me transformaré en mortero”, Y cayó adentro de un pozo. Ese pozo era muy profundo. Tokjuaj se transformó en murciélago, y mientras estaba tratando de salir, vio una víbora muy grande que quería tragárselo.Por fin escapó. Pero el viborón le pudo agarrar una punta del ala. Y se enredó en una tela de araña.Tenía hambre y no sabía que hacer. Entonces se le ocurrió chupar sangre. Desde entonces el murciélago chupa la sangre. Le chupó al anta y a las corzuelas. Hasta que el tucán empezó a perseguirlo.Tokjuaj se asustó y se escondió en el gajo de un árbol grande. El tucán golpeó el árbol con su pico y se partió la cabeza de Tokjuaj. Quedó muerto en el piso en forma de murciélago.El agua que salió del yuchán formó el río Pilcomayo. Las vueltas que da el río Pilcomayo son el recorrido de Tokjuaj huyendo del agua.