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viernes, 17 de enero de 2014

El hombre de piedra – La venganza del padre (Leyendas yámanas)

    
Opinión: En esta oportunidad las leyendas no me gustaron mucho, a diferencia de las ediciones anteriores. Aunque por supuesto en gustos no hay nada escrito...

Así, que iremos directamente a la sinopsis del libro.

Sinopsis: Durante las largas noches de invierno del sur, los yámanas narraban historias de miedo o de aventura, como las dos que se incluyen en este libro. En la que le da título, se enfrentan a un gigante que se empeña en aterrorizarlos. En la otra historia, un joven padece las burlas de otros muchachos, y su padre decide intervenir de una manera sorprendente.Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad. También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia.

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).
ISBN: 978-987-576-222-0

Les paso el video de la leyenda que da nombre al libro, espero que les guste.




La venganza del padre

Los yámanas contaban que una vez, hace mucho pero muchísimo tiempo, hubo un hombre que se llamaba yookalía. ¡Pobre! nadie lo quería mucho, aparte de su familia. y no porque fuera una mala persona, sino más bien porque era un poquito inútil. Cuando salía de caza o de pesca con su arpón, como todos los hombres en esa época, él casi siempre hacía papelones porque tenía una puntería malísima y se le escapaban todos los animales.
Con la honda era otro desastre; casi no valía la pena que tratara de cazar algún pájaro, porque las piedras que él tiraba iban para cualquier lado. Por eso, terminaba comiendo lo que le convidaban los demás o lo que encontraba tirado, y a veces hasta tenía que robar algún pedazo de carne para sacarse el hambre.
Para colmo, Yookalía era más bien tímido, por no decir bastante cobarde. Si llegaba a ver un lobo marino grande en la playa, no se animaba a acercársele, y varias veces lo habían corrido gaviotas y hasta pingüinos. Por todo eso casi nadie lo respetaba ni lo tomaba muy en serio, y nunca había conseguido novia. Pero no se burlaban de él abiertamente, porque
respetaban mucho a su padre, que era un poderoso yékamush –algo así como un hechicero– capaz de curar y de hacer magia. Cuando pensaba en yookalía, el viejo meneaba la cabeza y murmuraba “¡ay, este hijo mío!
¿Cómo ha podido salir así?”.
Yookalía se quería casar, como cualquier otro, y por eso andaba siempre de acá para allá, visitando campamentos para ver si alguna chica lo aceptaba. aprovechaba los viajes en canoa que hacían otras familias para que lo trasladaran, porque tampoco sabía remar y no tenía bote propio. y, aunque las muchachas no le hacían caso, él no se desanimaba porque, eso sí, era insistente. Esa debía ser su mayor virtud.

Una broma muy pesada
un día llegó muy lejos, al lugar donde vivía una gente a la que le gustaba hacer bromas, a veces bastante pesadas. apenas vieron a yookalía, decidieron divertirse un poco a costa de él. “¡total, el padre no se iba a enterar de lo que ellos hacían ahí con el hijo!”, pensaban.
Lo primero que hicieron fue recibirlo simulando que se ponían
contentísimos con su visita.
–¡Llegó nuestro amigo! –gritaban–. ¡Qué suerte!
Enseguida, la chica más bonita del lugar empezó a coquetear con él, como si le gustara mucho. Yookalía estaba entusiasmado, porque se acababa de enamorar de la muchacha, y la seguía a todas partes, suspirando embobado.
Una tarde, la acompañó a pasear por la costa, se sentaron en una roca junto al mar y después de recibir muchas sonrisas y miraditas insinuantes, se decidió y le pidió que se casara con él. Ella bajó los ojos, como avergonzada, y no contestó; mientras, los hermanos de la chica estaban espiándolos desde atrás de unas piedras y se tapaban la
boca para no largar las carcajadas. Yookalía insistió y al fin ella, haciéndose la tímida, dijo que sí con la cabeza. Muy feliz, él la quiso abrazar, pero entonces la muchacha lo tiró al agua de un empujón.
–¿Cómo te has creído, inservible incapaz, que yo te iba a querer como marido? –le gritó desde arriba y se fue.
Los hermanos pensaron que era una pena terminar la broma tan pronto. Así que corrieron a ayudar a yookalía, que salió del mar escupiendo agua salada.
–¿Qué pasó, amigo? –le preguntaban, y le escurrían el pelo, muy amables.
–No sé, le dije si se quería casar conmigo, hizo que sí con la cabeza y después me empujó y me gritó algo. Me parece que dijo “incapaz”.
–No, nosotros escuchamos bien y dijo “audaz”. Es porque la habrás querido abrazar y ella es muy tímida. no te enojes, vos le gustás, pero tenés que ser paciente. Mientras, vení con nosotros a cazar. Yookalía se conformó con la explicación y, esperanzado de nuevo, fue con los hermanos de la chica. De caza, como siempre, estuvo hecho un desastre. Los otros, en cambio, consiguieron un guanaco. Como era la costumbre, en el momento de trozar el animal para llevarlo al campamento, los hombres prepararon ketis, una especie de morcilla hecha con pedazos de tripa rellena, y los asaron para comer enseguida. A
Yookalía le convidaron uno también, pero sin que él se diera cuenta le pusieron apenas un poco de carne y grasa, y le agregaron tierra, plumas molidas y cuanta porquería encontraron. Cuando estaban llegando de vuelta al campamento, Yookalía sintió que le
empezaba a doler el estómago y pronto tuvo unos retortijones tremendos.
Se acostó, muy enfermo.
Al día siguiente, los hermanos le trajeron otro keti como el anterior.
Yookalía les dijo que no iba a comer porque le había hecho mal, pero los
otros le dijeron:
–No puede ser, ¡a nosotros no nos hizo nada! Vos te enfermaste por la caída en el agua fría. ¡Vamos! no nos vas a despreciar lo que te convidamos, ¿no?
Y él, para congraciarse, comió. al rato estaba doblado en dos por el dolor.
La mayor parte de la gente del lugar se divertía con la broma, pero dos mujeres se enojaron.
–Esto no está bien –decían–. ¡Burlarse así de ese pobre tonto! y además, lo van a matar dándole esas porquerías.
Pero como los otros no les hacían caso, ellas fueron a contarle la verdad:
–Yookalía, todos te están tomando el pelo: la chica y los hermanos, y los demás se ríen. Estás así enfermo por la comida que te dan a propósito. nosotras no estamos de acuerdo, por eso te vinimos a avisar.
Él les agradeció y se quedó muy amargado. “Me tengo que vengar”, pensaba. “¿Pero cómo? ¡ya sé! Mi padre se va a encargar”. Y sin decir nada a nadie, esa misma noche echó al mar una canoa que encontró en la playa y se fue hacia donde vivía su familia.

Un triste regreso
¡Qué difícil fue el viaje! no sabía remar, así que Yookalía manejaba el bote como podía, en zigzag, de acá para allá, y así perdía muchísimo tiempo, además de cansarse mucho. En medio del recorrido, un día el viento lo arrastró lejos de la costa y ahí se llevó el susto de su vida. ¡Justamente él, que siempre se acobardaba! y esta vez no era para menos, porque vio que junto a la canoa flotaba, apenas asomando un ojo redondo y grande como un plato,
algo que parecía un calamar achatado, rojo oscuro y enorme, como de cuatro veces el largo del bote. ¡Era un lakuma, uno de esos demonios del mar que provocaban naufragios
para comerse a la gente! Lleno de miedo, Yookalía pensó en su padre, el poderoso yékamush, y dijo con un hilito de voz:
–¡ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
Además de malo, el lakuma era un bruto que no entendía nada, y por eso al oírlo dijo:
–¡Ah, qué tierno, me llamás “padrecito mío”! y querés que te ayude...
Entonces sacó un tentáculo viscoso, lleno de ventosas ásperas, acarició la cabeza de yookalía, que estaba duro de miedo, y empujó despacio la canoa hasta la costa. Después se hundió en el mar y desapareció. Cuando pudo moverse de nuevo, Yookalía empezó a remar a toda velocidad para irse pronto de ese lugar. tan rápido iba, que chocó la canoa contra unas piedras y la hizo pedazos. Tuvo que seguir viaje por tierra y a pie.
Al principio, caminó por la costa, porque era lo más fácil y porque sabía que los bosques están llenos de seres raros, razón por la cual ningún yámana sensato se metía mucho entre los árboles a menos que fuera indispensable. Pero llegó a un punto donde un enorme peñasco cortaba la playa, y no le quedó más remedio que seguir por ese lugar tan peligroso. Este era un bosque especialmente oscuro, espeso y lleno de crujidos raros. Era difícil andar por ahí, porque el suelo estaba inclinado y tapado de hojas secas, ramas y pedazos de corteza, donde se resbalaba a cada rato. Entonces, le pasó lo que menos quería…
Oyó una especie de “¡Hagrrnnn!” y de atrás de un tronco grueso apareció de pronto una cosa oscura y peluda, de unos tres metros de alto. ¡Sí, claro, era un hánnush! uno de los peores demonios que pueden aparecer en el bosque, decían los yámanas. ¡Pura maldad y hambre de comer gente! Yookalía se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y el corazón
retumbando en el pecho. Entonces se acordó del lakuma e hizo lo único que se le ocurrió. dijo:
–¡Ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
–¿Hagrrnnn? –hizo el grandote.
–Dije que ¡ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
–Hgn... Hgrná... –resopló ahora el hánnush y se hizo a un lado.
¡Vaya uno a saber qué había entendido y qué había contestado! Pero Yookalía no se quedó para averiguar. Siguió corriendo por el bosque. Una semana después, pálido, ojeroso, flaco y con los pies a la miseria, llegó a la casa de su familia. desde lejos, el hermano menor lo vio acercarse y avisó a los demás:
–¡Es Yookalía, que vuelve! y parece bastante estropeado...
Después de que el viajero comió mucho y descansó bastante, el padre se sentó frente a él y le dijo:
–Bueno, ahora me vas a contar dónde estuviste y por qué llegaste así.
Y el hijo le explicó todo: lo de la chica y los hermanos. Con sus bromas pesadas, de su zambullida, de sus dolores de panza, del lakuma y del hánnush...
El yékamush se puso rojo de furia y bufó entre los dientes apretados.
Pero después se aflojó y le dijo a yookalía:
–Ya sé lo que vamos a hacer. ahora dormí bien y mañana mismo vas a volver para allá. Te van a llevar en canoa. Mientras, yo...
–Y el resto se lo explicó al oído.

El yékamush decide soñar
Cuando salió el Sol, Yookalía cargó provisiones en un bote y se fue, acompañado por dos mujeres y otro hombre.
Entonces, el viejo se acostó y se puso a soñar, pero no cualquier cosa sino el sueño que él quería. En ese sueño, él iba volando por encima del mar, metido dentro una gaviota y mirando por los ojos del pájaro, hasta que abajo veía una ballena en el agua. Entonces, bajaba y se posaba en el animal. Un momento después, ya no estaba en la gaviota sino dentro de la ballena, que enseguida se moría. y en el sueño del yékamush, una corriente se llevaba el cuerpo, flotando despacio, pero sin detenerse, y como por casualidad, llegaba hasta una playa cerca de donde vivía la gente que había ofendido a su hijo, y ahí se quedaba. Cuando Yookalía llegó con sus compañeros, encontró la ballena en la playa, tal como le había dicho el padre que iba a pasar. Ahora le tocaba a él seguir con el plan. Se fue solo y a pie hasta el campamento de los bromistas.
–¡Amigos! –gritó al llegar–. ¡Buenas, buenísimas noticias! ¡Estuve buscando cómo pagarles lo buenos que fueron conmigo al darme de comer, y ahora les devuelvo el favor y mucho más! ¡Encontré una ballena en la playa! ¡Vengan, yo convido!
Para cualquier yámana, una ballena muerta era una fiesta porque significaba cientos de kilos de buena carne y grasa. Fueron corriendo.
Yookalía empezó a cortar gruesas tajadas y a repartirlas. ahí mismo encendieron varios fuegos y empezaron a asar sus porciones. Pero a las mujeres que le habían avisado lo que pasaba, les dijo:
–No coman de eso, amigas mías. Para ustedes traje otra cosa –y les dio un cauquén, uno de esos gansos salvajes de tierra del Fuego, que sacó ya asado de una bolsa.
Los demás se dieron un atracón. Yookalía insistía:
–¡Vamos! ¡Prueben otro poquito! ¿no me van a despreciar el regalo, no?
Y ellos decían:
–¡Qué bien nos vino este bobo!
A todo esto, el viejo yékamush seguía en su sueño. ahora se veía metido en los huesos casi pelados de la ballena. Entonces hizo fuerza y empezó a atraer todos los pedazos de carne que estaban en las barrigas de cada uno. Fue como un imán que los arrastró hacia la osamenta y la ballena se armó de nuevo, con los que se la habían comido, pegados por fuera. En ese momento el animal volvió a vivir, se sacudió y se fue mar adentro.
Día tras día, el agua salada achicharró a todos los burladores, que quedaron pegados como costras blancas. Por eso, desde entonces, todas ellas tienen unos parásitos blancos sobre la piel. El yékamush terminó con el sueño y pensó que su hijo siempre iba a tener
problemas con la gente. Entonces, lo convirtió en el primer chimango que existió. y por eso, hoy todos los yookalías siguen siendo malos cazadores y unos cobardones a los que asusta cualquier pajarito.