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viernes, 24 de enero de 2014

Juan de la Rodilla – Irás y no volverás (Leyendas criollas, San Luis)




Opinión:Hola, a diferencia de la reseña anterior, este libro me gusto mucho. Ambas historias las disfrute mucho leyéndolas. El genero fantástico es uno de mis favoritos y los dos cuentos lo tienen como elemento principal. En mi opinión, ambas destacan el rol fundamental que tienen los hijos en las vidas de los padres.Ademas, demuestra como la vida siempre tiene sorpresas para nosotros.
Espero que los disfruten tanto como yo lo hice...


Sinopsis:En los cuentos todo pude suceder. Por ejemplo, que "Juan de la Rodilla", el protagonista del primer relato de este libro, haya venido al mundo de una forma muy extraña... También sucede que el ingenio de un joven desbarata la más fuerte brujería, como sucede en "Irás y no volverás", el segundo cuento. Ambos cuentos son frutos del ingenio, la picardía y el humor de los puntanos. 

Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia.

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).
ISBN: 978-987-576-228-2


Juan de la Rodilla

Juan de la Rodilla, ¡qué nombre tan raro! dice mucha gente..., pero ¿hubo alguna vez un hombre que se llamara así? Sí, señor, aunque parezca cosa de cuento. Y el que tenga ganas de enterarse, ahora se va a enterar.

Cuentan en San luis que la historia empezó hace muchísimo tiempo, con una señora muy viejita que vivía en un rancho destartalado en medio del campo. Sola estaba ella, sin ningún familiar que la acompañara o la ayudara en sus cosas, así que tenía que arreglarse por su cuenta para ganarse la vida.

¿Cómo? Criando unas cabras, como tantos otros pobres. Pero a su edad y con los huesos tan doloridos como los tenía, no le era nada fácil andar llevando los animales de un lado al otro para que encontraran pasto y agua, y mucho menos pasar horas buscando a alguna cabra traviesa que se escapaba. ¡Trabajo de gente joven!

Por eso, ella no daba más y se la pasaba rezando a dios y a un montón de santos para que le mandaran un hijo que la acompañara y la ayudara.

El día del nacimiento.

Un lunes se le empezó a hinchar la rodilla izquierda. Por suerte no le 
dolía, pero de la mañana a la noche se le puso el doble de gruesa que la otra. El martes estaba peor, con la piel tirante por tanta hinchazón. El miércoles, cuando la mujer se despertó a la mañana temprano, la rodilla ya parecía un melón chico. El jueves era como un melón muy, pero muy grande y, claro, eso le hacía dificilísimo caminar. Tenía que pasar: el viernes, cerca del mediodía, tropezó y se fue al suelo. En ese momento, la piel de la rodilla se rajó y de adentro... ¡salió un chiquito!
Era como para no creerlo, pero ahí lo tenía delante de los ojos: un varoncito vestido y todo, hasta con zapatillitas. Y muy vivaracho, porque sonreía y miraba para todas partes. la viejita estaba que no daba más de contenta y decidió ponerle de nombre Juan. Por eso, apenas se supo la historia, todos lo llamaron Juan de la Rodilla.
Este Juancito no sólo había nacido de una manera rara, sino que creció rapidísimo.
En un par de días andaba correteando por la casa, a la semana parecía de 
diez años y en quince días era un muchacho, alto y fuerte.
No le tenía miedo a nada y una de las cosas que más lo divertían era espantar los pumas que se acercaban a las cabras; para él eran como gatitos.
Juan era muy bueno, además, y trabajador como él solo. Pero tenía un defecto: comía… no se puede decir que como un león, porque sería poco; tragaba tanto como diez leones juntos.
En cada comida hacía desaparecer tiras de asado o chivitos enteros, acompañados con un zapallo o con una buena olla de locro. ¿Empanadas? ¡Dos docenas como mínimo! así que por más que ayudaba mucho a la madre con la majada de cabras, se estaban quedando en la miseria. Por eso la viejita le dijo, muy apenada:
–Hijito, vas a tener que ir a buscar suerte en otra parte.
–Como digas, mamá –le contestó él.
Una noche la mujer le preparó comida para el viaje: dos panes enormes, un buen queso y dos costillares de vaca. A la mañana bien temprano, él desayunó dos jarras de leche de cabra, ensilló un caballo, cargó sus provisiones en las alforjas, montó, se despidió y se fue, con la promesa de volver pronto para atender a la madre.
Anduvo horas, a veces al trote y a veces al paso, cruzando campos y bosquecitos de chañares, y no vio a nadie más que algunos pájaros y una tortuga vieja y polvorienta, que mordisqueaba las plantas. A mediodía ya andaba lejos y tenía hambre. Paró junto a un arroyo, dejó que el caballo tomara agua, se comió medio queso y uno de los panes, durmió una siestita y siguió adelante.
Cuando ya estaba haciéndose de noche, vio a lo lejos unos bultos junto a una arboleda. Al acercarse más, vio que eran una casa en ruinas y un galpón abandonado.

El galpón misterioso.
Juan de la Rodilla taloneó al caballo para que se apurara, desmontó y miró bien el lugar. La verdad es que a cualquiera le hubiera metido miedo. El techo de la casa se había derrumbado y estaba sobre el piso, hecho un revoltijo de maderas resecas y tejas rotas; era imposible entrar. Pero el galpón estaba más entero. Puede ser que de día fuera más agradable, pero ahora, en la oscuridad cada vez más grande, la puerta abierta parecía una boca enorme que daba a la negrura de adentro. Para colmo, empezó a soplar el viento y las chapas del techo crujían como si se quejaran. Pero Juan estaba muy contento.
–¡Qué fácil me está saliendo el viaje! –dijo–. Primero, un arroyito fresco y limpio; ahora, un buen lugar para dormir.

Desensilló el caballo, se echó las alforjas en un hombro, la montura en el otro y se metió sin dudar en el galpón. Dejó las cosas en un rincón y estiró el poncho en el suelo.
–¡Lista la cama! –suspiró, muy satisfecho–. ¡y ahora, a preparar el asadito!
Muy decidido, juntó ramas, las amontonó y encendió el fuego.
Después, mientras se hacían las brasas, buscó un palo que le iba a servir como asador. Pero apenas había puesto la carne al fuego, cuando –¡puf! ¡pac!– las cosas que había dejado adentro del galpón salieron volando y cayeron dando tumbos más allá.
–¿Quién se hace el gracioso? –gritó Juan. Nada.
–¿Quién anda ahí? –volvió a pegar el grito. Silencio.
Entonces, agarró una rama encendida y entró a mirar en el galpón, pero estaba vacío. Meneó la cabeza, juntó sus cosas, las volvió a poner donde estaban y salió para vigilar el asado.
Pero cuando se agachó para dar vuelta la carne, la alforja, la montura y el poncho le pasaron volando cerca de la cabeza.
–¡Habrase visto! –bufó, y se metió otra vez a mirar. ¡Tampoco encontró a nadie!
Puso todo en el rincón y cuando salió, de nuevo pasó lo mismo. A porfiado era difícil ganarle, así que estuvo un rato largo poniendo las cosas, dejándolas, recogiéndolas cuando salían por el aire y volviendo a meterlas, una y otra vez. Al fin, en una de esas vio que el asado estaba listo.
–¡Bueno, sea quien sea, después la seguimos! –dijo. Acomodó todo junto a la puerta del galpón, se sentó encima y empezó a comer. No había terminado la primera costilla y sintió una voz lastimera que parecía venir del techo, entre los quejidos de las chapas sacudidas por el viento:
–¿Caeré o no caeré?
–¡Qué sé yo! –contestó Juan, más interesado en la carne que en el que le hablaba. Volvió a oír:
–¿Caeré o no caeré?
Juan se dio vuelta y aunque ahora había salido la luna e iluminaba que daba gusto el interior del galpón, no se veía nada.
Otra vez oyó la pregunta y contestó:
–¡Bueno, caete, pero dejame comer en paz!
En ese momento cayó el brazo de un esqueleto, con mano huesuda y todo.

Juan se encogió de hombros. Volvió a sentir la voz que seguía con la preguntita y él le dijo:
–Dale, caé, hacé lo que quieras.
Y ahora cayó una calavera, que rodó un poco y quedó con la cara mirando al fuego.
–Bueno, che, si vas a caer, caete todo de una vez, que así no vamos a terminar más.
Entonces cayó un montón de huesos, con un ruido de clac clac clac y se formó un esqueleto completo, que caminó medio inseguro hasta donde estaba Juan.
–Juan de la Rodilla, un servidor –se presentó el muchacho–. Sentate.
¿Querés un poco de asado? –le preguntó, porque la madre le había enseñado buenos modales.
–No, gracias, yo nunca como a la noche –dijo la osamenta–.
¿No te doy miedo?
–No, lo que me molesta un poco es que cuando el viento te pasa entre las costillas hace un chiflido feo. Tomá, tapate con mi poncho.
–Gracias –dijo el esqueleto, envolviéndose–. ¡Por fin alguien que no sale corriendo! Bueno, te voy a contar mi historia. Yo fui el dueño de este campo y de esta casa. ¡ah!, he sido mala persona, te digo la verdad. Por eso me quedé solo y cuando me morí, seguí penando por acá, sin poderme ir.
–¡Qué incomodidad! –Dijo Juan, mordisquendo otra costilla.
–Te ofrezco algo. Si escarbás donde te voy a decir, junto a la casa, vas a encontrar unas monedas de plata. Después, enterrame y mañana andá al pueblo y encargale al cura veinte misas para que mi alma descanse en paz. Pagale con las monedas y pedile un recibo.
Volvé a la noche y no te vas a arrepentir.
Así fue nomás: Juan buscó donde el otro le señaló, encontró las monedas, hizo un buen pozo y acomodó el esqueleto adentro; lo tapó con tierra, le puso una cruz de palo y se acostó a dormir en el galpón, tapado con el poncho.
A la mañana comió la mitad del pan y el queso que le quedaba, y fue hasta el pueblo para cumplir el pedido. Después volvió al galpón, almorzó el resto del pan y se acostó a dormir la siesta. Cuando se despertó, ya caía el Sol.
–¿Volviste, Juan? –se oyó la voz–. ¿Has cumplido el encargo?
–¡Claro que sí!
–Pensé que en una de esas te daba miedo volver.
–No, hombre, si acá es un lugar tranquilo. Pero ¿dónde estás? –quiso saber el muchacho.
–Ahora no se me puede ver, soy como un aire nomás. Mostrame el recibo.
Juan sacó del bolsillo el papel doblado del bolsillo, lo desplegó y lo puso hacia donde venía la voz.
–Muy bien –se oyó–, ¡ahora sí que voy a descansar en paz! y antes de irme, te regalo mi fortuna, por el favor que me has hecho.Pero tenés que resolver la adivinanza:
“Mañana –dice este viejo– si buscás un poquitín, vas a encontrar lo que dejo, bajo un lindo...”.
La voz se fue y por más que Juan llamó, no la oyó más. Así que asó la carne que le quedaba, cenó y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente empezó a buscar.
–¿Cuál será la palabra que falta a la adivinanza y hace verso con “poquitín”? –pensaba. En un rato se dio cuenta. atrás del galpón, entre unos cactos, crecía una planta de piquillín. Al pie del tronco había una piedra blanca, chata, y cuando la sacó aparecieron tres ollas de barro, con las bocas tapadas con unos platos polvorientos. Los levantó y vio que los cacharros estaban llenos hasta el tope de monedas de oro.
Y bueno, la historia ya está por terminar. A Juan de la Rodilla no le quedaba más que guardar el tesoro en las alforjas, montar a caballo y volver, al trote rápido, a la casa donde había quedado la viejita.
Y dicen que antes de desmontar lo primero que dijo fue:
–Mamá, ¿qué hay de comer?


Irás y no volverás

Parece ser –según cuentan– que una vez y hace mucho tiempo hubo un hombre que se ganaba la vida pescando en el río. Todas las mañanas, bien tempranito, tomaba unos mates con la señora, comía unas galletas, juntaba sus líneas de pesca, montaba una yegua blanca que tenía y se iba a probar suerte.
Pero si no hubiera sido por la chacrita donde sembraban zapallos y verduras, la verdad es que se hubieran muerto de hambre, porque el río donde el hombre pescaba no era gran cosa; sería lindo, sí, pero no llevaba mucha agua. Era poco más que un arroyo, y de ahí los pescados que salían nunca eran muchos ni muy grandes que digamos.
Por eso se extrañó un día, cuando la línea empezó a dar unas sacudidas bárbaras y para recogerla tuvo que hacer una fuerza tremenda. ¡No lo podía creer! ¡Había enganchado algo grande! tironeó y tironeó, y al fin asomó en la orilla la cabezota de un pez enorme. Era un bagre, pero del tamaño de una persona. El pescador lo arrastró afuera del agua y en ese
momento el animal abrió la boca bigotuda y le habló. Tenía la voz rara, como de persona disfónica, pero se le entendía bien:
–Mirá, hermano, si vos me dejás ir, yo te voy a ayudar –dijo–. Soltame y te cuento dónde vas a sacar mucho pescado.
–¡Está bien! –contestó el hombre, porque le parecía un buen trato y además lo impresionaba un poco la idea de comerse a un bagre conversador.
Le sacó el anzuelo con cuidado, el pez dio un coletazo y cayó al agua, pero enseguida se volvió a asomar y siguió hablando:
–Gracias, pues. Bueno, ahora seguí corriente abajo hasta que veas un sauce grande, donde el río hace una curva. Ahí hay un remanso, un pozo bien hondo donde el agua da vueltas despacio y se juntan muchos peces.
No dijo más, se zambulló haciendo un remolino espumoso y se perdió de vista en el agua.
El hombre anduvo por la orilla hasta que encontró el sauce y ahí, como le había prometido, pescó hasta cansarse.
Al otro día fue igual. Y al otro, y al otro. Pero a la semana empezó a volver a la casa con la bolsa cada vez más vacía. Hasta que una tarde, cuando ya se estaba por ir, el anzuelo enganchó otra vez al bagre charlatán.
–Ah, sos vos –dijo el pescador–. Tus promesas fueron pan para hoy y hambre para mañana, como quien dice, porque se acabó la pesca. Voy a tener que comerte.
–Si me soltás, te digo dónde vas a encontrar más pescado.
El otro le hizo caso y el pez le dijo que fuera río arriba hasta encontrar una piedra grande y de color verdoso en la orilla. Ese era el buen lugar.
La historia se repitió; hubo una semana de pescar sin parar y después, nada. Hasta que un día el bagre hablador volvió a quedar prendido en el anzuelo.
–Mirá –le dijo ahora con su voz rasposa–, no te voy a macanear. Ya has sacado casi todo el pescado del río, así que comeme a mí, nomás. Pero haceme caso una vez más.
Guardá mis dos costillas más grandes y plantalas en el suelo. Así fue. Después de comer al bagre, el hombre clavó las costillas en la tierra, y al poco tiempo alrededor le creció un jardín lleno de flores de todos los colores.
Enseguida, la señora quedó embarazada. Y la yegua quedó preñada, igual que la perra de la casa. Cuando llegó el momento, la mujer tuvo dos mellizos varones, idénticos, a los que pusieron de nombre Juan y Roque.
La yegua tuvo dos potrillos blancos, igualitos. Y la perra, dos cachorros también blancos, exactos.
Pasaron los años y los hermanos se hicieron grandes. Después de cumplir los veinte, un día Juan se despertó y le dijo a Roque:
–Tuve un sueño raro. Un bagre enorme sacaba la cabeza entre las plantas del jardín y me decía que ya era hora de que me fuera a recorrer el mundo. Que en casa iban a saber que estaba bien mientras las flores estuvieran lindas. Y mirá vos, le voy a hacer caso al sueño.
–¡Yo te acompaño! –dijo Roque.
–No, vos quedate a cuidar a los viejos.

La trampa del vaso.
Roque se puso triste porque nunca se habían separado, pero Juan estaba decidido. Ensilló uno de los dos potrillos blancos, que ahora eran caballos grandes, se despidió de todos y se fue. Lo acompañó uno de los perros mellizos, que ahora ya eran perrazos, pero nunca envejecían. Pasaron los días. Juan andaba por lugares que nunca había visto, y cada mañana Roque se levantaba y lo primero que hacía era ir a mirar las flores. Como las veía cada vez mejor, se conformaba pensando que el hermano la estaba pasando bien.
Y así era nomás. Porque conoció a una chica y se enamoraron; tanto, que quisieron casarse enseguida. El padre de ella tenía una estancia muy grande y, como quería a la hija con locura, le daba todos los gustos y aceptó que se casara de la noche a la mañana con ese muchacho pobre, pero tan simpático.
Unos días después, la pareja salió a pasear y desde lo alto de un cerro vieron a lo lejos un humo largo y finito, que subía muy derecho.
–¿Qué es eso? -quiso saber Juan.
–¡Ah! a eso le decimos Irás y no Volverás –explicó ella– porque muchos fueron para averiguar qué era, pero ninguno ha vuelto. Así que a nadie se le ocurre acercarse.
–¡Yo voy a ver qué pasa y vuelvo! –dijo el muchacho, confiado por lo bien que le había salido hasta ahora la aventura.
Fue inútil que la mujer y el suegro le pidieran que no se metiera en problemas. Al otro día ensilló el caballo y se fue.
Como siempre, lo acompañaba el perro. Encaró para donde se veía el humo y trotó hasta el mediodía. y de pronto descubrió de dónde salía la humareda: de la chimenea de una casa bastante grande. Cuando se acercó, apareció una viejita, baja y de rodete blanco.
–¡Buenos días, señora! –la saludó.
–¡Buenos días, m'hijito! –le contestó–. ¿no tenés sed, con este calor?
En ese momento, Juan se dio cuenta de que le acababa de dar una sed muy grande.
–Sí, doña, me vendría bien un vaso de agua.
–Ya te doy, ¡bien fresquita! desmontá, nomás –dijo la vieja. Se metió en la casa y volvió a salir pronto, con un vaso de agua. Pero cuando Juan se inclinó para que se lo diera, la mujer lo agarró de una oreja. apenas sintió los dedos que lo apretaban, se quedó sin fuerza y sin voluntad, y ella, que era una bruja, sin soltarlo lo metió en la casa.Adentro había un corredor lleno de puertas, casi todas cerradas. Eligió una abierta, metió a Juan de un empujón en una pieza oscura y le echó llave.
–Ya te va a llegar la hora de comer –le avisó por el agujero de la cerradura–. Por si no entendés, te aclaro: la hora de que yo te coma, pavote –y lanzando una carcajada, lo dejó solo.
Mientras, afuera el perro ladraba, enojado. La bruja no se preocupó; salió, sacó un poco de polvo rojo que tenía en una bolsita, se lo tiró y lo dejó convertido en ceniza. Con una escoba, lo barrió y lo echó en un fogón que tenía en el patio. Después le tiró otro puñado de polvo
colorado al caballo, y lo dejó hecho una montañita de arena. la juntó con una pala y la agregó a un montón de arena que había a un costado de la casa.

En busca del hermano perdido
Al día siguiente, Roque se levantó y fue como siempre a ver las flores del jardín. Estaban tan mustias que daban pena.
–A Juan le pasa algo malo –supo–. ¡Voy a ir a ayudarlo!
No perdió tiempo. Ensilló el otro caballo y le dijo al otro perro que buscara a su hermano. El animal pegó el hocico al suelo, encontró el rastro y empezó a correr, con Roque atrás, al galope.
Después de unos días, siguiendo al perro llegó a la estancia. La mujer de Juan corrió a abrazarlo apenas él se acercó a la casa:
–¡Juan! –gritaba–. ¡Por fin volviste! ¡Creí que no te iba a ver más!
Apareció el suegro, muy contento, y le dijo:
–¡Ah, muchacho loco! ¡Qué yerno me ha tocado!
“Se ve que mi hermano se ha casado con esta chica –pensaba Roque– y ella ahora cree que yo soy él; ¡claro, como somos idénticos y hasta andamos con caballos y perros iguales...! no parece que esta gente le haya hecho daño a Juan, porque está claro que lo quieren y se ponen contentos cuando creen que ha vuelto de vaya a saber dónde. Mejor que me sigan confundiendo con él, a ver si puedo averiguar qué pasó”.
Cuando le preguntaron por qué había tardado tanto, salió del paso como pudo, diciendo cualquier cosa... que había querido venir antes, pero se había desorientado... que después el caballo se había espantado y lo había perdido de vista unos días... en fin, la cuestión es que le creyeron. Para no tener que seguir hablando ni arriesgándose a meter la pata, dijo que estaba cansadísimo, comió y se acostó a dormir enseguida. 
Al otro día, invitó a la mujer a pasear, para ver si veía algo que le hiciera saber qué pasaba con el hermano. y así fue como al rato subieron al cerro y desde ahí vio el humito largo a lo lejos.
–¿Qué es eso, che? –quiso saber.
–¿Cómo? ¿te olvidaste? ¡Eso es Irás y no Volverás! ¡Si ahí acabás de ir!
–¡Pero no llegué! ¡así que voy a volver! –dijo Roque.
–¡No, por favor, que te puede pasar algo! –se desesperó la recién casada.
–Quedate tranquila, que enseguida vuelvo.
Y fue inútil insistirle. Se fue, con su caballo y el perro compañero.
De a ratos al trote y de a ratos al galope, al fin llegó a lo de la viejita, que salió a recibirlo.
–¡Hola, muchacho! –dijo, muy amable–. Bajate del caballo y tomate un vaso de agua, que tenés sed.
“Es verdad –pensó Roque–; pero ¿cómo sabe? Ha de ser bruja”. 
Le contestó:
–Y bueno, doña, ya que me ofrece...
Se bajó del caballo y, mientras ella iba a buscar el agua, él se puso a hacer como si acomodara la montura y con disimulo sacó el lazo. Cuando la vieja se le acercó con el vaso, él no le dio tiempo a nada. Le saltó encima, la agarró del rodete y en un momento la había atado a un poste, como un matambre. Enseguida sacó el facón y se lo puso en la garganta.
–¡Decime dónde está mi hermano, bruja, o te degüello acá mismo!
–Tu hermano... claro, ya me parecías cara conocida... Está encerrado en la casa. En el bolsillo tengo las llaves. Pero no me hagas nada.
Roque hurgó en el bolsillo del delantal de la vieja y encontró un llavero. Se metió en la casa y empezó a abrir todas las puertas.
En cada pieza había un prisionero. todos estaban pálidos de tanto encierro, y débiles porque los tenían sin comer hacía días. Iban saliendo como podían, despacio, medio mareados, apoyándose en las paredes. El último en aparecer fue Juan, que estaba en la pieza del fondo.
Después de abrazarse contentísimo con el hermano que lo había salvado, preguntó por su perro y su caballo. Entonces, Roque volvió adonde estaba la bruja, le puso de nuevo el cuchillo en el cuello y le dijo:
–¿Qué has hecho con los animales? ¡Hablá ya mismo, que estoy furioso!
Y la mujer le explicó que junto a la puerta, pero del lado de adentro, y colgada de un clavo en la pared, iba a encontrar una bolsita con un polvo rojo y mágico. Tenía que echar una pizca en la ceniza del fogón y otra en el montón de arena de atrás de la casa.
Eso hicieron los hermanos y así fue como del fogón apareció el perro y de la arena un montón de caballos: el blanco de Juan y los de los otros hombres.
Después, Roque le tiró un puñado de polvo colorado a la bruja, que quedó hecha un montoncito de algo que parecía harina. Sopló el viento y se lo llevó.
Los demás hombres agradecieron mucho a Roque y se fueron cada uno por su lado. Juan quiso saber cómo había hecho el hermano para encontrarlo sin que la bruja lo agarrara. El otro le contó que había encontrado a la cuñada y se había hecho pasar por él para averiguar dónde estaba. Justo entonces, el viento trajo una pizquita de la bruja hecha polvo, que le pasó por la nariz a Juan y lo puso loco:
–¿Pero cómo? –gritó–. le hiciste creer a mi mujer que eras yo, ¡me has traicionado!
Ahí mismo, sacó el cuchillo y se lo clavó al mellizo, que cayó muerto.
Enseguida, fue como si Juan se despertara:
–¡Qué hice! –gritaba llorando y tirándose de los pelos. En ese momento, de entre los yuyos salieron peleando dos lagartijas que se mordían y se revolcaban, hasta que una tiró un zarpazo al cogote de la otra y la dejó muerta. Entonces corrió hasta una planta que crecía ahí cerca, arrancó una hoja y la puso en la boca de su rival, que resucitó enseguida. Juan
hizo lo mismo con el hermano, que se levantó como después de una siesta.
La historia se acaba, por suerte para los mellizos, que ya habían tenido bastantes líos. Juan se quedó con su mujer y no volvió a irse de recorrida. Roque regresó con sus padres. Y los dos se hicieron famosos por unas rarezas que nadie entendía: nunca aceptaban un vaso de agua y cuando veían a una lagartija, se apuraban a saludarla y decirle: “¡Gracias, amiga!”.