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jueves, 23 de enero de 2014

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras – El conejito ayudante (Leyendas criollas, Córdoba)


Opinión:Hola, sinceramente no tengo nada que decir sobre este libro. Solo que no es uno de los mejores de la colección.Lamento que esta reseña sea tan corta, espero que la siguiente sea mejor. Chau
Sinopsis:Hay que tener muchísimo cuidado con este Pedro, que parece tan tonto y es más vivo que todos los que le quieren tomar el pelo. Así ocurre en el primer cuento de este libro, 'Pedro Urdemales y las yeguas voladoras', donde se las ingenia para que una linda tropilla desaparezca como por arte de magia. En 'El conejito ayudante', el segundo relato, uno tras otro van cayendo en los enredos del embrollón, que siempre se sale con la suya.

Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 (depende de la edición).
I.S.B.N : 9789875762275

Pedro Urdemales y las yeguas voladoras
¡Ay, Pedro, Pedrito Urdemales! ¿Quién no lo conoce?... Bueno, la verdad sea dicha, hay muchísima gente que no tiene la más mínima idea de quién es. Mejor para él, porque gracias a eso puede salirse con la suya.
Pedro anda siempre dando vueltas por el campo, aunque tiene su casa por algún lado. Y no es raro que hoy duerma abajo de un árbol y mañana en el lugar donde encuentra trabajo, si es que lo dejan. Los que lo han visto dicen que parece siempre en babia. A veces se queda como en las nubes, con la mirada perdida, y cuando habla tiene una voz bajita de tímido, como si se tragara las palabras que no le quieren salir de la boca.
Parece que no se da cuenta de lo desastrado que va, con el sombrerito rotoso metido hasta las orejas, la camisa medio salida del pantalón, el cinto desabrochado y las alpargatas viejas, puestas como chancletas con el talón al aire.
Y cuentan que tiene cara de inocente, de alguien de quien cualquiera se puede aprovechar. Todo eso parece Pedro Urdemales cuando se lo ve y se lo escucha por primera vez. Pero...
Dicen que cierta vez andaba buscando trabajo y así fue como una mañana bien temprano llegó a una estancia.
–¿Qué andás queriendo? –le preguntó el dueño cuando lo vio acercarse.
–Alguna changuita para hacer, patrón –contestó medio murmurando.
–Bueno, llegaste justo –dijo el hombre-. Hay que descargar esos dos camiones con bolsas de semillas que he comprado, y llevarlas al galpón. Te doy un peso por cada una.
–Está bien –se entusiasmó Pedro–. ¡Buena platita! ya mismo empiezo.
–Se arremangó la camisa, se acomodó bien el sombrero y empezó. Eran unas bolsas pesadísimas, pero se puso a trabajar sin parar. Agarraba una, se la cargaba al hombro y corría, a los tropezones, hasta el galpón. La dejaba, agarraba otra y seguía.
–Este tiene cara de pavote, ¡pero cómo trabaja!
¡Hormiga parece! –pensaba el dueño del campo.
Al mediodía Pedro había vaciado uno de los camiones. Comió un pedazo de pan que le dieron, descansó un poco y siguió. A la tardecita había acabado.
–Listo, patrón –dijo.
–Bueno, acá tenés tus dos pesos –le contestó el otro.
–¿Cómo dos pesos, si era un peso por bolsa y eran un montón?
–¿Qué te has creído? ¿Cómo te voy a pagar eso? ¿Querés que me funda? no entendiste. Un peso cada uno, dije, un peso cada camión. Dos camiones, dos pesos. Y de regalo, porque soy bueno, te convido un plato de sopa.
Pedro puso trompa de empacado, pero no dijo nada. Agarró las monedas y se fue hasta la cocina, donde le sirvieron la sopa. Comió, se acurrucó ahí mismo en un rincón y se durmió hasta la mañana.
Cuando se despertó, el patrón le dijo:
–Ya te van a servir el desayuno.
Y la cocinera le dio un jarro de mate cocido y una galleta. Cuando terminó, el hombre agregó:
–¿Estaba rico? Bueno, che, ahora vas a tener que trabajar para pagar
todo lo que comiste y el alojamiento también, porque te has quedado a dormir.
–Está bien, patrón –contestó Pedro.
–Mirá, yo te voy a dar un hacha y me vas a cortar unas plantitas que estorban en un terreno detrás de la casa.

Siete yeguas, siete cuervos.
Cuando Pedro llegó al lugar, vio lo que le tocaba hacer. ¡Qué plantitas!
Eran como diez chañares de tronco duro. Pero se puso dale que dale y así fue como hachazo va, hachazo viene, cuando ya caía el Sol, él había terminado.
Entonces descubrió algo que los árboles habían estado tapando: un potrero con siete yeguas renegridas, hermosas. Cada una tenía su cencerro porque no eran yeguas comunes sino madrinas, de esas que los demás caballos siguen. A Pedro le brillaron los ojos.
Esa noche le volvieron a dar un plato de sopa y se acostó de nuevo a dormir en un rincón de la cocina. a la mañana le dijo al dueño de la estancia:
–Patrón, como anoche tomé sopa y me he quedado a dormir, sigo en deuda con usted, ¿no?
–Así es. Y Pedro:
–¿Qué le parece si cepillo a esas yeguas lindas que tiene?
–¿Y vos entendés de caballos?
–Un poquito, nomás, como para darles una cepillada y desenredarles las crines.
–Bueno, está bien, andá. Después veo qué otra cosa podés hacer.
Pedro fue al potrero y se puso a cepillar a las yeguas. Al rato les brillaba el pelo, y no sólo les había desenredado las crines, sino que se las había recortado y les había sacado los abrojos de la cola.
“Mirá vos –pensó el estanciero–, este tonto parece que sabe cuidar los animales”. Y enseguida le dijo:
–No está mal. ahora, lo que tenés que hacer es llevarlas a otro campo que tengo por acá, porque ahí se tienen que quedar.
–Bueno patrón, si usted manda... –contestó Pedro–. Y si le parece que lo puedo hacer...
Y bajaba la cabeza como avergonzado, pero era para que no le vieran la cara de contento.
El otro le indicó dónde quedaba el campo y por quién tenía que preguntar ahí. Y le recomendó:
–Llevalas despacio, que no se cansen.
–Al tranquito nomás van a ir.
Pedro montó en una de las yeguas y se fue con las otras al paso. Pero cuando el camino dio vuelta y ya no lo podían ver desde la estancia, taloneó al animal y salió al galope tendido con toda la tropilla atrás, rumbeando para otro lado que él sabía. De pasada, vio algo que lo hizo sonreír de oreja a oreja: posados en un árbol había varios jotes, eso cuervos negros y feos, de cabeza pelada.
Al rato estaba en un campo, pero no en el que le habían dicho, claro, sino donde vivía un hombre que se dedicaba a comprar y vender todo tipo de ganado.
–¡Buenos días! –dijo, desmontando–. ¿acá por casualidad compran yeguas? –preguntó, aunque sabía bien que sí.
–Claro, hombre, eso hago –le contestó el otro. 
Y Pedro:
–Le ofrezco estas.
–¡Lindas son! –dijo el hombre–. ¿Y cuánto querés, varón?
Pedro le dijo un precio, y el otro le pidió rebaja. Regatearon un poco, pero enseguida cerraron trato. Los dos quedaron contentos:
“¡Qué baratas me las vendió!”, pensaba uno. “¡Total, no eran mías!”, pensaba el otro. Pero entonces, Pedro dijo:
–Eso sí, los cencerros no se los puedo dejar, me pague lo que me pague, don, porque son lo único que me ha quedado de mi abuelito. Los hizo él con sus propias y santas manos viejas, vea, que me emociono ahora mismo que me acuerdo.
Así que desató los cencerros y preguntó si no había algo para envolverlos. Le dijeron que podía agarrar un cuero viejo, agujereado y maloliente, que estaba por ahí tirado. Y así fue como pronto Pedro se fue, caminando apurado, con la plata en el bolsillo y los siete cencerros metidos en el paquete bajo el brazo.
Al rato, llegó cerca de donde había visto a los jotes, que ahí seguían, medio dormidos, pero atentos siempre. Entonces se apartó del camino, se tiró al suelo, desenvolvió el cuero y lo usó para taparse, sin importarle el olor fuerte. Lo hediondo justamente atrajo a los pajarracos, que se acercaron, vieron el bulto quieto entre el pasto y creyendo que era una vaca muerta, se fueron arrimando con prudencia. El más atrevido empezó a picotear el cuero, y en ese momento Pedro sacó una mano, lo agarró de las patas, lo metió abajo del cuero y le ató un cencerro al pescuezo. Cuando lo soltó, el cuervo se alejó a los saltos, asustado, y voló como pudo hasta la rama de un árbol. lejos no pudo ir, por el peso que llevaba en el cuello. Se animó otro jote al picoteo, y le pasó lo mismo. Y a otro, y a otro y a otros más hasta que a Pedro se le acabaron los cencerros así quedaron los cuervos en la rama, cada uno con su campana.
Pedro se fue derechito para la estancia y cuando faltaba poco para llegar, empezó a correr.
Entró a los gritos:
–¡Socorro! ¡Socorro!
–¿Qué es este alboroto? –quiso saber el patrón, alarmado.
–¡Cosa del diablo! –decía Pedro Urdemales, agarrándose las alas del sombrero y calzándoselo hasta las cejas.
–¿Qué te pasa, tonto, que estás gritando así?
–¡No me lo va a creer!
–¿Qué cosa?
–Lo que ha pasado. Véalo usted con sus ojos, don, venga, venga, por favor se lo pido.
Y salió corriendo con el otro que lo seguía extrañado. Cuando llegó al árbol de los cuervos, dijo:
–Mire, mire sus yeguas madrinas.
El patrón abrió grandes los ojos y la boca.
–Cuando iba para su otro campo, se apareció un hombre con barbita de chivo y ojos raros, y me dijo “dame esas yeguas”. Y yo le dije: “ni loco, ¿no ve que me las encargó el patrón?”. y él me contesta: “¿ah, no?”, y va y hace así con la mano y se oye un “Puf” y las convierte en pájaros. ¡Ha de haber sido el mismísimo diablo en persona! Vea, solo los cencerros les han quedado, animalitos de dios. Mejor me voy, patrón; disculpe la ingratitud de no acompañarlo en su desgracia, pero no puedo con tanta tristeza. ¡Ay, las yegüitas!
Y mientras se iba, Pedro se secaba las lágrimas, que parecían de pena y eran de risa.

El conejito ayudante
Dicen que una vez había uno al que llamaban Pedrito el tonto. Así le decían los que lo conocían de vista nomás, porque la verdad es que tontería era una cosa de la que él no tenía ni un poquito así.
Parece que un día la mujer de Pedro se puso pesada y lo empezó a cargosear mucho: que hacía falta arreglar el techo de la casa porque goteaba cuando llovía, que la cama tenía una pata rota, que precisaban frazadas nuevas porque se venía el invierno y las que tenían estaban todas apolilladas, y que si esto y que si aquello otro. Y le echaba en cara al marido que era un vago, que se la pasaba tomando mate tranquilo, panza arriba, todo el día sin trabajar, y por eso ellos sufrían tantas necesidades.
Hasta que Pedro se levantó –porque estaba tomando mate tranquilo panza arriba nomás– y le dijo que no se pusiera nerviosa, que él ya iba a conseguir plata para todo lo que hacía falta y les iba a sobrar también. Agarró un bolsito, juntó un poco de ropa, se despidió de la mujer y se fue a buscar ganancias.
Al otro día, Pedrito llegó a un campo y vio un letrero que decía: “Se venden chanchos y lechones”. Abrió la tranquera, entró, pasó junto a un corral donde había varios de estos animales olorosos y se acercó a la casa. Golpeó las palmas de las manos para avisar que estaba y así fue como de adentro salió un hombre, muy grandote y con cara de mal humor:
–¿Qué andás buscando, rotoso? –le dijo como saludo.
Pero Pedrito no se ofendió. Se sacó el sombrero, se inclinó para saludar y le dijo, muy humilde, que quería trabajar. El otro lo miró de arriba abajo, frunciendo las cejas peludas, y le dijo:
–¿Y entendés de chanchos, vos?
–Me he criado haciendo eso –le contestó.
–Mmm... a ver, te vamos a probar.
–¿Y cómo es la paga?
–Según cómo trabajés. ¡A ver, menos pretensiones y a moverse!
Y así fue como Pedrito empezó a trabajar con ese hombre. En una semana le tocó hacer de todo: dio de comer a los animales, arregló un alambrado, fue de compras al pueblo, limpió un gallinero, instaló una cañería nueva que traía agua desde el molino, pintó el galpón... y cada vez que preguntaba cuánto le iban a pagar, el otro le decía:
–Ya vamos a ver. te tengo que probar mejor. ¡Menos pretensiones y a moverse!
A las dos semanas, el dueño del criadero ya le había encargado todo el trabajo, pero todavía no le había pagado un peso. Un día, a la mañana, le dijo:
–Me voy a visitar a unos parientes. Vuelvo a la tarde. Vos encargate de todo y no pierdas tiempo, abriboca –y se fue.
Al rato de haberse quedado solo, Pedrito abrió la puerta del chiquero e hizo salir a todos los chanchos. Después los fue arreando para la tranquera, la abrió y se los llevó del campo. Caminando, caminando, al ratito estaba en el pueblo y se fue derecho a ver al carnicero.
–¿Necesita chanchos y chanchitos? –preguntó.
–Justamente sí, porque vienen las fiestas y tengo muchos pedidos de lechones y chorizos.
–Bueno, tengo lo que necesita y se lo dejo a mitad de precio si me paga ya y me deja las colas.
Al carnicero le pareció raro, pero el negocio le convenía y aceptó.
Pedrito volvió al campo con mucha plata en el bolsillo y un manojo de colas en cada mano. Una cuadra antes se puso en cuclillas, junto a un barreal que se había formado a un costado del camino, y ahí se entretuvo plantando los rabos uno por uno, bien prolijamente. Después, se fue silbando bajito para la casa del patrón y esperó junto a la tranquera a que volviera.
Cuando el otro apareció, Pedrito puso cara de angustia, se retorció las manos y se le acercó lloriqueando:
–Ay, ¡qué desgracia! –decía, haciendo fuerza para soltar unas lágrimas–.
¡tanto que los he cuidado!
–¿Qué pasa? –preguntó el hombre, alarmado.
–¡Los chanchos! ¡usted dejó mal cerrada la tranquera, ellos se han escapado y salieron disparando como locos al camino!
Y después se han caído en el barreal y se han hundido. Las colitas asoman, nomás.
El dueño salió corriendo y cuando vio las colas enruladas que asomaban del barro, agarró una y tiró con todas las ganas. Claro, se quedó con el rabo en la mano y cayó sentado. Se paró y probó con otra, pero siempre le pasó lo mismo.
–Es que usted ha tirado con mucha fuerza –le dijo Pedrito, meneando la cabeza–, y el chancho es un bicho más delicado de lo que parece. ¡ahora sí que nos embromamos, don!
–¡Mirá, mandate a mudar ya mismo, inútil, que has dejado que los animales se escaparan! ¡no te quiero ver más! ¡y no vas a cobrar un peso de sueldo!
Pedrito puso cara de compungido y se fue, diciendo:
–¡Como usted mande, patrón!
Después de eso, pasó por su casa, le dio la plata a la mujer y le dijo:
–Mandá a hacer los arreglos que quieras y comprá todo lo que se te antoje. Yo voy a seguir haciendo negocios.

La planta de virtud.
Antes de irse, se llevó un frasco de cola de pegar y una maceta, y de paso cortó una rama del árbol que tenía junto al rancho. Era un jacarandá, que en esa época del año no tenía las flores azules tan bonitas, sino los frutos nomás, que son unas vainas redondas y chatas.
Lejos de la casa y junto al camino, llenó de tierra la maceta, plantó la rama, le cortó con mucha prolijidad la mitad de las vainas y en cada uno de los cabitos que quedaban pegó una moneda. Después, se sentó a esperar.
Al rato pasó un hombre que por la ropa se notaba que era de la ciudad, y en ese mismo momento Pedrito se puso a llorar. El otro se paró.
–¿Qué te pasa? –quiso saber.
–Que mi abuelo el brujo me ha dejado acá olvidado. Me puso a cuidar su planta de virtud y no ha vuelto.
–¿Qué es eso de la planta de virtud? –se rió el otro.
–Una planta mágica –le contestó–. Que convierte las vainas en monedas.
–¿A ver, che? ¡Pero es cierto! ¡acá salieron cinco monedas! ¿Y cuántas da?
–Uh, cada cuarto de hora sale una de un peso, y dos veces al día larga una de esa cosa blanca... ¿cómo se llama? Brillante es.
–¿Plata?
–¡Eso! –dijo Pedrito.
“Este es el zonzo más zonzo que he visto”, pensó el otro.
–Y también da otra moneda grandota de eso amarillo, ¿cómo se dice?
–¿Oro, será?
–¡Eso! Pero es un clavo esta planta; a mí me tiene harto, porque hay que andar regándola todo el tiempo.
–Yo te la compro.
–No, que se va a cansar de ella, como yo.
–La quiero.
–No, que mi abuelo se va a enojar.
–Despreocupate, porque yo te la voy a pagar bien.
Y tanto porfió el hombre, que al fin él aceptó dársela a cambio de todos los billetes que tenía, el anillo, el reloj y una cadenita de oro que llevaba colgada al cuello.
Se separaron y Pedrito corrió a su casa.
–¡Hice más negocios, ahora con plantas!
–Le dijo a la mujer, dándole la plata.
Entonces revolvió en la casa hasta que encontró un calentador chiquito y una pava vieja, y se los llevó.
Se fue al campo, a un lugar por donde siempre pasaban arrieros con ganado, hizo un pocito, encendió el calentador adentro y le puso arriba la pava con agua. Al rato vio la polvareda que levantaban dos que venían a caballo con muchas vacas. Pedrito se apuró a tapar el calentador con tierra y dejó encima la pava.
Cuando los hombres se acercaron, él empezó a pegarle despacio con una ramita.
–¿Qué andás haciendo? –quisieron saber los arrieros.
–Preparando el agua para unos mates.
–¡Jua, jua! –se burlaron–. ¿y no será mejor si prendés fuego?
–No, ¿para qué? no hace falta. Esta es mi pavita hervidora y calienta agua sin brasas ni llamas. Hay que pegarle unos golpecitos, nomás. ¡Como que me llamo Pedrito!
Los hombres se hicieron muecas divertidas entre ellos y uno se bajó del caballo.
–¿A ver, che? ¿ya está lista? –pero apenas puso la mano, la sacó enseguida. Se había quemado.
–¡Es verdad! –le dijo al otro–. ¡Vieras cómo está de caliente!
–Esto es practiquísimo para la gente que viaja mucho. ¡no hay que andar perdiendo tiempo en encender fuego! Se llena con agua, se le dan unos golpecitos con cualquier palo y listo. Ah, lo que es yo, ¡ni loco me deshago de mi pavita hervidora!
Resumiendo: tanto se entusiasmaron los arrieros, que le dieron tres terneros gordos a cambio de la pava. Él se las dejó con la recomendación de que esperaran dos horas para hacer la prueba, porque si no, se podía descomponer.
En ese tiempo, vendió los animales en un campo, se escondió la plata en las alpargatas y se fue muy satisfecho para la casa. Se había hecho de noche y él iba tranquilo y distraído, cuando de entre unos árboles saltaron dos hombres y lo agarraron. ¡Eran los arrieros, que lo habían seguido, furiosos!
–Muchachos, por favor, les suplico, háganme cualquier cosa menos tirarme al río, que me da miedo –les pidió.
–¡Qué buena idea nos das! –le contestaron–. ¿Ves? Eso es justo lo que vamos a hacer mañana, cuando salga el Sol, para ver bien cómo te hundís.
Montaron a caballo, llevándolo a él atado como un matambre, y fueron hasta el río. Ahí desmontaron, lo metieron en una bolsa, desensillaron los animales y se echaron a dormir. Pero Pedrito consiguió soltarse y salir de la bolsa. Entonces agarró las dos monturas de los hombres y las puso en su lugar. ató la bolsa y sin hacer ruido cruzó el río nadando para esconderse en la otra orilla.
Al amanecer, los arrieros agarraron la bolsa y la revolearon al agua, mientras gritaban:
–¡Adiós, Pedrito el tramposo!
Y él desde el otro lado se dejó ver y gritó:
–¡Adiós, monturas hermosas!
Después de eso, corrió como loco, muerto de risa, escuchando a lo lejos los gritos de los dos arrieros.
Volvió a su casa y la mujer se quedó de nuevo admirada con sus ganancias.
Pero la suerte a veces se acaba y así fue como un día le contaron en el pueblo que cuatro forasteros lo andaban buscando: uno muy grandote y de cejas peludas, otro con pinta de hombre de la ciudad y dos más que parecían gente de campo.
Pedrito pensó un poco y decidió hacer la mejor jugada de su vida. Sin perder tiempo, fue a ver a una señora que criaba conejos y le compró cuatro igualitos, todavía chiquitos, todos blancos. Después, fue a la disparada hasta la pulpería del pueblo y le dijo al dueño: –Voy a venir con cuatro amigos. Cuando lleguemos, usted sirva una buena picada con aceitunas, maníes y cubitos de mortadela y queso. Le dejo todo pagado.
Enseguida, corrió a la casa y le dijo a la mujer: –En un rato vengo con cuatro amigos. Prepará unas buenas empanadas.
De paso, se puso una campera y guardó los conejitos en los bolsillos, que eran bien grandes; por eso, de afuera no se notaba que ahí estaban los animales. Entonces fue a lo de un vecino que vendía sandías y le pidió: –En un par de horas vengo a buscar una sandía. Téngala bien fría. Acá se la pago.
Por fin fue al pueblo y se sentó debajo de un árbol a esperar. Al rato aparecieron los que lo buscaban. Como pensaba, eran el chanchero –al que se le había ocurrido escarbar en el barro con una pala y había descubierto que allí no había ningún chancho enterrado–, el comprador de la planta de las monedas y los arrieros.
–¡Te encontramos, Pedrito de porquería! –gritaron, rodándolo y sacando unos cuchillos enormes–. ¡Ahora no te vas a burlar más de nadie!
Él bajó la cabeza y les dijo: –Señores, yo sé cuando he perdido. Pero a todo condenado se le concede un último deseo. Quiero comer una picadita. No me voy a escapar, vengan conmigo, que yo convido.
Y ahí sacó un conejito y le dijo: –a ver ayudante, vaya a ver al pulpero y dígale de mi parte que prepare una picada para cinco.
Lo soltó y el animalito se perdió de vista corriendo por el pasto crecido de un baldío.
–Vamos a la pulpería.
Los otros esperaban cualquier cosa, pero se quedaron con la boca abierta cuando entraron en el negocio y vieron que el pulpero estaba poniendo en el mostrador unos platos con mortadela, queso, maníes y aceitunas.
–Su pedido está listo –dijo.
–Esto es una casualidad –contestó el hombre de la ciudad.
–Esto es saber entrenar a un animal –contestó Pedrito–. Acompáñenme en mi última picada.
Mientras comían, el hombre de los chanchos dijo:
–No te creo.
–Hagamos otra prueba –y entonces Pedrito sacó el segundo conejo.
–¿Cuándo volvió, que no lo vimos? –le preguntaron.
–Ah, es que este conejo es más rápido que el ojo. Bueno, ayudante, corra y dígale a mi señora que voy con gente y que prepare empanadas.
Fue a la puerta y soltó al conejo, que salió corriendo para cualquier parte.
–¿No me creen? Bueno, vamos a mi casa.
Y fueron, nomás. Cuando entraron, la mujer dijo:
–¡Ah, llegaron las visitas! Pónganse cómodos, que ya traigo las empanadas.
Todos comieron, pero el chanchero dijo:
–Yo sigo desconfiando.
–Hagamos una prueba más –y sacando el tercer conejo, le mandó.
–A ver, conejito ayudante, corra a decirle al vecino que prepare una
sandía bien fría, que voy para allá.
Lo soltó y el conejo se fue disparando para cualquier parte.
Cuando llegaron a lo del vecino, en una fuente ya estaba esperando una
sandía bien helada y cortada en tajadas.
–Este conejo es una maravilla –dijo el hombre de la ciudad–. Te lo compro.
–¿Y para qué quiero plata si me van a matar? –contestó Pedrito, encogiéndose de hombros y sacando el último conejito del bolsillo.
–Esas bromas son cosas del pasado, quedan olvidadas –le aseguraron.
–No lo vendo, le tengo mucho cariño –dijo Pedro, dándole un beso al animalito.
Pero los otros le ofrecieron más y más plata, y él aceptó.
Decidieron pagarlo entre todos y después resolver quién se lo quedaba. Pedrito volvió a la casa lleno de plata y le dijo a la mujer:
–Me parece que es hora de mudarnos a otra provincia.
Y así fue. Pasaron los años y Pedro se hizo muy viejo. Un día se murió y su alma fue al Infierno. Golpeó la puerta y un diablo le abrió:
–¡Pedrito! –exclamó al verlo. Pero de adentro salió una voz que decía:
–Acá no lo queremos. Es demasiado embrollón. Se fue al Paraíso y San Pedro le abrió la puerta:
–¿Pedrito? ¡no, m’ hijo, con tantos pecados usté acá no entra!
Pero él se le escabulló por abajo del brazo y se metió corriendo.
–¡Convertite en piedra! –gritó el santo portero.
–¡Pero que sea con ojos para ver y oídos para escuchar! –alcanzó a agregar Pedrito y así fue como al final de cuentas acabó disfrutando en el Paraíso.