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miércoles, 22 de enero de 2014

Un domingo 7 – El herrero Miseria (Leyendas criollas, La Rioja)


Opinión:Hola, a diferencia del anterior, este libro se convirtió en uno de mis favoritos de la colección. Me gustaron los 2 cuentos . Ambos me causaron mucha gracia y comparten un tema en común:LA HUMILDAD.
En el primer cuento, yo yo había escuchado el dicho "ya salio con un domingo 7" pero no sabia que existía un cuento, que respaldara la frase; así que fue un descubrimiento en lo personal. En cuanto al segundo cuento, tenia una vaga idea de lo que trataba...
Creo que hasta hay un chiste que trata sobre este cuento pero no estoy segura.
Bueno, no me queda mas que decir de este libro, asi que me despido hasta el siguiente post.
 Chau :)
Sinopsis:Entre cerros y montes, dicen en La Rioja, uno puede encontrarse cualquier día -o lo que es peor, cualquier noche- con una partida de diablos cantores. ¿Será posible caerles en gracia? De eso habla "Un domingo siete", primero de los dos cuentos tradicionales riojanos de este libro. "El herrero Miseria" es el segundo relato, que nos trae las ingeniosas andanzas de un hombre más astuto que... el Diablo. 
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 

Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo
Ilustraciones: Aldo Chiappe y Alberto Pez
Páginas: 64 páginas (depende de la edición).

I.S.B.N : 9789875762268

Un domingo 7
Según cuentan, una vez hubo dos hombres que eran muy amigos. Tan amigos,que cuando uno tuvo el primer hijo, quiso que el otro fuera padrino de bautismo del chico. Así que, además de ser amigos, se hicieron compadres. Tenían eso en común, pero nada más. Porque desde entonces, al que había sido padre le empezó a ir cada vez mejor. En la chacra tuvo una cosecha de locos, que le hizo ganar mucha plata. Con eso compró unas cabras. Los animalitos daban tanta leche que no se podía creer, así que para aprovecharla se le ocurrió hacer quesos. ¡Un éxito total! Venían de la Capital a buscarlos. Así pudo comprar más tierra, plantó nogales y antes de lo que hubiera creído le empezaron a dar unas nueces gordas como ciruelas. Bueno, la cuestión fue que, negocio va, negocio viene, se hizo riquísimo en poco tiempo.
Al otro, en cambio, por más que se deslomara sembrando el campo, siempre algo le salía mal: cuando no eran bichos que le arruinaban la cosecha, eran ratones que le comían todo, o lo agarraba una sequía. Consiguió una cabra, pensando hacer como el compadre, pero estaba tan flaca que no daba una gota de leche y no hacía más que comer los pocos yuyos que crecían en ese campo lleno de mala suerte.
Al fin, desesperado, le fue a pedir ayuda al amigo rico. ¡Para qué! El otro, cuanto más ganaba, más avaro se hacía. Juntaba y juntaba plata y no le daba una mano a nadie. Ni al mismísimo compadre.
-Será que sos un vago y no querés trabajar -le dijo cuando el pobre lo fue a ver-. Yo no te presto nada. Cada uno se tiene que arreglar por su cuenta.
El hombre se fue amargadísimo y tuvo que vender la chacra para pagar deudas. No le quedaba más remedio que ir a probar suerte en la ciudad. Juntó en una bolsa la poca ropa que tenía, se preparó un pan con queso para el camino y empezó el viaje a pie porque no tenía ni una moneda para el ómnibus.

Un encuentro de terror
Caminó y caminó y caminó, hasta que se hizo de noche. Como no le gustaba dormir al aire libre, se apartó de la ruta para meterse debajo de un árbol que vio en el campo, a unos metros de distancia y junto a unas piedras grandes. Ahí se sentó, estiró los pies cansados y comió la mitad del pan con queso. Se estaba empezando a dormir, cuando oyó unas voces que se acercaban. Era gente que venía de jarana, con mucha risa. ¡Pero qué voces y qué risas raras! Miró y vio que traían un farol para alumbrarse. Y gracias a esa luz, descubrió que los que venían tenían cuernos y colas largas. ¡Eran todos diablos!
Iban derechito hacia donde estaba el pobre hombre, que entonces se dio cuenta de que había ido a meterse justo en el lugar de reunión de la diablada. Si salía corriendo, lo iban a ver, porque estaban en medio de una pampita pelada, sin nada para esconderse. Así que hizo lo único que podía: se trepó al árbol. Por suerte la planta tenía muchas ramas y hojas, y ahí quedó, bien tapado. Los diablos llegaron y se sentaron debajo de él, que desde arriba los espió con cuidado. ¡Qué feos eran!
Cuernos retorcidos, caras coloradas, narices con verrugas, orejas en punta, dedos flacos con uñas largas y unas colas escamosas que daban asco. Feos, pero con ganas de cantar, porque empezaron a hacer palmas y a entonar con voces horribles una copla que decía así:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
Y ahí se pararon. Bajaron los brazos como desalentados, miraron el suelo en silencio y el que parecía el jefe dijo, meneando la cabeza:
-No hay caso, falta algo. Probemos de nuevo -y todos volvieron a cantar:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
Pero llegaron al mismo punto y no supieron cómo seguir.
-¡Parece mentira! -protestó el diablo jefe-. ¡no nos sale y no nos sale! A ver, de nuevo.
Y cantaron la copla una vez y como diez más, pero siempre pasaba lo mismo. Entonces, el jefe dijo:
-¡No nos vamos de acá sin completar la letra!
El hombre pensaba, escondido entre las ramas: “Si no hago algo, vaya uno a saber cuándo acaban estos. Además, al salir el Sol me pueden ver”.

 Así que cuando repitieron de nuevo su maldito:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y...
...él se animó y, poniendo voz de diablo, agregó: -¡...y sábado seis!
-¿Cómo? -pegó un alarido el jefe diablo-. ¿Quién dijo eso?
¿Vos? -le preguntó a un demonio rechoncho que tenía al lado, sacudiéndolo por los cuernos.
-No, yo no he sido -le contestó, asustado.
-¡Fuiste vos! -gritó señalando a otro diablo esmirriado que estaba más allá.
-¡No, para nada! -dijo el flacucho, temblando.
-¡Ninguno de nosotros fue! -gritaron los demás.
Entonces, el diablo mayor levantó el farol y miró para todos lados. Así fue que vio, entre las hojas, cómo se asomaba la punta del pie de quien estaba escondido.
-¡Te vi! -aulló el diablo-. ¡Bájate de ahí!
Pero el hombre, claro, no le hizo caso. Entonces, los diablos se estiraron y le agarraron el pie. Tiraron y tiraron y se quedaron con la alpargata en la mano. Lo manotearon de nuevo y después de unos sacudones lo que consiguieron fue una media remendada. Pero al fin le pescaron un tobillo y lo bajaron.
El hombre creyó que iba a morirse de miedo, pero en ese momento el diablo levantó los brazos y gritó:
-¡Eso estuvo maravilloso! ¡“Sábado seis”! ¡Eso es poesía pura! ¡Eso es hermosura! ¡Eso es lo que estábamos buscando! -y mirando a los demás, les mandoneó:
-¡Aplaudan, caramba! ¡no se queden ahí mirando! aplaudieron a rabiar, gritaron entusiasmados, levantaron al hombre en andas y lo hicieron dar siete vueltas alrededor del árbol, repitiendo:
-¡Viva el poeta! ¡Viva el poeta!
-¡Gracias, gracias! -dijo el homenajeado, cuando se calmaron un poco-.
Pero ahora los dejo, porque se me hace tarde. No va a faltar oportunidad de que nos encontremos otra vez a cantar un poco.
-¡No señor! -dijo el diablo jefe-. Vos no te vas a ir así nomás...
El hombre creyó que se desmayaba.
-¡No te vas a ir sin un regalo! -y ahí mismo chasqueó los dedos, hubo un relumbrón y una humareda y aparecieron un hermoso caballo ensillado y dos mulas negras, cargadas con unas enormes alforjas llenas de monedas de oro y plata.
Los diablos lo acompañaron hasta el camino, se despidieron y le recomendaron que no dijera a nadie qué había pasado ni dónde se reunían ellos.
Así fue como el compadre pobre cambió de planes y decidió no irse nada a la ciudad, sino volver a su tierra. Con parte del regalo compró de nuevo la chacra y todos los campos de alrededor, los hizo sembrar, los llenó de ganado y mandó construir una casa grandísima.
Cuando el compadre rico se enteró, lo fue a visitar para saber de dónde había salido tanta abundancia. Como el otro no le quería contar, se hizo el ofendido:
-¡Qué cosa! Somos como hermanos, te he nombrado padrino de mi hijo y ahora no me tenés confianza...
Y al fin el otro, que era un ingenuo, le contó la historia, con todos los detalles.

El famoso domingo.
Al día siguiente, el egoísta se fue caminando por donde su compadre le había dicho. Encontró el árbol, se subió y esperó a que se hiciera de noche.
De pronto oyó las risas horribles y las voces espantosas y vio la luz del farol que se acercaba, con todos los diablos atrás.
Se sentaron abajo del árbol y el jefe ordenó:
-Bueno, ¡larguemos! -y todos corearon la copla:
Lunes uno, martes dos, miércoles tres y jueves cuatro. Viernes cinco y sábado seis…
Y en ese momento, el que los espiaba cantó con todo su entusiasmo: ¡y domingo siete!
-¿Cómo? -exclamó el diablo mayor-. ¿Quién dijo eso?
-¡Yo! -gritó el hombre y se dejó caer, muy sonriente, en medio de todos ellos-. Yo lo inventé.
-¿Domingo siete? -murmuró el jefe, tironeándose la barbita.
-Sí, siete. Domingo siete.
-¡Pero eso es horrible! ¡Eso estropeó la copla! -gritó el demonio.
Ahí nomás lo molieron a golpes. Cuando se cansaron, el jefe chasqueó los dedos y lo convirtió en lagartija.
Y esa es la razón por la cual desde entonces, cuando alguien dice algo inoportuno o quiere hacer algo que no conviene, se comenta que “salió con un domingo siete”.


El Herrero Miseria
Hace mucho, pero lo que se dice muchísimo tiempo, hubo un herrero que tenía su fragua junto a un camino, en un lugar medio perdido en el campo. El hombre ya era bastante viejo, pero siempre se ponía a trabajar apenas le llegaban clientes, aunque no eran muchos en la zona, donde pasaba poca gente y vivían unos pocos, aparte de él.
Como el hierro para trabajar le salía muy caro y el herrero nunca tenía plata para comprarlo, se la pasaba juntando cualquier pedazo de metal que encontraba tirado por ahí.
-¡Es por si algún día me sirve! -explicaba.
Tres o cuatro clavos oxidados, una manija rajada, un cuchillo partido, un martillo sin mango, una argolla torcida, un bollo de alambre enredado, todo le venía bien y todo lo echaba en un montón que tenía en un rincón del taller.
Por eso, y porque era tan pobre, los pocos vecinos que tenía le habían puesto un apodo que a él no le molestaba: herrero Miseria.
Una tardecita, cuando caía el Sol, el herrero oyó los pasos de un animal que se acercaba. Salió a mirar y vio que, derecho para el taller, venía una mula flaca que traía montados a dos viejitos barbudos: uno, flaco y de pelo largo; el otro, más bien gordito, bajo y bien pelado.
-¡Buenas tardes, amigo! -lo saludaron.
-Que sean buenas -contestó él. Y enseguida, como era un hombre muy educado, les ofreció:
-Desmonten, nomás, ¿gustan tomar unos mates?
-No, hijo, gracias -dijo el flaquito-. Lo que andamos precisando es ayuda. Porque la mula perdió una herradura y nos han dicho que podés hacerle una nueva.
-¡Cómo no! -dijo el herrero-. En un momento.
-Pero el problema, hijo -siguió el recién llegado-, es que no tenemos dinero para pagar.
El herrero los miró, pensó que eran mucho más pobres que él y les contestó:
-Lo importante es que puedan seguir viaje. Ya me pagarán alguna vez y sino, no importa.
Y ahí nomás empezó a rebuscar en el montón de hierro viejo y sacó una varilla. Le dio fuerza al fuego de la fragua echándole aire con el fuelle, calentó el metal al rojo, lo puso sobre el yunque y empezó a pegarle con el martillo para darle forma. En un momento, tenía la herradura lista. Le agarró la pata a la mula y se la puso.
-¡Qué bien! -dijo el viejito flaco-. ¡Qué buen trabajo! Pero lo más importante es que te has puesto a ayudar a dos desconocidos que no te iban a pagar.
Entonces, habló el peladito:
-Nos presentamos: él es dios y yo, San Pedro, que andamos de recorrida por el mundo.
-Y por tu generosidad -siguió dios-, te vamos a recompensar con tres cosas que pidas.

Tres regalos del Señor.
A espaldas de dios, San Pedro empezó a hacer gestos señalando hacia arriba, para que el herrero pidiera como premio ir al Cielo.
Pero Miseria no le llevaba el apunte. Pensaba y pensaba, y al fin, dijo:
-Lo primero que me gustaría es que el que se siente en esa silla no se pueda parar sin mi permiso.
-¡Concedido el deseo! -dijo dios.
San Pedro daba saltitos, apuntando para arriba. Pero el herrero no le hizo caso y agregó:
-Lo segundo que quiero es que el que se suba a esa planta de nogal, no se pueda bajar si yo no lo dejo.
-Bueno, si es tu deseo... está bien -contestó dios.
Y San Pedro, por atrás del hombro de dios, le decía con los labios:
“¡Pedí el Cielo!”. Pero el otro quiso ahora:
-Y lo tercero es que el que se meta en esa bolsa que está colgada del gancho en la pared, no pueda salir si yo no quiero.
-¡Hecho! -dijo dios. y como se dio vuelta y vio que su compañero fruncía las cejas y ponía mala cara, le dijo:
-Pedro, él tiene derecho a elegir lo que quiera.
Los visitantes se despidieron, montaron en la mula y se fueron al pasito tranquilo. El hombre se quedó mirando cómo se alejaban y cuando los perdió de vista al doblar una curva del camino, hizo una prueba. Sentó en la silla a un perrito que tenía y esperó. Al rato, el animal se quiso tirar al suelo, pero parecía pegado a la madera. Lloriqueaba y hacía fuerza, pero no podía dejar el asiento. El hombre se rió, le dijo que le daba permiso para bajar y el perro se fue apurado, con la cola entre las patas. Miseria se reía:
-¡Bueno, mirá vos lo que conseguí a cambio de una herradura!
¡Lindas bromas puedo hacerle ahora a cualquiera!
Pero pensó un poco y al rato dijo:
-La verdad es que he estado hecho un zonzo. ¡Podría haberles pedido ser rico!

Se puso de muy mal humor y se pasó la semana protestando.
-¡Rico tendría que ser ahora!
¡Cualquier cosa daría por ser rico!
¡Ah, si tuviera de nuevo la oportunidad, no sería tan pavote!
Hasta que una tardecita oyó el paso tranquilo de un animal.
-¡Volvieron! -gritó el herrero.
Pero no eran ellos. Ahora, montado en un caballo renegrido y con ojos de loco, venía un hombre de barbita puntiaguda, con sombrero negro, botas negras y poncho negro. Saludó, desmontó y en ese momento Miseria vio que por abajo del poncho le salía una cola larga.
-¡El diablo! -se le escapó, y retrocedió asustado.
-El mismo, para servirte -contestó el otro, sacándose el sombrero y dejando ver unos cuernitos-. Para servirte y hacer negocios.
-Yo... yo no vendo nada... Soy un pobre herrero nomás -dijo Miseria, con la boca seca por el miedo y temblando.
-Pero mi amigo, siempre hay algo para vender -se rió el diablo-. ¿no andás hace días diciendo que darías cualquier cosa por ser rico? Mirá lo que te ofrezco: un baúl lleno de oro y un año entero para gastarlo.
-¿Y después?
-Después, te paso la cuenta: tu alma. En un año justo, mando a uno de mis empleados para buscarte y te venís para siempre conmigo. No hay mucho que pensar: ¡todo un año para disfrutar tanta riqueza!
-No me convence -dijo Miseria.
-Mirá, vamos a hacer una cosa: te doy dos baúles llenos de oro.
-Tres.
-Bueno, tres.
-Y tres años para gastarlos.
-Dos o nada.
-Acepto -dijo el herrero.
-Muy bien, entonces, acá está el oro.
Miseria se dio vuelta y vio que en el lugar de la pila de hierro viejo había tres baúles abiertos, llenos de oro tan brillante que iluminaba todo el taller.
-Y ahora, vamos a hacer el contrato. lo traje preparado -dijo el diablo. De la manga, sacó un rollo de papel, y de un bolsillo, una pluma y un tintero. Se los alcanzó al hombre.
-Firmá acá, por favor -dijo.
Apenas Miseria firmó, el visitante desapareció en el aire, con caballo y todo, y él se quedó solo con su riqueza.
Al día siguiente ya estaba gastando. Se dio todos los gustos, comió de lo mejor, se vistió como un príncipe y se hizo construir una casa lujosa. 
Claro, a medida que pasaban los dos años, se iba poniendo tristón. ¡ni quería mirar el almanaque! ¿Qué iba a hacer cuando el diablo mandara a buscarlo?, se rompía la cabeza pensando. Y al fin llegó el día. Se oyeron unos golpes en la puerta y Miseria se hizo el zonzo. No abrió.
Pero de afuera le gritaron:
-¡Salí, ya sé que estás adentro!
No tuvo más remedio que abrir. Había un diablo parecido al otro, pero más jovencito, con el contrato en la mano.
-Me manda el patrón a buscarte. Este papel dice que tenés que venir.
-Ya sé -contestó el herrero-. Bueno, ¡qué vamos a hacer! Voy a buscar el poncho para el viaje. Sentate un momento, mientras me esperás -y le ofreció la silla vieja que antes tenía en el taller.
El diablo joven se sentó y enseguida volvió Miseria, emponchado y con el sombrero puesto.
-Bueno, vamos -dijo.
Pero cuando el otro se quiso parar, no pudo. Estaba pegado al asiento. Forcejeó y se sacudió y bufó, pero no había caso.
-¿No podés pararte? Bueno, pero ojo que entonces no es culpa mía si no vamos con tu jefe. Y ¿sabés una cosa? yo tengo el poder de liberarte. Pero negociemos. Firmá que el contrato sigue por tres años más y dame otros cuatro baúles de oro.
El diablo joven no contestó y se pasó dos horas tironeando para zafarse de la silla. Al fin dijo, de mala gana:
-Está bien -y firmó.
Miseria estaba muy aliviado y siguió viviendo como un rey, con tanta riqueza nueva. Pero el tiempo pasó más rápido de lo que esperaba y un mal día sintió que golpeaban la puerta. Abrió y era el primer diablo.
-Vine yo mismo para que no te aproveches de la falta de experiencia de mis muchachos -le explicó.
-De acuerdo, ya vamos. ¿no querés sentarte mientras me preparo? -le propuso Miseria.
-No gracias, estoy muy bien así.
-Bueno, entonces ya vengo. Mientras, si te gustan las nueces, sacá algunas del nogal para comer en el viaje y llevarles a los tuyos.
-Esa no es mala idea, ¿ves? -contestó el diablo, que era muy goloso, y se subió al árbol. Las nueces estaban buenísimas. Comió ahí mismo unas cuantas y después se llenó los bolsillos.
-Listo, vamos -le dijo Miseria. Pero cuando el otro quiso bajar, no pudo. Estaba pegado a las ramas.
-¿Qué es esto? -protestó el diablo-. ¿Qué pasa?
-¡Ah!, ese árbol es muy mañoso -se rió el herrero-. Agarra y no suelta.
Sólo me obedece a mí.
-¡Hacé que me largue! -gritó el otro.
-¡Como no! Si nos ponemos de acuerdo. Favor por favor. Te suelta si renovamos el contrato por cinco años y me das diez baúles de oro.
El diablo estaba indignado.
-¡Esto es una estafa! ¡Esto no es serio!
-¡Esto es un negocio! -contestó Miseria.
El demonio estaba emperrado y no quería aflojar, pero el herrero, muy tranquilo, lo dejó en las ramas del nogal y se fue a dormir. A los dos días, harto de hacer vida de pájaro que no puede volar, el otro tuvo que aceptar. Firmó el agregado al contrato y se fue renegando.
Cincuenta diablos más uno.
El herrero siguió dándose la gran vida. Pero todo pasa, y los cinco años también. Una mañana, Miseria sintió voces afuera de la casa y cuando salió encontró al diablo, que esta vez había traído a cincuenta ayudantes, por las dudas.
-Te vengo a buscar y te aviso que ni estamos cansados como para sentarnos, ni tenemos ganas de comer nueces.
-Bueno, me cambio y vamos.
-Nada de cambiarse, ¡basta de vueltas! Venís así como estás.
-Bueno, está bien, ¡qué malos modales! ni que fueras tan poderoso.
-Yo hago lo que quiero -contestó el otro, que era muy orgulloso.
-No creo -lo provocó Miseria.
-Es así.
-¿Ah, sí? a mí, por ejemplo, no me parece que puedan hacerse chiquitos como para meterse todos juntos ahí adentro -dijo mostrando la bolsa vieja.
-Claro que podemos.
-Estás macaneando. ¡Qué van a caber!
-¡Ahora vas a ver, atrevido, y después me voy a desquitar con vos en el Infierno por esta insolencia! -y pegando un chiflido, ordenó-:
¡Muchachos, muéstrenle a este viejo lo que podemos hacer!
Pegó un salto y en el aire se hizo finito, finito, como una lombriz larga, y se metió de cabeza en la bolsa. después lo siguió la fila de diablos, uno a uno. todos se metieron y entonces se oyó la voz del demonio:
-¿Y? ¿Podíamos o no podíamos? ¡y si quiero, entramos más todavía!
-Tenías razón -dijo Miseria-.
Entrar, entraron... ahora, salir, lo veo difícil...
Ahí mismo empezó a revolverse la bolsa, que rodaba por el piso y daba brincos. De adentro salían gruñidos como de quien hace esfuerzos, resoplidos y voces que decían:
-¡Imposible!
-Probá vos.
-A ver, dejame a mí.
-No se puede.
-Empujá con el pie.
-Todos juntos, ¡ahora! Pero la bolsa no se abría.
Al fin, se oyó al diablo principal, que decía:
-¡Dejanos salir!
-Bueno, pero a cambio, quiero que rompamos el contrato.
-¡Ni loco! yo nunca me echo atrás.
-Habrá que ablandarte -contestó Miseria. agarró la bolsa, la puso sobre el yunque que siempre había guardado, buscó el martillo más pesado que tenía y empezó a golpear a los diablos encerrados con toda la fuerza. Dicen que los chillidos que daban se sentían como a diez cuadras. Cuando le pareció que había hecho bastante, preguntó:
-¿Y? ¿Estamos de acuerdo?
-¡No! -porfió el diablo, con voz dolorida. Entonces Miseria siguió con el martillo hasta cansarse y después volvió a preguntar:
-¿Qué hacemos? ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? ¡Miren que yo tengo mucha experiencia en martillar!
No le contestaron nada, pero de adentro salió un bollo de papel aplastado. Era el contrato. Miseria prendió un fósforo y lo quemó.
Después dijo:
-Bueno, cuando quieran, váyanse nomás.
Los diablos salieron volando, entre quejidos, con los pelos revueltos, la ropa arrugada y llenos de chichones. No los volvió a ver nunca más.

Entre el Cielo y el Infierno.
Pasaron los años, el herrero se hizo viejísimo y un día se murió.
Entonces fue al Cielo. llamó a la puerta y le abrió San Pedro.
-Me parecés cara conocida -comentó-. ¡ah, sí! Vos sos Miseria. ¿Ves? Si me hubieras hecho caso, ya estarías acá hace mucho tiempo, tranquilo.
Pero no, el señor quiso no sé qué pavadas... ¡Bué!, vamos a ver en el libro de las almas qué pasa con la tuya.
El santo abrió un libraco gordo, se mojó el dedo y empezó a pasar las hojas.
-¡Mmm...! Miseria, Miseria... ¡acá está! ¡ah!, pero m'hijito, acá dice que has vendido el alma al diablo. lo lamento mucho, pero entonces no podés entrar. Y cerró la puerta, meneando la cabeza, muy triste.
El herrero se fue, bien compungido, al Infierno. Llamó, un diablo entreabrió el portón y asomó un ojo.
-¿Quién es?
-Miseria.
El demonio abrió grande la boca y gritó, asustadísimo:
-¡Jefe, muchachos! ¡Es el herrero!
Le dieron con la puerta en la cara. Adentro hubo alaridos de terror y enseguida dieron dos vueltas de llave en la cerradura y pusieron una tranca de hierro.
-¡Fuera, fuera! -le dijeron-. No tenemos ninguna obligación de dejarte entrar.
Así fue como Miseria volvió a la tierra. Y dicen que por eso, desde entonces, la miseria anda suelta por el mundo.