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miércoles, 12 de febrero de 2014

Lluvia de buñuelos – El príncipe Lagarto (Leyendas criollas, Corrientes)


Opinión: Hola, la verdad es que por unos problemas técnicos no había podido actualizar antes. Bueno, llegamos al ultimo libro de la colección y en lo que a mi respecta uno de los mejores. Me gustaron ambas historias por igual, tienen un ingenio y una picardia que hacen muy placentera la lectura.Por un lado la primera historia nos relata las aventuras de una pareja de viejitos y la segunda es una pareja donde el amor y la magia son los ingredientes principales pero ambos relatos comparten la característica que la mujer juega un rol fundamental.Sin mas que decir, me despido hasta el próximo libro.

Sinopsis: Una lluvia de este tipo no es cosa que se vea todos los días. pero parece que hubo una viejita en Corrientes que supo cómo producirla. Al menos, esto es lo que dice el primer relato de este libro. En el segundo, "El príncipe lagarto", acontecimientos mágicos y sorprendentes se producen en un castillo de una gran monarca de un reino remoto. No falta el suspenso, ni la picardía ni la gran imaginación de los correntinos.
Además de los relatos, cada libro incluye información sobre la época, la forma de vida y el medio ambiente de la comunidad.También, en la primera pagina aparecen las imágenes de los personajes principales que nos acompañaran durante la historia. 


Serie: Cuentos y leyendas de la Argentina 
Selección y adaptación: Miguel Ángel Palermo 
IlustracionesAldo Chiappe y Guillermo Arce 
Páginas:64 (depende la edición)
ISBN: 978-987-576-229-9

LLUVIA DE BUÑUELOS (DISPONIBLE EN PDF)

El Príncipe Lagarto


Según me han contado a mí –y ahora lo cuento yo–, hace ya un buen tiempo hubo un rey muy poderoso, que vivía con su reina en un palacio enorme, rodeado de árboles, junto al río.
Hacía diez años que se habían casado y todavía no tenían ningún hijo,  hasta que un buen día la mujer se dio cuenta de que iba a ser mamá. Fue todo alegría y festejo, y el rey, como es de imaginarse, vivía atendiéndola a la señora y apurándose a cumplirle todos los antojos que le venían. ¿Quería música? ahí mismo hacía venir gente para que tocara y cantara, aunque fueran las tres de la mañana. ¿Quería flores? El marido mandaba llenar jarrones y jarrones. ¿Quería comer algo dulce? El rey les decía a las cocineras que corrieran a preparar fuentes de pastelitos y roscas. Y cuando una mañana ella se despertó y le dijo que quería que salieran los dos a dar una vuelta a caballo, él no la hizo esperar: los peones ensillaron dos animales y salieron a pasear junto al río.
En eso andaban, muy contentos, cuando por el camino pasó de pronto, corriendo, un lagarto grandote. Tan rápido salió, que el caballo de la reina, aunque era mansito, se espantó y casi la tiró al suelo. ¡Cómo se enojó el rey! Se puso tan furioso, que le gritó de todo al lagarto.
“¡Bicho de porquería!” fue lo más suave, y eso que parecía tan fino el hombre.

El payé del lagarto.
El problema es que ese no era un lagarto cualquiera. Cuando oyó los insultos, se dio vuelta, asomó la cabeza entre los yuyos para mirar a la pareja, sacó esa lengua que tienen los lagartos, partida en dos igual que la de las víboras, y la sacudió de arriba abajo varias veces, apuntándoles. Eso fue suficiente: les había hecho un payé, un hechizo, pero ellos ni se dieron cuenta.
Meses después se enteraron, cuando nació el chico. La comadrona que ayudó en el parto salió pálida para mostrárselo al rey, que esperaba impaciente. El bebé lloraba fuerte, como cualquier recién nacido bien sano, pero cuando el padre lo miró, pegó un salto: ¡entre las sabanitas bordadas, lo que había era un lagartito!
La cuestión es que fue creciendo bien; al año caminaba en dos patas, y al año y medio hablaba perfectamente. así fue que todos empezaron a llamarlo “príncipe lagarto”.
Cuando se hizo muchacho, el padre quiso que se casara con alguna princesa real. Pero por más que era muy bien educado y andaba elegantísimo, ningún otro rey lo quiso como yerno.
Un día, el padre se cansó, dio un puñetazo en la mesa y gritó:
–Bueno, ¿para qué soy el rey acá, caramba?
Ahí mismo hizo venir a su ayudante y le mandó que buscara a la chica más linda del reino y la hiciera venir al palacio con el padre.
Al otro día volvió el ayudante con una muchacha hermosísima y un viejo muy asustado de que los hubieran llevado delante del rey, que era tan poderoso.
–Vea, che amigo –dijo el rey–, su hija se va a casar con mi hijo mañana.
¡Mire qué honor! Que la chica venga tempranito; mientras, le van a coser un lindo vestido para la boda.
El viejo salió desesperado de la casa del rey:
–¿Cómo te vas a casar con ese lagarto, mi hija? –decía, llorando–. Pero si me niego, el rey me hace degollar ahí mismo.
–No se haga problemas, papá –lo tranquilizó la hija, que se llamaba Lucilda y era una muchacha decidida–. Yo voy a estar bien.
Al otro día fue el casamiento, nomás. A la novia le pusieron un vestido bordado con piedras preciosas, y el príncipe lagarto apareció paquetísimo, de traje blanco, botas bien lustradas y anillos de oro.
Estuvo muy simpático y amable con la chica, ¡y qué bien bailó en la fiesta! La lástima, que seguía siendo un lagarto escamoso; del pantalón le asomaba la cola larga y tenía uñas gruesísimas.
Cuando acabó el festejo, que duró todo el día, la pareja se fue a dormir. Apenas entraron en la pieza, el príncipe sopló la única vela que había prendida y le dijo a la señora que cuando se fueran a la cama, tenían que estar siempre bien a oscuras. Eso era muy importante y le recomendaba que no se olvidara. no lo tenía que ver para nada.
–¿Por qué? –quiso saber ella.
–Vos haceme caso y tené paciencia –fue lo que le contestó el príncipe lagarto.
Y la gran sorpresa de Lucilda fue que, cuando lo tocó con la mano, no sintió ninguna escama fría sino una piel suave y tibia.


El consejo de la cocinera.
Así pasó una semana y ella estaba muy intrigada. Se llevaban muy bien y estaban enamorados, pero él nunca le explicaba ese misterio de las noches.
Un día apareció una cocinera nueva en el palacio. Era una vieja con cara de falsa que, cuando pudo, le hizo señas a la princesa para que se acercara. Cuando ella le preguntó qué quería, le dijo:
–Sáquese la curiosidad, niña. llévese estos fósforos y esta noche espíelo al príncipe.
La chica tuvo que haber pensado que era raro que esa mujer supiera lo que pasaba en la pieza, pero no sospechó nada. Cuando el marido se durmió, ella prendió un fósforo y la llamita se lo mostró: era un hombre hermoso. Al lado de la cama, hecha un bollo, estaba la piel de lagarto.
Justo entonces, se soltó la cabecita del fósforo, le cayó encima al cuero y lo hizo arder como una hoja seca. En un momento fue ceniza.
El príncipe lagarto se despertó enseguida, enojadísimo.
–¿Qué has hecho? –gritó–. ¿no te dije que tuvieras paciencia, che? ¡yo estaba embrujado y lo único que hacía falta era esperar un día más para que se fuera el hechizo! ahora lo arruinaste. Si me da la luz del Sol, me voy a morir. Para salvarme, tengo que ir a un lugar adonde no quería: la ciudad de los tres Picos de amor.
–¡Voy con vos! –dijo la chica. y él:
–No se puede. Tengo que ir solo.
Se vistió y se fue. La mujer se quedó llorando.
A la mañana, Lucilda decidió ir a buscarlo. Empezó a averiguar dónde quedaba la ciudad de los tres Picos de amor, pero nadie tenía la menor idea de qué era eso. La miraban como si estuviera loca, pero ella no se desanimó. Caminó y caminó días enteros, siempre preguntando por aquel lugar.
Así llegó lejísimo. al fin, encontró una casa muy rara. Era toda de hierro y alrededor el pasto estaba chamuscado. Golpeó para pedir un poco de agua y un pedazo de pan, y la atendió una viejita muy amable.
–¡Ay, hijita! –le dijo–. Parecés muy cansada y muerta de hambre. Pasá, pasá.
Le dio de comer y quiso saber qué andaba haciendo por ahí. Cuando la chica le explicó su historia, ella le dio un consejo.
–Esperate que venga mi hijo, que en una de esas él sabe de esa ciudad. Pero te tenés que esconder afuera, porque él es el Sol y cuando vuelve está todo lleno de llamas. ¡Por eso tenemos casa de hierro, para que no se queme! Recién cuando descansa un poco se enfría y te podés acercar.
Así fue nomás. al rato apareció una bola de fuego y entró en la casa.
Pasó un tiempo, salió la viejita y llamó a la chica. Adentro estaba el Sol y ahora era como un hombre bastante gordo y colorado. Nunca había oído hablar de la ciudad de tres Picos de amor, pero le aconsejó preguntar en la casa de la luna y le explicó dónde era. La madre le dio a la chica un anillito dorado y le dijo que cuando precisara algo, lo frotara y ella iba a ayudarla.
Al día siguiente, Lucilda llegó a una casa donde la recibió otra viejita amable, que era la madre de la luna. Escuchó la historia y le dijo que esperara a su hija, pero que se envolviera en unas frazadas porque llegaba más fría que un hielo. La luna –que era una mujer muy blanca y vestida del mismo color– tampoco sabía nada del lugar adonde la muchacha quería ir.
–El que ha de saber es el Viento Sur –le contó, y le explicó el camino hasta donde vivía. Antes de irse, la madre le dio un anillito plateado y le dijo que cuando necesitara algo lo frotara; ella la iba a ayudar.
La chica encontró una casa toda atada con sogas. Llamó y la atendió otra viejita, que era la madre del Viento Sur. Cuando supo por qué había ido, le dijo que esperara al hijo, pero que se atara a un poste porque si nose iba a volar. Al rato la casa se sacudió y entró un hombre medio transparente, de pelo largo que flotaba para todas partes. Cuando se quedó quieto, la chica se desató y le preguntó por la ciudad que buscaba.
–Yo sé dónde queda eso –le dijo el otro–. Mañana te llevo.
Al otro día, la madre del viento le regaló un anillo de vidrio y también le explicó que, cuando le hiciera falta algo, lo frotara para llamarla.
Después, el Viento Sur se puso a Lucilda bajo el brazo y salió volando. Desde arriba, ella veía pasar ríos, cerros, montes, lagunas, y al fin llegaron a una ciudad, no muy grande, pero con un buen palacio en el medio. El Viento Sur bajó despacio y la dejó en el suelo.

El novio de la princesa.

La muchacha entró en la ciudad y empezó a caminar entre la gente, hasta que vio un revuelo y que todos corrían, se amontonaban para mirar algo y aplaudían; cuando se acercó, descubrió que por una avenida ancha pasaban unos carros muy adornados, como las carrozas de carnaval.
En el primer carro iban un rey y una reina, saludando a la gente. En el segundo, una princesa muy emperejilada y con cara odiosa; al lado, estaba el príncipe lagarto. Atrás iba una escolta de grandotes con machetes. Ella hizo señas y lo llamó a gritos, pero cuando el marido dio vuelta la cabeza y la miró, no la reconoció.
Entonces, le preguntó a un hombre quién era ese muchacho de la carroza.
–¿Cómo? ¿no sabe? Es el novio de la princesa. Se van a casar dentro de tres días.
La chica se puso muy triste, pero en ese momento se acordó del anillo dorado. Buscó una calle tranquila, lo frotó y apareció la madre del Sol.
–Ya sé lo que pasa, mi hija –le dijo de entrada–. Tu marido se salvó del embrujo del lagarto cuando acá tomó un agua mágica de la fuente. Pero justo ahí lo vio la princesa, le gustó mucho y le hizo un maleficio para que no se acuerde de nada y se case con ella. Vos tenés que hablar con él a solas.
Y le explicó cómo tenía que hacer. Después le dio un vestido todo bordado en oro, y se fue. Ella se lo puso y se sentó frente al palacio.
Al rato, la princesa se asomó a la ventana; fue ver el vestido y querer tenerlo para el casamiento. Pero cuando salió a comprárselo, la otra no quiso plata; le dijo que se lo daba nomás si la dejaba hablar con el novio a solas esa noche. La princesa antipática no quería, pero estaba tan encaprichada con el vestido que al fin aceptó.
Esa noche, el jefe de la escolta, que se llamaba Cambaguazú, llevó a Lucilda a una pieza donde estaba el marido, pero antes la princesa le había puesto en el café un yuyo que lo dejó dormido como un tronco.
Ahora, por más que la mujer le habló y lo zamarreó, no lo pudo despertar. Se tuvo que ir sin hablarle.
A la mañana, frotó el anillo plateado y apareció la madre de la luna, que para ayudarla le regaló un sombrero maravilloso, todo bordado en plata. Y bueno, fue como antes. la princesa lo quiso y se lo cambió por dejarla a solas con el novio esa noche, pero le volvió a hacer la jugarreta del café y por más que ella lo sacudió, no consiguió que abriera un ojo.
Así que al otro día frotó el anillo de vidrio y vino la madre del Viento Sur, que para ayudarla le dio una capa bordada en diamantes y una hoja de vidrio. La capa era para ponérsela y tentar a la princesa; la hoja, tenía que guardarla, y le explicó para qué.
La chica se puso la capa, se sentó delante del palacio y al rato fue la princesa tramposa a cambiársela por una visita al novio.
Pero esta vez, antes de la cena el jefe de la escolta no pudo más y le dijo al príncipe lagarto:
–Perdone que me meta en sus cosas, che patrón, pero ¿qué le pasa a esa chica que va a verlo hace dos noches y sale tan desesperada?
–Yo no vi a ninguna chica –se extrañó el otro–. ¿Qué me estás diciendo?
–¡Si yo mismo se la he llevado, che patrón! Mire, yo que usted no tomaría café esta noche. Para mí que le están poniendo algo para que se duerma.
Esa noche, el príncipe lagarto tiró con disimulo el café adentro de un jarrón, así que cuando Lucilda apareció, él tenía los ojos bien abiertos. Estaba despierto, sí, pero no se acordaba de ella.
–Mucho gusto, señorita –le dijo–. Me dijo el jefe de la escolta que me ha estado visitando.
–¿No te acordás de mí, de tu mujer lucilda?
–Vea, está equivocada, si yo justo me estoy por casar mañana. Entonces ella sacó la hoja de vidrio que le había dejado la madre del Viento Sur, la sopló despacio y de ahí salió un vientito fresco que se le metió por la nariz al príncipe, le lavó el embrujo y le devolvió la memoria de golpe.
–¡Lucilda! –gritó–. ¡ya me acuerdo de todo! ¡Me viniste a buscar! ahora estoy desenlagartado y podemos volver a casa.
Se abrazaron y se besaron, y el príncipe lagarto quiso ir a buscar a la novia y a los padres para explicarles que ya tenía esposa. Pero cuando Cambaguazú se enteró, le dijo:
–Mire, che patrón, que la cosa se puede poner fea. ¿Por qué no se van sin decir nada y listo? En todo caso, deje una cartita explicando.
Pero el otro dijo que no, que él iba a hablar de frente y lo iban a entender.
–Yo sé lo que le digo –insistió Cambaguazú–; pero ya que lo veo tan porfiado, lo voy a acompañar.
Sabía de qué hablaba. Porque cuando la princesa odiosa se enteró, empezó a chillar como un chancho, la madre se desmayó y el padre se puso colorado como un tomate y gritó:
–¡Que los degüellen ahora mismo!
¡Qué mal momento! Por suerte, Cambaguazú sacó el machete y gritó:
–¡Esto es una injusticia! ¡al que se acerque lo voy a hacer picadillo para empanadas!
Los otros guardias se asustaron, y los tres corrieron a encerrarse en la pieza del príncipe lagarto. Pero el grandote dijo:
–No sé cuánto vamos a aguantar. El rey va a mandar como mil soldados.
Entonces, Lucilda frotó el anillo de vidrio y apareció la madre del Viento Sur.
–¡Que su hijo nos ayude, doña, por favor! –le pidió.
La viejita desapareció y en un momento empezó a sacudirse el palacio con un ventarrón, se abrió la ventana de golpe, volaron las cobijas por el aire y de repente estaba ahí el Viento Sur. Agarró a los tres –Lucilda y el marido bajo un brazo y Cambaguazú abajo del otro– y se los llevó volando.
Y bueno, en un rato estaban de vuelta en el palacio del muchacho, y ahí pudieron vivir para siempre los dos tranquilos. Cambaguazú fue su escolta y también se casó con... pero esa ya es otra historia.